Entre las mil reacciones que ha suscitado este tuit, muchas coinciden en su ignorancia con la periodista de Cope: muchos insisten en que no existe diferencia entre superstición y fe.
Así que vamos a explicarla en un hilito. Y de paso, a aprender la importancia de Abraham. 1/9
Vivimos en un mundo extraño en que un seleccionador de fútbol es el que debe explicarle a una periodista de la radio de nuestros obispos que persignarse no es una superstición, sino un signo de la fe.
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Algo común al afrontar la religiosidad es acercarse a los dioses respectivos para extraer algo de ellos. Tanto aquí y ahora como en los s. XVIII-XIX a.C. en Mesopotamia, contexto de Abraham. ¿La forma? Un intercambio («do ut des») con el dios o un manipular lo divino (magia). 2/9
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Esta visión de lo divino implica que los dioses son previsibles, un poco como un mecanismo: si yo aprendo bien cómo moverlos (con mis oraciones, ritos, conjuros...), ellos actuarán en mi favor. Como cualquier otra objeto: si sé usar bien los mandos de mi barca, me será útil. 3/9
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Naturalmente, no solo cabe tratar a los dioses como objetos para nuestro provecho; también al resto de humanos cabe tratarlos así. De hecho, si incluso ves a un dios utilitariamente, ¡cómo no ver así a otros humanos! Es un marco muy plausible, pues... hasta que llegó Abraham. 4/9
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Abraham fue ante todo una suerte de ateo: un hombre que dejó de creer en los dioses, los ídolos, de su época. Esta historia judía que traduzco abajo es buen ejemplo de ello. Abraham deja de creer en las supersticiones o la magia mesopotámica: manipular lo divino en tu favor. 5/9
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Pero, al mismo tiempo, Abraham tiene una experiencia religiosa totalmente contraria. No se topa con lo divino como con un OBJETO que él pueda manipular mágica-supersticiosamente, sino que lo divino es una PERSONA que le llama para salir de toda previsibilidad y manipulación. 6/9
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De hecho, su experiencia con esa Persona, Yahvé, le lanza a lo imprevisible: peregrinar a una tierra lejana, Canaán, sin otra garantía que la palabra que le da Yahvé (será patriarca de millones). La relación con Dios, pues, ya no es la de usarlo, sino la de confiar en Él: FE. 7/9
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Abraham marca así un hito en la relación con Dios, que pasa de lo supersticioso-mercantil («hago X para que me des Z») a la fe personal («hago X porque me lo pides y me fío de ti»). Y este cambio también teñirá la relación entre humanos: menos usar, más respetar lo personal. 8/9
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Así, Abraham será considerado el padre de los creyentes en las religiones que establecen con lo divino una relación de confianza mutua, de fe (judaísmo, cristianismo, islam, mormones...), pues ven a Dios como alguien supremo (no manipulable con supersticiones) y fiable. FIN. 9/9
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P.D.: Persignarse, como cualquier otra cosa, puede ser un acto supersticioso, claro, si con él se intenta «manipular a Dios para conseguir cosas». Pero es un acto de fe si con él se expresa la confianza en que las cosas serán como Dios quiera o permita que sean. Y la confianza en que tanto el triunfo como la derrota serán buenos para uno, si uno sabe recibirlos poniéndose en las manos de Dios.