En 1640, el hijo de un sastre de Ourense pintó a un afilador trabajando en plena calle. Un lienzo de metro y medio que acabó colgado entre Rembrandts y Tizianos en el palacio de los zares de Rusia. Llegó a pintar a Felipe IV. Se llamaba Antonio de Puga. Tira del hilo 🧵👇🏽👇🏽👇🏽
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Fue bautizado el 13 de marzo de 1602 en la iglesia de Santa Eufemia de Ourense y su padre era sastre. A principios del siglo XVII, Galicia era una tierra pobre, rural y alejada de los grandes centros artísticos de España, así que un gallego que quisiera vivir de la pintura tenía que irse.
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De su infancia y juventud no sabemos casi nada. La documentación es tan escasa que su figura estuvo siglos envuelta en oscuridad. Buena parte de lo que hoy conocemos se lo debemos a la historiadora María Luisa Caturla, que reconstruyó su biografía en el siglo XX.
En algún momento, aquel hijo de sastre se plantó en Madrid, la capital del mayor imperio de su tiempo, y se introdujo en el corazón de la pintura española.
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Alrededor de 1635 ya era un pintor formado. Un documento de esa fecha lo sitúa trabajando en casa de Eugenio Cajés, uno de los pintores del rey. Cajés participaba en la decoración del Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro, para el que también trabajaban Velázquez y Zurbarán.
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Al morir Cajés en 1634, dejó sin terminar dos grandes cuadros de batallas destinados a aquel salón. Los historiadores coinciden en que fue Antonio quien ayudó a completarlos, atribuyéndosele los paisajes de esos cuadros.
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Su obra acabó colgando junto a la de Velázquez en el salón más importante del palacio del rey. Aquel espacio era el corazón propagandístico de la monarquía, ya que allí se exhibían las grandes victorias militares de España y los retratos ecuestres de los reyes.
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Con el tiempo se movió entre lo más granado del arte madrileño. Trabajó con Juan Bautista Martínez del Mazo, yerno de Velázquez, y trató a pintores y escenógrafos de la corte. Se cree que llegó a retratar a Felipe IV, a la reina y al todopoderoso Conde-Duque de Olivares.
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Pero lo que ha hecho pasar a Antonio de Puga a la historia no son sus retratos de reyes ni sus cuadros de batallas, sino su mirada a la gente más humilde.
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Fue un maestro de la pintura de género, pintando escenas cotidianas con gente corriente. Velázquez había pintado aguadores y viejas friendo huevos antes de ser pintor del rey. Caravaggio había metido a mendigos en cuadros religiosos. Antonio hizo suya esa mirada.
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Pintó una galería de personajes sacados de las calles y las tabernas de su tiempo: un afilador, un ciego, un aceitero, un bebedor, una gitana vendiendo carbón, un sacamuelas. Llevó el arte a la calle con una intensidad que lo distingue de casi todos sus colegas.
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Murió en Madrid el 10 de marzo de 1648, con apenas 46 años. Tras su muerte, su obra se dispersó, su nombre se fue borrando y muchos de sus cuadros acabaron atribuidos a pintores más famosos.
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Su obra maestra es "El afilador", un óleo de 118 por 158 centímetros pintado en torno a 1640. Un afilador inclinado sobre su rueda de piedra en plena faena, un oficio que estuvo durante siglos ligado a la provincia de Ourense, la tierra natal de Antonio.
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El cuadro llegó al Museo del Hermitage de San Petersburgo en 1816, ya con la atribución a Antonio de Puga. Cómo cruzó media Europa hasta la corte de los zares sigue siendo parte del misterio que rodea al pintor.
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Allí cuelga hoy, en la sala 239 del Palacio de Invierno, codeándose con Rembrandt y Tiziano. El Hermitage conserva al menos otras dos obras suyas, "Ciego" y "Anciano y niño", otras estampas de personajes humildes.
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En su propia tierra, el reconocimiento tardó siglos. En 1926, el Museo de Pontevedra compró un cuadro pensando que era un Murillo, pero se trataba de La taberna, de Antonio de Puga. Hubo que esperar décadas para que se le devolviera la autoría.
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Cuatro siglos después, la mayoría de los gallegos jamás ha oído su nombre. Al menos, desde hoy, si algún día pasas por la sala 239 del Hermitage y ves a un hombre pobre inclinado sobre su piedra, sabrás que lo pintó el hijo de un sastre de Ourense.
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Puedes leer la historia completa, que he publicado hoy en los diarios @quincemil15000 y @treintayseis_36 de @elespanolcom, aquí: elespanol.com/quincemil/cult…
En 1640, el hijo de un sastre de Ourense pintó a un afilador trabajando en plena calle. Un lienzo de metro y medio que acabó colgado entre Rembrandts y Tizianos en el palacio de los zares de Rusia. Llegó a pintar a Felipe IV. Se llamaba Antonio de Puga. Tira del hilo 🧵👇🏽👇🏽👇🏽
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