La caída de la Unión Soviética tuvo un impacto profundo, y...

Gonzalo Fiore Viani@FioreViani
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Nov 27, 2025
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Hay momentos en la historia que operan como terremotos, no sólo por lo que destruyen, sino por lo que dejan expuesto. La caída de la Unión Soviética en 1991 fue uno de esos eventos: un derrumbe que abrió una grieta profunda en el edificio político del siglo XX y permitió ver, con brutal claridad, hasta qué punto el equilibrio que conocíamos dependía de tensiones invisibles.
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Lo que siguió no fue solamente la disolución de un Estado multinacional, sino la reconfiguración del contrato social occidental. La narrativa dominante nos dijo que asistíamos al triunfo final del capitalismo liberal, pero debajo de ese relato se movía otro proceso, menos visible, pero más determinante: el desmantelamiento sistemático de los derechos laborales conquistados tras un siglo de luchas.
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Cuando Moscú dejó de ser el Otro absoluto, el capitalismo occidental dejó de necesitar demostrar que podía ser un sistema no sólo eficiente, sino también justo. La Guerra Fría había garantizado un peculiar equilibrio: para evitar que la alternativa socialista resultara atractiva, los estados occidentales se vieron obligados a construir un Estado de bienestar robusto, a negociar con sindicatos potentes y a sostener salarios crecientes.
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La competencia entre sistemas generaba, aunque fuera indirectamente, mejoras materiales para los trabajadores europeos y norteamericanos. El capital era fuerte, pero no era todopoderoso.
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Ese equilibrio estalló en 1991. Y el vacío que quedó fue ocupado rápidamente por una ideología que venía creciendo desde los años setenta, pero que todavía encontraba resistencias: el neoliberalismo. No como un proyecto económico más, sino como un nuevo sentido común.
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De repente, lo que antes era una agenda polémica -privatizar, desregular, flexibilizar, adelgazar el Estado- se volvió inevitable. No porque hubiera demostrado su superioridad, sino porque la alternativa había implosionado frente a los ojos del mundo.
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Durante la década de 1990, la globalización financiera y comercial adquirió un carácter disciplinador. Las empresas se relocalizaron hacia países con salarios más bajos, los gobiernos abrazaron los dogmas del Consenso de Washington y los trabajadores se encontraron atrapados entre dos opciones: aceptar condiciones más precarias o ver cómo sus empleos desaparecían.
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En ese contexto, los sindicatos occidentales, que ya venían golpeados por la ofensiva conservadora de los ochenta, perdieron poder de negociación y, sobre todo, legitimidad. Si la alternativa sistémica había demostrado ser un fracaso, ¿qué sentido tenía seguir oponiéndose a la “modernización”? Las grandes centrales obreras comenzaron a ceder terreno.
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La izquierda, por su parte, sufrió un golpe simbólico del que todavía no se recupera: perdió horizonte, perdió utopía, perdió incluso la capacidad de imaginar futuros no regidos por la lógica del mercado. La socialdemocracia europea se reconvirtió hacia un centrismo amable, más preocupado por administrar el neoliberalismo que por confrontarlo. Blair, Schröder, Clinton: la tercera vía como forma sofisticada de renuncia.
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El resultado fue claro. Entre 1990 y 2010, los salarios reales se estancaron en la mayoría de los países desarrollados, mientras la productividad seguía creciendo. La brecha entre capital y trabajo se amplió como no se veía desde antes de la Segunda Guerra Mundial.
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El 1% más rico pasó a concentrar una porción cada vez mayor de la riqueza global. El Estado se replegó: privatizaciones, recortes, “reformas estructurales”. Y en ese paisaje, la figura del trabajador como sujeto político se diluyó. Ya no era el protagonista de la historia; era, en el mejor de los casos, una variable de ajuste.
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Lo paradójico es que el neoliberalismo nunca ganó por su capacidad de ofrecer un futuro mejor. Ganó por default. Su triunfo fue, en gran parte, la consecuencia del vacío que dejó la caída soviética. Un mundo sin alternativa sistémica es un mundo donde el capital puede presentarse como la naturaleza misma: algo incuestionable, inevitable, eterno.
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Y cuando una ideología se vuelve invisible, cuando opera como si fuera simple realidad, los derechos conquistados empiezan a parecer excesos, costos, privilegios injustificados. Tres décadas después del colapso soviético, seguimos viviendo dentro de esa estructura.
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La ofensiva neoliberal convirtió la incertidumbre en normalidad: contratos temporales, economías de plataforma, sindicatos debilitados, políticas laborales cada vez más fragmentadas. El trabajador del capitalismo tardío es, ante todo, un individuo solitario ante un mercado omnipresente. El modelo social que articuló el siglo XX -salario estable, empleo garantizado, estado de bienestar, movilidad ascendente- se redujo a nostalgia.
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Pero incluso en ese panorama, algo se mueve. La crisis financiera de 2008, la pandemia, la inflación global y el regreso de la competencia entre potencias -con China como protagonista- han vuelto a poner en cuestión la arquitectura neoliberal que parecía intocable. El capital vuelve a necesitar legitimidad.
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Las tensiones geopolíticas vuelven a impulsar políticas industriales, cierto proteccionismo, incluso un tímido retorno del Estado. No es casual que algunos países discutan nuevamente el fortalecimiento de los derechos laborales o la reducción de la jornada.
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Es posible que, como en el pasado, los grandes giros de la economía global vuelvan a abrir espacios que parecían cerrados. Pero la lección de 1991 sigue vigente: cuando desaparece la alternativa, desaparece también el margen para la negociación. El capitalismo sólo concede cuando siente que puede perder. Y si algo dejó claro el derrumbe soviético es que la historia no avanza por inercia, sino por disputa.
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Ese es el desafío del presente: reconstruir horizontes. Porque sin horizonte no hay política, y sin política no hay derechos. Y, como muestra la historia, cuando el mundo se queda sin alternativas, los únicos que ganan son los de siempre.
