ㅤ 𝑆𝑒𝑠𝑒𝑛𝑡𝑎 𝑑𝑖́𝑎𝑠 𝑑𝑒 𝑎𝑢𝑠𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎. ──────────── 〈 𝚖𝚘𝚗𝚘𝚛𝚘𝚕 𝙸𝙸𝙸 〉 ︎ㅤ

𝑆𝑒𝑠𝑒𝑛𝑡𝑎 𝑑𝑖́𝑎𝑠 𝑑𝑒 𝑎𝑢𝑠𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎.
──────────── 〈 𝚖𝚘𝚗𝚘𝚛𝚘𝚕 𝙸𝙸𝙸 〉
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Dos meses después del accidente Ulrich caminaba solo por las calles vacías, con las manos las tenía metidas en los bolsillos de su abrigo y la cabeza baja. La fría noche de febrero lo envolvía mientras sus +
El tiempo, pensaba, no había hecho nada por aliviar su dolor.
Sesenta y dos días.
Sesenta y tres.
¿Qué más daba?
El pensamiento lo rondaba como un eco constante. El 19 de diciembre parecía estar grabado en +
A +
Cruzó frente a la panadería donde su madre solía comprar pan cada domingo. Se detuvo un momento, mirando la tienda vacía. Las memorias le golpeaban como si el tiempo no hubiera pasado, como si ella aún +
Están ahí, pero no están.
Nunca estarán más.
Al llegar a la avenida, +
Pero no.
Ulrich suspiró, y sin saber por qué, siguió caminando, un pie frente al otro, como si el simple acto de moverse pudiera +
Sus pasos lo llevaron más lejos de lo que había planeado. No es que tuviera realmente un destino en mente, pero ahora las calles que lo rodeaban le resultaban aún más +
El aire nocturno le quemaba la piel, pero no se molestó en ajustarse el abrigo.
Sus pies lo guiaron hasta un +
Se dejó caer en uno de los bancos, apoyó los codos en las rodillas y hundió el rostro en sus manos.
No recordaba la última vez que había llorado.
No es que no sintiera la necesidad, pero con los días, +
Se quedó así por varios minutos, sintiendo el frío filtrarse a través de su ropa, dejando que el vacío se acomodara en su pecho como un huésped indeseado pero familiar.
Finalmente, se enderezó y miró hacia el cielo. Apenas se distinguían algunas +
El viento sopló con más fuerza, y él cerró los ojos. Inspiró hondo, sosteniendo el aire en +
Luego, sin pensarlo demasiado, se levantó y volvió a caminar.
Ulrich caminaba sin rumbo, con las manos metidas en los bolsillos, sintiendo cómo el frío se filtraba a través de su abrigo. Su aliento formaba +
El parque quedó atrás, y con él, los recuerdos que no dejaban de perseguirlo. Pero eso no significaba que su mente estuviera en silencio. No podía recordar la última vez que lo +
Giró en una calle estrecha, donde las farolas titilaban con luz intermitente. Por un momento, pensó en regresar a casa. No porque quisiera, sino porque no veía sentido en seguir caminando sin rumbo. Pero cada vez que imaginaba el silencio de su habitación, el +
Seguir adelante.
Eso era lo que todos le decían.
Pero nadie le decía cómo.
Pasó junto a una tienda de 24 horas y se detuvo frente a la puerta de cristal, observando el interior. Un empleado con cara de fastidio +
Empujó la puerta y entró.
El sonido de la campanilla sobre la puerta rompió el débil murmullo del lugar y caminó por los +
Terminó en la sección de bebidas, mirando +
Sus padres no bebían mucho, pero su padre solía tomar un vaso en ocasiones especiales. “Un buen whisky siempre es para celebrar o para olvidar”, le decía con una +
¿Qué sería esto para él?
¿Celebración? No.
¿Olvido? Ojalá fuera tan fácil.
Extendió la mano, dudando por un segundo, pero terminó tomando la botella. Se dirigió a la caja sin decir nada, el cajero apenas le dedicó una mirada aburrida mientras +
El frío lo recibió de inmediato y se quedó de pie en la acera por un momento, sosteniendo la bolsa en una mano a la vez que sentía el peso de la botella. Luego volvió a +
Las calles estaban desiertas a esa hora, solo algunas farolas parpadeaban con luz intermitente. No tenía claro hacia dónde iba, pero eso tampoco importaba. En realidad, nada parecía importar.
El sonido de sus propios pasos era lo único que rompía el +
Pero él no.
Apretó la botella dentro de la bolsa de papel y siguió adelante.
Las calles comenzaron a abrirse y el lejano murmullo de los coches se hizo más fuerte. Pronto, vio la silueta metálica del puente peatonal elevándose +
Había pasado por allí tantas veces. Cuando era niño, su madre lo tomaba de la mano para cruzar sin que corriera peligro y cuando era adolescente, lo usaba como atajo para llegar más +
Ahora estaba allí por razones muy distintas.
Respiró hondo y subió los escalones, sintiendo cómo cada uno lo alejaba un poco más del suelo firme. El viento soplaba más fuerte allí arriba. Al llegar a la mitad del puente, se +
Los coches pasaban veloces bajo él, dejando estelas de luz que se desvanecían en la distancia. No había nadie más allí, solo el murmullo constante del tráfico y el silbido del aire helado colándose entre las rendijas de la +
Sostuvo la botella con una mano temblorosa y la llevó a sus labios. El whisky ardió en su garganta, pero no lo suficiente. No lo suficiente para borrar el nudo en su pecho. No lo suficiente para acallar el pensamiento que, en los últimos días, +
¿Y si simplemente… terminara aquí?
Inspiró hondo y dejó que el aire frío llenara sus pulmones. Todo era tan fácil desde esta altura. Un solo paso. Un solo movimiento. Y el peso de todo lo que cargaba desaparecería +
Cerró los ojos.
Se imaginó el impacto y el golpe seco contra el asfalto, el sonido de los frenos chirriando demasiado tarde y la gente deteniéndose, mirando, tal vez gritando su nombre sin siquiera saber quién era. Tal vez por fin se sentiría +
Pero entonces, otra imagen lo golpeó.
Su madre, con las manos en la masa del pan, sonriéndole. Su padre, sentado en la mesa, hojeando el periódico, bromeando con su tono seco de siempre. Su hermana, pequeña, aferrándose a su brazo cuando tenía miedo de la +
Si lo hacía, ¿qué quedaría de ellos?
Todo lo que tenían ya había desaparecido. Sus risas, sus voces, sus planes. Si él también se iba, ¿abandonaría también a su hermana?
Abrió los ojos de golpe y sintió su corazón latir con fuerza.
No.
No acabaría +
Apretó los dientes y lanzó la botella con toda su fuerza contra el pavimento. El cristal estalló en mil pedazos y el líquido ámbar se esparció como un charco oscuro entre las luces rojas y blancas de los coches.
Se quedó allí, jadeando, los nudillos +
No esta vez.
Se giró lentamente y bajó del puente, un pie tras otro, como si cada paso fuera una pequeña victoria sobre la +