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El 5 de diciembre de 1952, una niebla densa y oscura se levantó sobre Londres. Demasiado oscura. Demasiado densa. Cuando se fue 5 días después, había matado a 4.000 personas PERO SALVARÍA DECENAS DE MILES DE VIDAS. En #LaBrasaTorrijos, el Gran Smog que cambió Inglaterra. 🧵⤵️


(Se recomienda la lectura del hilo de hoy acompañada de la siguiente banda sonora). <a target="_blank" href="https://open.spotify.com/intl-es/track/6DGEDeaHiVKFVno6BmMiMJ" color="blue">open.spotify.com/intl-es/track/…</a>

Cuando el señor Wilson Patrick Daley quiso coger el bus desde su casa en Waterloo para ir a su trabajo en la City, se encontró con la parada llena de londinenses indignados: la BBC acababa de anunciar que los autobuses dejaban de circular hoy por culpa de la niebla.


Es cierto que había una niebla espesa pero nada que asustase a la gente de Londres. Otro día de "sopa de guisantes". Seguramente se la llevaría la lluvia por la tarde.


Pero no hubo lluvia. Daley llegó a la City en un metro abarrotado porque era el único transporte público que permanecía abierto. Cuando salió del trabajo a las 18:00h, la niebla convertía a la ciudad en un escenario fantasmagórico.


Los escaparates brillaban con un fulgor entumecido, aunque estuviesen a unos metros de distancia, los coches circulaban a la velocidad de un peatón, las farolas de bombillas incandescentes no podían traspasar la niebla y ni siquiera se veía el poste donde estaban colocadas.


Wilson Daley tosió. Tosió una vez. Otra. Otra vez. Al llegar a su casa, casi no podía controlar la tos. Esa niebla no era normal.

Encendió la radio. Las noticias solo hablaban de la capa negra que cubría la ciudad. Anegaba las calles y las plazas y hasta se colaba en los interiores de las casas.


Los cines, los teatros y los conciertos suspendieron sus espectáculos porque desde la platea no se veía la pantalla ni el escenario. La liga de fútbol y la de cricket pararon los partidos porque los jugadores no veían a más de un metro de distancia. Daley seguía tosiendo.


A medianoche, la tos se hizo insoportable y llamó a una ambulancia, pero las ambulancias también habían paralizado el servicio. Despertó a su esposa, Jane, y la hizo conducir a poco más de 15 km/h hasta el hospital de Santo Tomás.




Las urgencias estaban abarrotadas de niños y de personas mayores tosiendo. Los esputos se acumulaban en el suelo en manchas de una masa viscosa y negruzca.

Tras más dedos horas de espera, a Wilson Daley le hicieron una placa de tórax que arrojo el mismo resultado que prácticamente todas las que habían hecho ese día: neumonía bilateral por inhalación de partículas de monóxido de carbono y dióxido de azufre.


¿Qué había pasado? ¿Qué era esa niebla que cubrió Londres a principios de diciembre del 52? Para entenderlo, hablemos de la gente que dice que "antes se vivía mejor".

Quizá haya gente que antes vivía mejor pero, ¿sabéis lo que no era mejor antes? Las ciudades. Cuando yo pienso en cómo eran las ciudades en los 80, recuerdo sobre todo una cosa: el olor.

Las ciudades de los 80 olían mal. Las alcantarillas no filtraban tan bien como las de ahora, la basura no se recogía tan bien como se hace ahora y, sobre todo, los coches y las fábricas no soltaban el humo casi invisible que sueltan ahora.


Y una ciudad en plena reconstrucción de posguerra como el Londres de los 50 estaba llena de contaminación. Sobre todo de contaminación por el monóxido de carbono y el dióxido de azufre de la quema de carbón.

Porque, en el Londres de los 50, las plantas eléctricas eran de carbón, las calefacciones eran de carbón y las cocinas y los hornos eran de carbón.


En realidad, la calidad del aire de Londres siempre había sido bastante mala, pero se confiaba a un clima benigno para despejarla. Es decir, como en Londres llueve mucho y hay viento, las nubes de contaminación se despejan con rapidez.

Pero esos días no hubo lluvias ni viento. De hecho, lo que sucedió entre el 5 y el 9 de diciembre de 1952 fue, sencillamente, la tormenta perfecta.

Un periodo de temperaturas anormalmente bajas hizo que los londinenses quemasen más carbón del habitual, unido a la sustitución de los tranvías eléctricos por autobuses diésel, convirtieron al cielo de Londres en un puré de partículas contaminantes.
