En 1925, una joven física austriaca empezó a subir placas fotográficas a montañas y globos. Quería atrapar unas partículas invisibles que llegaban del espacio exterior y que nadie había logrado identificar: rayos cósmicos. Se llamaba Marietta Blau.
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Marietta se enfrentaba a un enigma que desconcertaba a los físicos: una radiación misteriosa que parecía venir del espacio y atravesaba la atmósfera como si nada. La llamaban “rayos cósmicos”, pero nadie sabía qué eran en realidad.
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Blau trabajaba en Viena con recursos limitados, pero tenía una herramienta clave: las emulsiones fotográficas, placas sensibles capaces de registrar la huella de partículas subatómicas al atravesarlas, como si el universo dibujara directamente sobre ellas.
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Primero llevó esas placas a los Alpes, donde la atmósfera es más delgada y la radiación más intensa. Tras semanas de exposición, las reveló y descubrió algo extraordinario, trazos finísimos que delataban partículas cargadas procedentes del espacio exterior.
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El éxito le animó a ir más lejos. Preparó placas especiales y las colocó en globos aerostáticos que ascendían a la estratosfera. Allí, a gran altitud, quedaron expuestas a un bombardeo mucho más intenso. Era un experimento audaz y casi artesanal.
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Cuando los globos regresaban, Blau revelaba las placas y encontraba huellas aún más nítidas y abundantes. Por primera vez, alguien estaba capturando de manera directa las pruebas físicas de la radiación cósmica en lugares donde la atmósfera no podía frenarla.
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En 1937, junto a su alumna Hertha Wambacher, observó un fenómeno único: desintegraciones en cascada de partículas registradas en esas placas. Aquellas imágenes eran revolucionarias y anticipaban la física de alta energía mucho antes de los aceleradores de partículas.
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Pero en 1938 llegó el Anschluss. Austria quedó bajo control nazi y, como judía, Marietta fue expulsada. Huyó primero a México y luego a EE. UU., dejando atrás su laboratorio, sus colaboradoras y gran parte del trabajo que había iniciado en Viena.
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En su ausencia, otros físicos siguieron sus pasos. Pierre Auger estudió extensamente los rayos cósmicos y Cecil Powell perfeccionó las emulsiones. En 1947 identificó el pión y en 1950 recibió el Nobel, un premio que muchos creen que también era de Blau.
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Marietta, en cambio, quedó en la sombra. Trabajó en México y EE. UU., pero sin reconocimiento ni medios. Sus experimentos con globos y placas fueron la base de la física moderna de partículas, pero su nombre apenas aparecía en los titulares científicos.
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En 1962, décadas después de haber abierto el camino, recibió el Premio Erwin Schrödinger de la Academia de Ciencias de Austria. Era un reconocimiento tardío para una mujer que había tenido que huir y que nunca recuperó lo que otros sí consiguieron.
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Falleció en Viena en 1970, olvidada por el gran público, aunque su legado no se ha olvidado. Gracias a ella descubrimos que la Tierra vive bajo un bombardeo constante de partículas del cosmos...
En 1925, una joven física austriaca empezó a subir placas fotográficas a montañas y globos. Quería atrapar unas partículas invisibles que llegaban del espacio exterior y que nadie había logrado identificar: rayos cósmicos. Se llamaba Marietta Blau.
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