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Mn. Jaime Mercant Simó
@JaimeMercant
El poder no es intrínsecamente perverso, como creen los anarquistas de izquierdas y también los libertarios. Lo que no entienden los que profesan estas monstruosas teorías es que el poder forma parte del derecho natural, o sea, de la natural ordenación de las comunidades políticas o repúblicas. En todo caso, el poder degenera y se deforma no cuando es grande y autoritario, sino cuando no está ordenado al bien común natural y, sobre todo, si se opone al bien común sobrenatural, que es Dios mismo. Como vemos, ésta es una cuestión de orden, no de límites.

Por otra parte, así como existe una natural tendencia del hombre a vivir en sociedad y constituirla, principalmente a partir de la célula familiar, también se da una necesidad de tener una autoridad superior que dirija a los seres humanos. Dicha necesidad tiene, como fin último ontológico, la autoridad suprema y absoluta de Dios. He aquí, pues, la clave de la vida moral individual, pero también de la vida política o social. Con Dios, las sociedades son fuertes y firmes; sin Él, enferman y se desmoronan. Ésta es, de hecho, la etiología de la decadencia y suicidio actuales de Occidente.

Como he dicho, el hombre y las sociedades tienen una necesidad natural de ser gobernados. Por ende, si nuestros gobernantes, en último término, no se subordinan a Dios, se dejan guiar, de hecho, por el Diablo, el cual reemplaza, entre otras cosas, la esperanza por la ilusión; las virtudes morales, por los valores; la caridad, por la solidaridad; la justa lucha, por el odioso e inicuo irenismo; la justicia, por la tolerancia; el culto a Dios, por el culto al hombre; el bien intelectual, por los placeres desordenados; la verdad objetiva, por la verdad relativa; la belleza estética, por el arte degenerado; el orden, por el caos; y, en definitiva, el ser, por el devenir y el activismo fáustico.

Le debemos a Dios y al César, cierto, pero no olvidemos que el César también le debe a Dios.
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Imagen ilustrativa: Luis XII de Francia y Carlomagno: miniatura del Libro de las horas de Carlos VIII de Francia (1494).
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