Llevo veinte años escribiendo esporádicamente anónimas cartas de...

Ayer le envié otra. Pero en esta ocasión he firmado con mi nombre y señas de contacto. Por primera vez sabrá quién le escribe.
¡Apuesten al desenlace de este drama!
O el catálogo de ofertas del supermercado.
O la carta de otro enamorado, que todo puede ser.
Desafortunadamente, mis «cómicos contrastes» parece que solo me resultan simpáticos a mí.
Hace unos días sonó el telefonillo de casa.
— Cartero —dijo una voz femenina.
— ¿Y son cartas de amor o del banco? —respondí alegre.
— Cartero, ¿me abre o no?
Y pulsé resignadamente el botón que leva las rejas de los portones del castillo, preguntándome si lo que está roto soy yo o es todo el resto del mundo.
Pero algo no cuadraba.
1️⃣ Una señal vertical con forma de diamante.
2️⃣ Línea de pintura roja discontinua en el asfalto.
Y que a los datos siguen las razones.
Desde el Ayuntamiento de Santander ignoraron tanto las fotografías como el croquis. Y resolvieron desestimar mis dos instancias y sus prolijas razones con un cortapega sin sentido.
Concejales de todo pendón:
¡Así se torna un veinteañero distraído en un convencido antisistema!
De suceder hoy, me apostaría en Sierra Maestra a defender emboscado la Verdad. Y a reclamar para mí un portaviones cargado de trilita.
Acaso, no es seguro, para canalizar la frustración del administrado con la Administración. Como ese espectador enloquecido que grita al televisor creyendo que así le escucha, creyendo que algo puede cambiar.
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