LAS DOS IGLESIAS, SEGÚN EL PADRE MEINVIELLE Una de las notas...

Una de las notas esenciales de la Iglesia católica es su “unidad”, entendida ésta desde un plano teológico y ontológico. En efecto, la Iglesia es “una”, además de santa, católica y apostólica, y de esta unidad deriva su “unicidad”, puesto que, al ser “una”, es también “única”.
Sin embargo, en el plano histórico y fenoménico de las “apariencias”, constatamos la existencia de dos Iglesias contradictorias, a saber, una fiel a la verdad revelada y otra marcada por el “misterio de la iniquidad”. En este sentido, es legítimo y obligado que nos preguntemos si es posible que los agentes disolventes del “Synodaler Weg” alemán, por ejemplo, o el activista James Martin pertenezcan a la Iglesia de siempre. Según como se mire, hay una sola Iglesia, formalmente unida, pero, desde otra perspectiva más crítica, aparentemente hay dos. Ahora bien, sobre todo deberíamos preguntarnos hacia dónde vamos.
Al respecto, existe una especie de inquietante “profecía escatológica”, si puede decirse así, hecha por el padre Julio Meinvielle en 1970, y que puede leerse en un breve pasaje de uno de sus célebres libros; les ruego que la lean y que lleguen ustedes a sus propias conclusiones:
«Sabemos que el “mysterium iniquitatis” ya está obrando, pero no sabemos los límites de su poder. Sin embargo, no hay dificultad en admitir que la Iglesia de la publicidad pueda ser ganada por el enemigo y convertirse de Iglesia Católica en Iglesia gnóstica. Puede haber dos Iglesias, la una, la de la publicidad, Iglesia magnificada en la propaganda, con obispos, sacerdotes y teólogos publicitados, y aun con un Pontífice de actitudes ambiguas; y otra, la Iglesia del silencio, con un Papa fiel a Jesucristo en su enseñanza y con algunos sacerdotes, obispos y fieles que le sean adictos, esparcidos como “pusillus grex” por toda la tierra. Esta segunda sería la Iglesia de las promesas, y no aquella primera, que pudiera defeccionar. Un mismo Papa presidiría ambas Iglesias, que aparente y exteriormente no sería sino una. El Papa, con sus actitudes ambiguas, daría pie para mantener el equívoco. Porque, por una parte, profesando una doctrina intachable, sería cabeza de la Iglesia de las Promesas. Por otra parte, produciendo hechos equívocos y aun reprobables, aparecería como alentando la subversión y manteniendo la Iglesia gnóstica de la Publicidad. La eclesiología no ha estudiado suficientemente la posibilidad de una hipótesis como la que aquí proponemos. Pero si se piensa bien, la Promesa de asistencia de la Iglesia se reduce a una Asistencia que impida al error introducirse en la Cátedra Romana y en la misma Iglesia, y además que la Iglesia no desaparezca ni sea destruida por sus enemigos. Ninguno de los aspectos de esta hipótesis que aquí se propone queda invalidado por las promesas consignadas en los distintos lugares del Evangelio. Al contrario, ambas hipótesis cobran verosimilitud si se tienen en cuenta los pasajes escriturarios que se refieren a la defección de la fe. Esta defección, que será total, tendrá que coincidir con la perseverancia de la Iglesia hasta el fin. Dice el Señor en el Evangelio: “Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra?” San Pablo llama apostasía universal a esta defección de la fe, que ha de coincidir con la manifestación del “hombre de la iniquidad, del hijo de la perdición”. Y esta apostasía universal es la secularización o ateización total de la vida pública y privada en la que está en camino el mundo actual. La única alternativa al Anticristo será Cristo, quien lo disolverá con el aliento de su boca. Cristo cumplirá entonces el acto final de liberar a la Historia. El hombre no quedará alienado bajo el inicuo. Pero no está anunciado que Cristo salvará a muchedumbre. Salvará sí a su Iglesia, “pusillus grex”, rebañito pequeño, a quien el Padre se ha complacido en darle el Reino» (Julio Meinvielle, “De la cábala al progresismo”, Buenos Aires: Editora Calchaquí, 1994, pp. 363-364).
