El poder no es intrínsecamente perverso, como creen los anarquistas...

Por otra parte, así como existe una natural tendencia del hombre a vivir en sociedad y constituirla, principalmente a partir de la célula familiar, también se da una necesidad de tener una autoridad superior que dirija a los seres humanos. Dicha necesidad tiene, como fin último ontológico, la autoridad suprema y absoluta de Dios. He aquí, pues, la clave de la vida moral individual, pero también de la vida política o social. Con Dios, las sociedades son fuertes y firmes; sin Él, enferman y se desmoronan. Ésta es, de hecho, la etiología de la decadencia y suicidio actuales de Occidente.
Como he dicho, el hombre y las sociedades tienen una necesidad natural de ser gobernados. Por ende, si nuestros gobernantes, en último término, no se subordinan a Dios, se dejan guiar, de hecho, por el Diablo, el cual reemplaza, entre otras cosas, la esperanza por la ilusión; las virtudes morales, por los valores; la caridad, por la solidaridad; la justa lucha, por el odioso e inicuo irenismo; la justicia, por la tolerancia; el culto a Dios, por el culto al hombre; el bien intelectual, por los placeres desordenados; la verdad objetiva, por la verdad relativa; la belleza estética, por el arte degenerado; el orden, por el caos; y, en definitiva, el ser, por el devenir y el activismo fáustico.
Le debemos a Dios y al César, cierto, pero no olvidemos que el César también le debe a Dios.
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Imagen ilustrativa: Luis XII de Francia y Carlomagno: miniatura del Libro de las horas de Carlos VIII de Francia (1494).
