Vuelven a hablar acerca de la gripe aviar, como si cada temporada...

El modelo ya es conocido: se difunde una amenaza, se alimenta el pánico informativo y, bajo la excusa de la seguridad, se justifica cualquier intervención. Lo que empieza como una advertencia médica termina convirtiéndose en un mecanismo político. Los medios amplifican la alarma, los gobiernos ensayan nuevas formas de control y el ciudadano, agotado, acaba agradeciendo la vigilancia que lo encierra.
La gripe aviar no es el fin del mundo, pero sí un recordatorio de quién lo dirige. La salud se ha convertido en el lenguaje perfecto del poder: nadie se atreve a cuestionarlo y todos acatan sus mandatos en nombre del bien común. Mientras el miedo cambia de nombre cada año, el propósito permanece inmutable: mantener a las masas dóciles, asustadas y dependientes de la autoridad que promete protegerlas.
Porque ya no gobiernan con ideas, gobiernan con diagnósticos. Cada alarma sanitaria no es una advertencia, sino una lección: el miedo sigue siendo el instrumento político más rentable del siglo XXI.
