Una de las causas evidentes del declive de Occidente es la ruptura...

Con economías completamente financiarizadas, donde la renta del capital es abrumadoramente superior a la del trabajo, esforzarse en un empleo ha perdido gran parte de su sentido.
Occidente basó gran parte de su éxito y su cohesión social en la promesa implícita del contrato meritocrático: la idea de que la aplicación, el talento y el trabajo duro serían recompensados con progreso económico, seguridad y un estatus social mejorado.
Este principio actuaba como motor de la movilidad social y como argamasa de la estabilidad.
Esto premia no la creación de valor a largo plazo, sino la habilidad para moverse en los mercados de capitales, una habilidad inaccesible para la gran mayoría de los asalariados.
Trabajar más horas o con mayor dedicación no se traduce en una mejora proporcional del nivel de vida, sino en un leve aumento dentro de una banda de ingresos que no sigue el ritmo del coste de la vivienda, la educación o la sanidad.
Trabajar mucho es ser un pringao, a todas luces.
Por un lado, desmotiva al trabajador cualificado («¿Para qué esforzarme si mi jefe multiplica su riqueza en bolsa sin producir nada tangible?»).
Por otro, alimenta una profunda desconfianza en el sistema. La percepción de que las reglas del juego están amañadas a favor de quienes ya tienen capital lleva a un cinismo generalizado y a la erosión de la legitimidad de las instituciones.
Si el esfuerzo individual deja de ser el camino principal hacia una vida digna, se debilita la propia razón de ser del progreso personal que impulsó a Occidente.
No hay nada por lo que luchar.

En la práctica:
- Los salarios pesan cada vez menos en el reparto de la renta.
- Una mayor parte se queda en beneficios empresariales, rentas del capital e intereses.
- Aunque haya empleo o crecimiento del PIB, los trabajadores capturan una porción menor de ese crecimiento.
Implicaciones clave:
- Desigualdad al alza: el capital gana peso frente al trabajo.
- Menor poder adquisitivo de las clases medias si los salarios no compensan inflación y productividad.
- Consumo más frágil a medio plazo, porque el consumo depende sobre todo de salarios.
Refuerza la idea de que el problema no es solo crecer, sino cómo se reparte el crecimiento. A ver si alguien se lo explica al gobierno de España...
En resumen: la economía puede ir bien “en agregado”, pero el trabajador medio recibe una porción cada vez más pequeña del pastel.
