En 1927, un investigador soviético llegó tras semanas de travesía al corazón de Siberia buscando el cráter de un meteorito gigante. Encontró 80 millones de árboles tirados, todos apuntando hacia el mismo punto, pero no encontró ningún cráter. Era Tunguska. Tira del hilo 🧵👇🏽👇🏽👇🏽
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La mañana del 30 de junio de 1908, a las 7:17, una bola de fuego cruzó el cielo de Siberia y estalló sobre la cuenca del río Tunguska Pedregoso, una zona de taiga casi deshabitada.
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La potencia se ha estimado en el equivalente a entre 10 y 15 megatones de TNT, unas mil veces la bomba de Hiroshima. Arrasó más de 2.000 kilómetros cuadrados de bosque y sus detonaciones se oyeron a mil kilómetros de distancia.
Los pocos testigos que había lo describieron con una imagen extraña: el cielo se partió en dos. Un pastor sentado a 65 kilómetros del epicentro contó que todo el norte quedó cubierto de fuego y que el calor le quemó la camisa.
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El fenómeno se registró en medio mundo. Los sismógrafos y barómetros de Europa detectaron la onda, y durante las siguientes noches los cielos de Asia y Europa brillaron tanto que en Londres se podía leer el periódico de madrugada.
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Y, sin embargo, nadie fue a mirar. Rusia estaba en plena descomposición política, camino de la revolución, la zona era prácticamente inaccesible y las noticias tardaron en llegar. Pasaron 19 años hasta que alguien se acercó a echar un vistazo.
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Ese alguien fue Leonid Kulik, mineralogista del museo de San Petersburgo. Lo intentó por primera vez en 1921, pero no pudo avanzar. En 1927 convenció al Gobierno soviético para financiar una expedición con un argumento práctico.
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Les dijo que allí habría toneladas de hierro meteórico aprovechable. Para llegar, contrató a cazadores evenki de la zona para que lo guiaran hasta el centro de la devastación. Y lo que encontró no se parecía a nada de lo que esperaba.
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Los árboles estaban tumbados en un patrón radial perfecto, con las raíces apuntando hacia fuera y las copas alejándose todas del mismo punto central. 80 millones de árboles señalando a la vez hacia el mismo sitio.
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Pero en ese punto no había ningún agujero. En una zona de unos ocho kilómetros de diámetro, los troncos seguían de pie, chamuscados y sin una sola rama ni corteza, como postes. Ni cráter, ni fragmentos, ni rastro del objeto.
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Kulik volvió en 1929 y en 1938, dragó pantanos y perforó el terreno buscando el meteorito, pero no apareció jamás. Se pasó el resto de su vida persiguiendo una piedra que no estaba allí.
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Y ese vacío es justo lo que alimentó las teorías más disparatadas. La ausencia de pruebas físicas dejó el campo libre a cualquier explicación imaginable.
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En 1946, un escritor soviético de ciencia ficción propuso que había estallado una nave extraterrestre con propulsión nuclear. La idea caló tanto que todavía hoy hay quien la defiende.
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En 1965 se planteó que el objeto era de antimateria, y en 1973, que un miniagujero negro había atravesado la Tierra.
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Ninguna se sostiene. El agujero negro tendría que haber salido por el otro lado del planeta, en el Atlántico norte, y allí no se registró nada. Y la antimateria habría dejado una firma radiactiva inconfundible que tampoco aparece.
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La más famosa señala a Nikola Tesla. Sus defensores sostienen que estaba probando su torre de Wardenclyffe para transmitir energía sin cables y que apuntó mal. El problema es que aquella torre nunca llegó a funcionar y estaba prácticamente desmantelada por entonces.
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La explicación real es más aburrida y mucho más rara. Se llama explosión aérea, y consiste en que el objeto no llegó a tocar el suelo, sino que se desintegró en el aire, a una altura entre 5 y 10 kilómetros.
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Al entrar a decenas de miles de kilómetros por hora, la presión del aire comprimido delante del cuerpo lo revienta antes de que impacte. Por eso no hay cráter, y por eso los árboles justo debajo quedaron de pie, porque la onda les llegó desde arriba, sino de lado.
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Sobre qué era exactamente, hay dos candidatos. Un asteroide rocoso de unos 50 a 60 metros, o el núcleo de un pequeño cometa, hecho de hielo y polvo, que se habría vaporizado sin dejar residuos. Hoy la hipótesis del asteroide es la mayoritaria.
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La confirmación llegó en 2013. Un objeto de unos 20 metros estalló sobre Cheliábinsk, en la misma Rusia, con la misma mecánica. Sin cráter, con onda expansiva y con miles de heridos. Era una versión pequeña de lo mismo.
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Kulik, en cambio, no lo supo nunca. Se alistó como voluntario en 1941, cayó prisionero de los alemanes y murió de tifus en un campo de concentración en 1942, sin haber encontrado jamás su deseado meteorito de Tunguska.
En 1927, un investigador soviético llegó tras semanas de travesía al corazón de Siberia buscando el cráter de un meteorito gigante. Encontró 80 millones de árboles tirados, todos apuntando hacia el mismo punto, pero no encontró ningún cráter. Era Tunguska. Tira del hilo 🧵👇🏽👇🏽👇🏽
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