En México 68, Bob Beamon aniquiló el salto de longitud.
La foto de su vuelo, que daría la vuelta al mundo, no la hizo un fotógrafo profesional, sino un contable londinense con mucho morro y el talento para encontrar el instante perfecto.
Esto es lo que pasó.
🧵⤵️

Durante los Juegos Olímpicos del 68, Tony Duffy estaba en México de vacaciones para olvidarse de su aburrido trabajo de contable. Chapurreaba cuatro palabras en español e iba haciendo fotos aquí y allá con su Nikkormat.
Apenas era un fotógrafo amateur y no tenía acreditación de prensa pero, a cambio, tenía un morro descomunal, lo cual unido a las, digamos, laxas medidas de seguridad de las instalaciones, le permitieron colarse en más de un lugar restringido.

De hecho, ya se había colado en la villa olímpica junto a su exnovia, la vallista Patricia Nutting (1ª por la derecha), quien le prestó una sudadera y le hizo pasar por fotógrafo del equipo británico.
Por cierto, Nutting fue la primera que animó a Duffy a hacer fotos deportivas.
Por cierto, Nutting fue la primera que animó a Duffy a hacer fotos deportivas.

Fue en esa visita sui generis a la villa olímpica donde Duffy oyó hablar por primera vez de un chaval de 1.91 de altura, flaco y desgarbado como un calamar, llamado Bob Beamon.

Duffy logró poner la oreja en una conversación entre el plusmarquista mundial de longitud, el estadounidense Ralph Boston, y los británicos Mary Rand y Lynn Davies. En ella hablaron de la próxima final de longitud y de las posibilidades que tenían.
Un poco de broma y un poco para asustar a Davies, Boston le advirtió sobre el joven Bob Beamon, quien le había ganado en las últimas competiciones nacionales. Le dijo: «No dejes que explote porque el tipo es capaz de saltar hasta el otro lado del puto foso».

La historia del propio Beamon daría para peli. Nacido en Queens y huérfano desde bebé, a los 15 había sido miembro de una banda de delincuentes juveniles, había traficado con droga y había pasado alguna temporada en un reformatorio.
Fue el atletismo lo que le salvó.
Fue el atletismo lo que le salvó.

A los 18 años, Beamon ya era uno de los mejores saltadores de su generación y entrenaba con su vecino de Nueva York y amigo personal, el atleta John Carlos, especialista en 200 m.
Sí, ese John Carlos que conseguiría la medalla de bronce en el 200 y que, el 16 de octubre, protagonizaría, junto a Tommie Smith y el australiano Peter Norman, la 'otra' foto de México 68 y, posiblemente, la imagen más importante de la historia del olimpismo.

El caso es que el 17 de octubre, con la foto del black power en todos los periódicos, se disputaba la calificación de la longitud.
Beamon hizo dos nulos y ya solo le quedaba un intento para superar el corte, que se había establecido en 7.65 m.
Beamon hizo dos nulos y ya solo le quedaba un intento para superar el corte, que se había establecido en 7.65 m.
El chaval estaba bastante nervioso, así que su compañero Ralph Boston se le acercó y le dijo: "No te preocupes por la marca, tú bate lo más lejos posible de la tabla".
Y Beamon lo hizo. Salto 15 centímetros antes de la tabla y aún se fue hasta los 8.18. Objetivo cumplido.
Y Beamon lo hizo. Salto 15 centímetros antes de la tabla y aún se fue hasta los 8.18. Objetivo cumplido.
Y llegó el 18 de octubre, el día de la final.
Como la de longitud era el primer evento de la sesión vespertina, el estadio estaba bastante vacío a primera hora de la tarde. Así que Tony Duffy vio el momento perfecto para bajar de la grada e intentar colarse en el tartán.
Como la de longitud era el primer evento de la sesión vespertina, el estadio estaba bastante vacío a primera hora de la tarde. Así que Tony Duffy vio el momento perfecto para bajar de la grada e intentar colarse en el tartán.
Allí puso en práctica la jeta de hormigón que llevaba de serie y, con un par de sonrisas y mientras agitaba la Nikkormat, consiguió que los vigilantes le dejasen pasar.
La cosa es que, en un mundo pre-Munich 72, la seguridad no era precisamente exhaustiva.
La cosa es que, en un mundo pre-Munich 72, la seguridad no era precisamente exhaustiva.
Así que Duffy consiguió pasar bajo los arcos del graderío y se colocó justo en frente del foso del salto de longitud. Sentado en el césped, acomodó la cámara contra el hombro y miró al cielo.
Había nubes y el viento le refrescaba la cara.
Había nubes y el viento le refrescaba la cara.
Bob Beamon era el cuarto participante de la final y miraba al cielo. Los días anteriores, la lluvia se había alternado con algunas treguas de sol, pero ahora se aproximaba algo. El aire tenue del DF cogía más humedad y el viento comenzaba a soplar cerca del límite de los 2 m/s.
Las condiciones eran perfectas para un salto. Era una ventana única que Beamon no quería desaprovechar. Se quitó la chaqueta del chandal y se encaminó al principio de la pista.
En el otro extremo Duffy movió ajustó el zoom al máximo y esperó.
En el otro extremo Duffy movió ajustó el zoom al máximo y esperó.
Si para Beamon era una oportunidad, para Duffy se trataba de un instante. Como la Nikkormat era de disparador manual, Duffy tenía que pulsar el botón y correr el carrete a cada fotografía. No podía desperdiciarla.
Beamon se echó levemente hacia atrás antes de iniciar la carrera con una arrancada furiosa. En el silencio del estadio se pudieron escuchar con claridad las diecinueve zancadas mil veces talonadas, mil veces ejecutadas, mil veces entrenadas, con las que Beamon recorrió la pista.
Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince, dieciséis, diecisiete...
Beamon acertó a componer un último pensamiento antes de la batida: «Por favor, que no sea nulo».
Dieciocho.
Beamon acertó a componer un último pensamiento antes de la batida: «Por favor, que no sea nulo».
Dieciocho.




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