El historiador británico Eric Hobsbawm, en sus análisis sobre el...

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Gonzalo Fiore Viani@FioreViani
26 views Jan 23, 2025
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El historiador británico Eric Hobsbawm, en sus análisis sobre el siglo XX y el auge de movimientos políticos extremos, dedica una atención particular al fenómeno del fascismo. Sus escritos dan valiosas lecciones acerca de un momento que muchos comparan con el actual. Va hilo:
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Según Hobsbawm, el crecimiento del fascismo no puede ser explicado de manera simplista ni como una respuesta única a las crisis de la época. Él señala varios factores sociales, económicos y políticos que contribuyeron a su expansión, y los agrupa en algunas líneas clave.
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En las décadas de entreguerras, Europa se encontraba en una situación de crisis profunda. La Primera Guerra Mundial dejó al continente devastado, con economías rotas, poblaciones desmoralizadas y gobiernos inestables. Además, las democracias liberales, al intentar enfrentar estas crisis, a menudo se mostraban ineficaces, lo que favorecía el surgimiento de opciones autoritarias que prometían restaurar el orden y la estabilidad.
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La crisis económica de 1929 tuvo un impacto catastrófico en Europa, exacerbando las tensiones sociales y aumentando el malestar popular. El desempleo masivo y la desesperación económica deslegitimaron aún más a los gobiernos democráticos y aumentaron el atractivo de las opciones políticas radicales, como el fascismo, que proponían soluciones rápidas y autoritarias.
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El ascenso de la Revolución Rusa en 1917 y la posterior expansión del comunismo a través de la Comintern (la Internacional Comunista) generaron un temor generalizado entre las élites europeas, que veían en el comunismo una amenaza directa a sus intereses. El fascismo, con su enfoque anticomunista y ultranacionalista, se presentó como una alternativa para frenar el avance de las ideas revolucionarias y proteger el orden burgués.
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El fascismo, en particular en países como Italia y Alemania, se alimentó de un nacionalismo exacerbado y de la nostalgia por la grandeza perdida. La humillación sufrida por Alemania tras la Primera Guerra Mundial, con el Tratado de Versalles, fue un factor fundamental que facilitó la emergencia de movimientos como el nazismo, que ofrecían una visión de recuperación nacional a través de la expansión militar y la creación de un "orden nuevo" autoritario.
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A pesar de su retórica conservadora y sus vínculos con las clases altas, el fascismo también tenía un componente de rechazo a las estructuras tradicionales del poder burgués. Hobsbawm resalta que, en muchos casos, el fascismo fue un fenómeno de "revolución desde arriba", que combinaba el autoritarismo y el rechazo de la democracia con la modernización económica y la movilización popular.
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Hobsbawm señala que las clases dominantes, frente al ascenso de movimientos de izquierda y a la inestabilidad, apoyaron en muchos casos el fascismo como una forma de garantizar su poder y defender el orden social establecido. En Italia y Alemania, las élites económicas y políticas se aliaron con los movimientos fascistas, contribuyendo a su éxito.
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Hoy, a pesar de que la economía global no se encuentra en una crisis de la magnitud de la Depresión, la creciente desigualdad económica y la crisis financiera global, sobre todo tras la crisis de 2008, siguen siendo factores que alimentan el malestar social. En muchos países, el desempleo estructural y la precariedad laboral han creado un caldo de cultivo para el descontento, mientras que los beneficios de la globalización y las políticas neoliberales han sido muy desiguales.
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En este sentido, el descontento económico puede ser similar al que experimentaban las clases populares en los años 30, lo que genera un caldo de cultivo para las ideas autoritarias, que prometen estabilidad y una "reparación" de la economía, aunque bajo una óptica nacionalista y reaccionaria.
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Al igual que en la época de entreguerras, hoy hay un fuerte sentimiento de rechazo hacia las élites políticas y económicas. El estancamiento de la democracia liberal, el aumento de la desconfianza en los gobiernos tradicionales y las instituciones supranacionales (como la Unión Europea) son paralelismos evidentes. Movimientos como los populismos de derecha, que en algunos casos coquetean con ideas autoritarias o antidemocráticas, argumentan que las élites han traicionado al pueblo.
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El nacionalismo extremo es uno de los elementos que Hobsbawm considera clave en el crecimiento del fascismo en el siglo XX, y está presente también hoy en día. El miedo a la "invasión" extranjera (ya sea a través de la migración, el terrorismo o la competencia económica global) y la exaltación de la "identidad nacional" son componentes visibles de los movimientos populistas actuales.
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Políticos de derecha radical han utilizado estos temas para movilizar a grandes sectores de la población, a menudo con un discurso xenófobo y racista. Esto se ve en los discursos de figuras como Trump, Marine Le Pen en Francia, Matteo Salvini en Italia y otros, que explotan el miedo y la inseguridad en torno a las migraciones masivas o los "enemigos externos".
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En el pasado, el fascismo se nutría del miedo al comunismo y a la subversión de las clases bajas o los "enemigos internos". Hoy, el temor al "enemigo interno" también se ve en el crecimiento de la islamofobia, el antisemitismo, la homofobia y la discriminación racial. Movimientos de extrema derecha se enfocan en la "amenaza" de las minorías, a menudo criminalizándolas y utilizando el discurso del "pueblo" contra el "otro".
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Al igual que los fascistas históricos presentaban a los judíos o los comunistas como enemigos del orden, los populistas y autoritarios actuales ven a las minorías étnicas, los inmigrantes o incluso las comunidades LGTB+ como un peligro para la "pureza" o la estabilidad nacional.
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Como Hobsbawm señaló, las élites económicas y políticas fueron a menudo cómplices del ascenso del fascismo en el siglo XX. Hoy, algunos observadores han señalado cómo ciertas élites económicas y corporaciones pueden estar facilitando el ascenso de los populismos de derecha, al encontrar en ellos una respuesta útil para mantener su poder y sus intereses. Sin embargo, a diferencia del apoyo explícito a los fascistas de antaño, en muchos casos, las élites actuales se sienten cómodas con el uso de un discurso populista de "revolución desde arriba", siempre que se mantenga el sistema económico capitalista.
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Una de las diferencias importantes es que, hoy en día, el fenómeno de autoritarismo y nacionalismo no se limita a Europa, sino que es un fenómeno global. No solo hay líderes populistas y autoritarios en países europeos, sino también en América Latina, Asia y África. El autoritarismo parece ser una opción más flexible que el fascismo tradicional, adaptándose a diferentes contextos nacionales, pero con rasgos comunes: la supresión de la oposición, la corrupción de las instituciones democráticas y el cuestionamiento de la legalidad.
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