Hasta el siglo XIX, una cena de gala en Europa consistía en cubrir la mesa entera de platos a la vez, decenas de ellos. La comida llegaba fría y cada invitado solo alcanzaba lo que tenía delante. Que hoy cenemos de otra forma se lo debemos a un incendio. Tira del hilo 🧵👇🏽👇🏽👇🏽
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Aquel sistema se llamaba servicio a la francesa y llevaba siglos siendo la norma. Los platos se sacaban en tandas, y en cada tanda la mesa se llenaba por completo de fuentes colocadas en un orden geométrico exacto.
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Y tenía lógica porque se pensaba en la parte visual. Una mesa así era un espectáculo de riqueza. Cuantas más piezas, mejor. Se remataba con esculturas de azúcar, mazapán o grasa animal que se colocaban en el centro y que nadie se comía jamás.
Pero como sistema para cenar, era un desastre. Las fuentes se enfriaban esperando a que se sentaran todos, y cada comensal solo podía servirse de lo que quedaba a su alcance o de lo que un vecino amable le acercara.
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Eso convertía el sitio en la mesa en un asunto político. Estar cerca de los mejores platos era un privilegio, y quien acababa al final de la mesa se quedaba, literalmente, con las sobras del reparto.
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Y encima había que comer rápido y en abundancia, con decenas de fuentes delante y poco tiempo. Las cenas eran largas, pesadísimas y estaban pensadas más para deslumbrar a la vista que para alimentar.
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El cambio llegó de la mano de Alexandr Kurakin, príncipe ruso y embajador de su país en París. En su corte, en San Petersburgo, se hacía de otra manera. Allí los criados servían los platos uno detrás de otro, recién salidos de la cocina.
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Pero su idea no se impuso en Francia por convicción. En 1810, durante un baile en la embajada de Austria en París que celebraba la boda de Napoleón con María Luisa, se declaró un incendio y Kurakin sufrió quemaduras graves.
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Con los brazos lesionados, no podía estirarse para alcanzar las fuentes del centro de la mesa, así que adaptó sus cenas al método ruso, con los criados llevando cada plato a cada invitado, sencillamente porque él no llegaba.
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Sus cenas en la residencia de Clichy fueron la comidilla (nunca mejor dicho) de todo París y lo que había nacido como un apaño por una lesión reveló evidentes ventajas. La comida llegaba caliente y todos los comensales probaban absolutamente todos los platos.
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La resistencia fue enorme, sobre todo entre los cocineros franceses. Su prestigio se basaba en aquellos montajes espectaculares sobre la mesa, y el nuevo método reducía la cena a una sucesión de platos individuales sin ninguna puesta en escena.
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Aun así, fue calando. En los años 20 y 30 empezó a verse en casas nobles, y en 1832 una aristócrata inglesa ya escribía que el estilo ruso de servir la cena se había adoptado en todas las casas elegantes.
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El empujón definitivo lo dio la propia cocina francesa. En 1864, el chef Urbain Dubois, que había trabajado para el príncipe ruso Orlov, publicó un libro explicando las ventajas del sistema. Y claro, que lo defendiera un chef francés de tanto prestigio acabó cambiando el debate.
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Décadas después, Auguste Escoffier lo remató al organizar las cocinas modernas por partidas y tiempos. Aquel esquema encajaba a la perfección con servir platos en secuencia, y así quedó fijado en la alta restauración.
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Pero el proceso no fue ni rápido ni uniforme. Inglaterra lo adoptó con entusiasmo en las décadas de 1870 y 1880, y Francia, cuna del sistema antiguo, fue de los últimos lugares en rendirse.
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Y trajo consigo un objeto nuevo. Al desaparecer las fuentes de la mesa, el invitado ya no podía ver lo que iba a comer y hubo que escribirlo en una tarjeta. Así fue como se popularizó el menú impreso tal y como lo conocemos.
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Esta nueva manera de servir cambió la mesa entera. Al no haber fuentes, quedó espacio libre para flores, cristalería y cubertería, y se impuso colocar de antemano todos los cubiertos de la cena, ordenados de fuera hacia dentro según el orden de los platos.
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Y, por supuesto, también cambió la cocina. Con los platos saliendo de uno en uno y ya emplatados, el cocinero pasó a controlar cómo llegaba exactamente cada ración a la mesa. Ahí nace la idea moderna de la presentación del plato.
Hasta el siglo XIX, una cena de gala en Europa consistía en cubrir la mesa entera de platos a la vez, decenas de ellos. La comida llegaba fría y cada invitado solo alcanzaba lo que tenía delante. Que hoy cenemos de otra forma se lo debemos a un incendio. Tira del hilo 🧵👇🏽👇🏽👇🏽
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