ESPARTACO ANTE LA TIRANÍA DE LO CONCRETO Los tiempos recios suelen...

Los tiempos recios suelen provocar, en la masa del pueblo, el sacrificio de los principios, favoreciendo, así, que la perentoriedad de lo concreto se imponga tiránicamente; he aquí la clave del éxito de los partidos políticos.
Las promesas demagógicas de los politicastros se basan siempre en medidas concretas. Éstas, que casi nunca se cumplen, suelen “enganchar” al ingenuo votante, quien consiente ser engañado cada vez que acude a depositar su papeleta en la “sacrosanta urna” el día de la “fiesta de la democracia”. Por lo tanto, cabe decir que, en relación con este engaño sistémico y recurrente, el vulgo no está exento de culpa, porque éste cree que, en momentos de crisis —siempre estamos en crisis—, los principios abstractos y universales son superfluos e inanes.
Esta posición tan absurda la ilustra analógicamente Ernest Hello de la siguiente manera:
«Podrá ser que repliquéis en presencia de las verdades eternas: “¿Qué relación tendrá eso con mis dificultades presentes?” Y os asemejaréis de ese modo a un hombre que en una gran escasez decía: “Nada me importa de la luz, del calor y del trigo. Lo que sí me interesa es tener pan”. Desgraciado, ¿no veis que es con la luz, el calor y el trigo que se hace el pan? [...] Lo mismo en el orden moral, las más elevadas verdades, las más profundas, las más sutiles no se asemejan, es cierto, a un trozo de pan, y, sin embargo, son ellas las que lo otorgan, son ellas las que lo multiplican. La multiplicación de los panes es particularmente su secreto. Y cuanto más las verdades son elevadas, tanto más su acción es profunda y penetra en las entrañas de la humanidad» [*].
Al respecto, en esta célebre escena de la película “Espartaco”, podemos contemplar la rebelión del hombre contra la tiranía de lo concreto. Ante el temor a la muerte, lo más normal es que cada individuo sólo se preocupe de sí mismo, de su vida concreta, despreciando los principios elevados de justicia y fidelidad que le obligan a tener una actitud oblativa.
Sin embargo, Espartaco y sus leales amigos, formando una sola falange fraternal, se enfrentan al déspota criminoso por unos principios más elevados que sus propias personas y finitud existencial. En su grito entusiasta «¡Yo soy Espartaco!» encontramos una causa ejemplar y una lección ética de unos “hombres superiores”: la solución a los problemas particulares y, en definitiva, nuestra salvación, no provienen de la llanura de la mediocridad, sino de los altos montes de la superioridad moral.
— Dr. Mn. Jaime Mercant Simó
-----------
Nota
* Ernest Hello, “El siglo: los hombres y las ideas”, Buenos Aires: Difusión, 1943, pp. 81-82.