En 1868, un oficial estadounidense atacó un poblado cheyenne que estaba en paz y bajo protección del gobierno. Murieron un centenar de personas, entre ellas mujeres y niños. Estados Unidos convirtió a este carnicero en héroe nacional. El general Custer. Tira del hilo 🧵👇🏽👇🏽👇🏽
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George Armstrong Custer había nacido en Ohio en 1839. Salió de la academia de West Point el último de su promoción, con un expediente lamentable, pero aun así la Guerra de Secesión lo convirtió en la estrella más joven del ejército de la Unión.
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Su ascenso fue meteórico. Con 23 años ya era general de brigada de voluntarios, el más joven del ejército. Vestía uniformes llamativos que él mismo se diseñaba, llevaba el pelo largo y rubio y cargaba de frente. La prensa lo adoraba y él supo alimentar esa fama.
Terminada la guerra, el ejército lo mandó al oeste. Perdió el rango de general de voluntarios y se quedó como teniente coronel del Séptimo de Caballería, un regimiento nuevo creado para un objetivo concreto: someter a los pueblos de las Grandes Llanuras.
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Porque la joven nación estaba en plena expansión. Estados Unidos avanzaba hacia el Pacífico con el ferrocarril y los colonos, y los pueblos indígenas estaban en medio. La política oficial consistía en empujarlos a reservas, y el ejército era el instrumento para hacerla cumplir.
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La carrera de Custer estuvo a punto de acabarse antes de empezar. En 1867 fue juzgado en consejo de guerra por abandonar su puesto para ir a ver a su mujer y por maltratar a sus soldados. Lo suspendieron un año de empleo y sueldo.
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No cumplió ni el castigo entero. El general Philip Sheridan lo reincorporó antes de tiempo porque necesitaba a alguien dispuesto a atacar sin contemplaciones. Otros oficiales ni siquiera encontraban a los indígenas.
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Su objetivo aquel invierno fue un campamento en el río Washita, en la actual Oklahoma. Sus exploradores siguieron el rastro de una partida y llegaron hasta un poblado. Custer no hizo reconocimiento previo ni comprobó quién vivía allí. Ordenó el ataque al amanecer.
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El poblado era el de Cheyenne del Sur del jefe Black Kettle, el líder más conocido por buscar la paz con los blancos. Había firmado el tratado de Medicine Lodge y se había trasladado a la reserva. No estaba en guerra con nadie.
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La biografía de aquel hombre convierte lo que pasó en algo peor. Cuatro años antes, en 1864, Black Kettle había sobrevivido a la matanza de Sand Creek, donde la milicia de Colorado arrasó su campamento mientras él ondeaba una bandera estadounidense y otra blanca.
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El ataque del Washita duró poco. En los primeros quince minutos murieron decenas de personas. Los soldados mataron a unos 103 cheyenne, según el recuento habitual, entre ellos Black Kettle, su esposa y numerosas mujeres y niños. El poblado quedó destruido.
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Pero Custer no se detuvo ahí. Ordenó quemar las tiendas y las provisiones de invierno de aquella gente, y sacrificar entre 600 y 900 caballos y ponis del poblado. Sin refugio, sin comida y sin monturas, los supervivientes quedaron condenados en pleno invierno.
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Él lo presentó como una gran batalla. En su informe describió un combate entre fuerzas equilibradas frente a un bastión hostil, y esa versión es la que pasó a los libros. Los supervivientes cheyenne lo contaron siempre de otra forma. Para ellos fue una matanza.
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La discrepancia no es cosa de historiadores modernos. En diciembre de 1868, miembros de la Comisión de Paz del propio gobierno estadounidense declararon a la prensa que aquello había sido un ataque contra personas pacíficas que se dirigían a sus reservas.
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Uno de sus propios oficiales lo desmintió. El capitán Frederick Benteen, que estuvo allí bajo su mando, escribió una carta que apunta claramente en la misma dirección. Porque dentro del Séptimo de Caballería, Custer era tan discutido como fuera de él.
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Ocho años después llegó su final. En junio de 1876, el ejército buscaba someter a los lakota y cheyenne que se negaban a entrar en las reservas tras el descubrimiento de oro en las Colinas Negras, un territorio que un tratado firmado por Estados Unidos les había reconocido.
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El 25 de junio de 1876, Custer localizó un campamento enorme junto al río Little Bighorn, en Montana. Repitió su método de siempre, atacar sin conocer el tamaño del enemigo, y además dividió su regimiento en tres columnas separadas.
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Aquel campamento reunía a miles de personas. Los guerreros lakota, cheyenne y arapajó, con Caballo Loco y Toro Sentado entre sus líderes, envolvieron a su columna en una loma. Custer y los cerca de 210 hombres que iban con él murieron todos.
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La derrota llegó a los periódicos justo cuando el país celebraba su primer centenario. El impacto fue enorme, y la reacción también: Estados Unidos endureció la campaña contra los pueblos de las llanuras y aceleró su sometimiento definitivo.
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Y entonces empezó a construirse el mito. La primera arquitecta fue su viuda, Elizabeth Bacon Custer. Le sobrevivió 57 años, hasta 1933, y dedicó ese tiempo a escribir libros y dar conferencias defendiendo su memoria y respondiendo a cualquier crítica.
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La industria hizo el resto. La cervecera Anheuser-Busch encargó una litografía titulada La última batalla de Custer y repartió decenas de miles de copias por los bares de todo el país. Durante décadas, millones de estadounidenses bebieron cerveza bajo esa imagen.
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El cine remató la operación. En 1941, Errol Flynn lo interpretó en "Murieron con las botas puestas", una película que lo presenta como un caballero heroico y a los indígenas como una amenaza. Esa versión fue la que aprendieron generaciones enteras.
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La revisión tardó casi un siglo en llegar. En 1969, el escritor lakota Vine Deloria publicó un ensayo demoledor sobre el trato a los pueblos indígenas, y en 1970 la película "Pequeño gran hombre" invirtió los papeles y mostró a Custer como un carnicero desequilibrado.
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El cambio acabó llegando a la propia tierra. En 1991, el Congreso rebautizó el lugar, que hasta entonces se llamaba Campo de Batalla de Custer, como Monumento Nacional de Little Bighorn, y autorizó un monumento a los indígenas caídos, inaugurado en 2003.
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Hoy los visitantes leen también la versión de los otros. En el mismo lugar donde durante un siglo solo se honró a los soldados muertos, figuran ahora los nombres de los guerreros lakota y cheyenne que cayeron allí.
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Hay quien afirma que Custe fue un genocida, pero conviene ser preciso. Los historiadores sostienen que el conjunto de la política estadounidense hacia los pueblos indígenas tuvo carácter genocida, pero Custer fue un ejecutor de esa política, no quien la diseñó. Ese matiz importa.
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Lo que sí está documentado es suficiente. Un oficial que atacó al amanecer un campamento en paz, mató a un jefe que llevaba años buscando acuerdos, quemó las provisiones de los supervivientes y fue acusado de ello por su propio gobierno. Cada uno que saque sus propias conclusiones
En 1868, un oficial estadounidense atacó un poblado cheyenne que estaba en paz y bajo protección del gobierno. Murieron un centenar de personas, entre ellas mujeres y niños. Estados Unidos convirtió a este carnicero en héroe nacional. El general Custer. Tira del hilo 🧵👇🏽👇🏽👇🏽
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