El hombre que descubrió las leyes que mueven los planetas —el que,...

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Pedro J. Fernández@pedroj86
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El hombre que descubrió las leyes que mueven los planetas —el que, en sus propias palabras, "midió los cielos"— murió pobre y solo, lejos de casa, persiguiendo un dinero que le debían. Y la guerra que ya había destruido su vida destruiría, dos años después, hasta su tumba.

Johannes Kepler le regaló a la humanidad algo casi inimaginable: las leyes matemáticas que gobiernan el movimiento de cada planeta del cielo. Fue uno de los fundadores de la ciencia moderna. Y su recompensa, en vida, fue la miseria. La Guerra de los Treinta Años —la guerra religiosa más brutal que Europa había conocido— le hizo pedazos el mundo. Se le murió la esposa. Se le murió su hijo pequeño favorito. A él, protestante, lo corrieron de ciudad en ciudad las persecuciones de la Contrarreforma. Y en medio de todo, acusaron a su propia madre de brujería: así que el gran astrónomo, el hombre que estaba trazando el cosmos, pasó años defendiendo a su anciana madre en un juicio por bruja, y a duras penas la salvó de la hoguera.

Y nunca le pagaron. Los emperadores a los que sirvió, y el señor de la guerra para el que trabajó al final, le debían dinero y no se lo daban. Así que en el otoño de 1630, un Kepler enfermo y envejecido emprendió un viaje a Ratisbona, para intentar, una vez más, cobrar el sueldo que le adeudaban. Contrajo una fiebre en el camino. Y el 15 de noviembre de 1630, a los cincuenta y ocho años, murió allá, lejos de casa, todavía persiguiendo el dinero.

Había escrito su propio epitafio, en latín, y es una de las cosas más bellas que un científico haya escrito jamás sobre sí mismo: "Medí los cielos; ahora mido las sombras. En el cielo estuvo mi mente; el cuerpo reposa en la tierra".

Lo enterraron en un cementerio protestante de Ratisbona. Y entonces, dos años después, la guerra lo alcanzó una última vez: el ejército sueco invasor destruyó el cementerio, y con él su tumba. La lápida desapareció. Y nunca se ha vuelto a encontrar. Hasta el día de hoy, nadie sabe dónde reposan los huesos de Johannes Kepler.

Así que el hombre que nos dio la forma de los cielos no tiene tumba en la tierra. No queda nada físico de él: solo las leyes que encontró escritas en el firmamento, y el epitafio en el que nos dijo, él mismo, que lo había medido. Quizá esa sea la única tumba que un hombre así podía tener de verdad: los cielos que cartografió, y las palabras que dejó.
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