Un escándalo imprevisto sacude la política estadounidense por estas...

Gonzalo Fiore Viani@FioreViani
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Jul 16, 2025
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En la política estadounidense de la era Trump, pocas cosas son más peligrosas que enojar a la base. Esa masa heterogénea, radicalizada y profundamente desconfiada del poder institucional que ayudó al magnate a conquistar la Casa Blanca —dos veces—, comienza hoy a mostrar señales de fractura interna. Y el detonante no ha sido un tema económico ni un escándalo de política exterior. No. Fue, una vez más, Jeffrey Epstein.
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La reciente decisión del Departamento de Justicia de cerrar definitivamente el expediente del caso Epstein, negando la existencia de una “lista de clientes” y sellando los archivos restantes, desató una ola de furia entre figuras clave del universo MAGA. Lo que para el establishment sería apenas una nota de cierre burocrática, para los seguidores más leales de Trump representa una traición. Y no solo del aparato judicial: una traición del propio Trump.
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Pam Bondi, la Fiscal General designada por Trump, había prometido abrir los archivos. Incluso llegó a decir en febrero que la famosa lista estaba “en su escritorio”. Luego se desdijo. Explicó que hablaba de todo el expediente y no de un documento específico.
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Pero para la militancia conservadora, eso fue suficiente para encender las alarmas de encubrimiento. El viejo fantasma del “deep state” volvió a colarse en los pasillos de la Casa Blanca, esta vez dirigido no contra Biden o Hillary Clinton, sino contra quienes supuestamente habían llegado a Washington para destruirlo.
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Trump intentó apagar el fuego como acostumbra: a los gritos, con un posteo en mayúsculas en Truth Social defendiendo a Bondi y acusando a sus críticos de “perder el tiempo con ese creep” (Epstein). Pero el daño ya estaba hecho.
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Las conferencias conservadoras se llenaron de pedidos para que Bondi renuncie. Influencers como Laura Loomer, Glenn Beck y Megyn Kelly denunciaron la “falta de transparencia”. Y lo más significativo: la figura de Trump empezó a ser cuestionada desde adentro, con una intensidad inédita.
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Durante años, el expresidente fue intocable en su propio movimiento. La lealtad era total, incluso cuando sus acciones contradijeron sus promesas. Pero la narrativa Epstein era una piedra fundacional del imaginario conspirativo MAGA. Epstein era la prueba viviente del supuesto pacto entre élites pedófilas, inteligencia corrupta y gobiernos encubridores. Prometer que “todo saldría a la luz” fue parte esencial del discurso trumpista. Y no cumplirlo ahora no se vive como un error, sino como una rendición.
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La tensión se siente incluso dentro del círculo íntimo de Trump. Dan Bongino y Kash Patel, figuras de peso en el aparato de seguridad nacional, manifestaron su desacuerdo con el manejo del caso. Patel desmintió rumores de renuncia, pero el malestar fue evidente.
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Steve Bannon, siempre atento a medir el pulso de las bases, pidió abiertamente que se nombre un fiscal especial para investigar a fondo a Epstein y su red de contactos. “Nunca vi un rechazo tan unánime contra una funcionaria como el que hay hoy contra Bondi”, dijo.
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¿Es esta la grieta que puede quebrar al trumpismo? Todavía no. Pero es una señal de alarma. En Tampa, donde se celebró la Student Action Summit organizada por Turning Point USA, el ambiente era tenso. La pregunta no era si Trump traicionó la causa, sino si aún puede representar sus valores. “Trump, vos sos el presidente. Vos nos prometiste exponerlos”, le espetó una joven de 24 años al micrófono. “No se trata de Bondi. Se trata de que cumplas”.
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Las consecuencias políticas de esta fractura son difíciles de medir. El trumpismo vive de la promesa de revelar lo oculto. Cuando el líder de ese movimiento decide cerrar una caja que él mismo prometió abrir, se pone en cuestión la naturaleza misma del contrato simbólico con su base.
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El episodio recuerda, en una escala distinta, a lo que ocurrió con las vacunas contra el COVID-19. En ese momento, una parte del electorado MAGA comenzó a rechazar incluso los logros de la administración Trump, acusándolos de ser “parte del plan”.
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La paradoja es evidente. Trump intentó proyectar una imagen de gobierno “duro con el crimen” y comprometido con la “verdad oculta”. Pero al blindar a Bondi y cerrar el caso Epstein, transmite el mensaje opuesto: el sistema ganó, incluso bajo su mando. Esa contradicción amenaza con erosionar no solo su credibilidad, sino su control total sobre el movimiento que creó.
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Y aún más preocupante para Trump, esta no es solo una cuestión de redes sociales o podcasts marginales. Elon Musk, su mayor donante, criticó abiertamente el manejo del tema. Megyn Kelly, voz poderosa del ecosistema conservador, lo trató de “desconectado”. Incluso figuras como el exgeneral Mike Flynn advirtieron que sin una respuesta firme sobre Epstein, el gobierno perderá legitimidad para encarar otros desafíos.
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No es casualidad que Trump busque desviar la atención hacia temas más tangibles: el desastre climático en Texas, la política migratoria, los recortes de impuestos. Pero cada vez que intenta pasar página, la base vuelve a recordarle que el caso Epstein no es un detalle, sino un símbolo. Un símbolo de todo aquello contra lo que Trump dijo luchar: corrupción, abuso, impunidad.
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La pregunta ya no es qué hizo Epstein. Tampoco es si existe o no una lista. La pregunta es qué hará Trump con el monstruo que ayudó a alimentar. Y si podrá seguir liderando un movimiento que, por primera vez en años, empieza a dudar de él. Porque en el mundo MAGA, la traición no se perdona. Y el silencio, en este caso, suena más fuerte que cualquier tuit.
