@Pedro_Torrijos: En México 68, Bob Beamon aniqu...
@Pedro_Torrijos
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Aug 03, 2024
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Durante los Juegos Olímpicos del 68, Tony Duffy estaba en México de vacaciones para olvidarse de su aburrido trabajo de contable. Chapurreaba cuatro palabras en español e iba haciendo fotos aquí y allá con su Nikkormat.
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Duffy logró poner la oreja en una conversación entre el plusmarquista mundial de longitud, el estadounidense Ralph Boston, y los británicos Mary Rand y Lynn Davies. En ella hablaron de la próxima final de longitud y de las posibilidades que tenían.
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A los 18 años, Beamon ya era uno de los mejores saltadores de su generación y entrenaba con su vecino de Nueva York y amigo personal, el atleta John Carlos, especialista en 200 m.
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El caso es que el 17 de octubre, con la foto del black power en todos los periódicos, se disputaba la calificación de la longitud.
Beamon hizo dos nulos y ya solo le quedaba un intento para superar el corte, que se había establecido en 7.65 m.
Beamon hizo dos nulos y ya solo le quedaba un intento para superar el corte, que se había establecido en 7.65 m.
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El chaval estaba bastante nervioso, así que su compañero Ralph Boston se le acercó y le dijo: "No te preocupes por la marca, tú bate lo más lejos posible de la tabla".
Y Beamon lo hizo. Salto 15 centímetros antes de la tabla y aún se fue hasta los 8.18. Objetivo cumplido.
Y Beamon lo hizo. Salto 15 centímetros antes de la tabla y aún se fue hasta los 8.18. Objetivo cumplido.
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Y llegó el 18 de octubre, el día de la final.
Como la de longitud era el primer evento de la sesión vespertina, el estadio estaba bastante vacío a primera hora de la tarde. Así que Tony Duffy vio el momento perfecto para bajar de la grada e intentar colarse en el tartán.
Como la de longitud era el primer evento de la sesión vespertina, el estadio estaba bastante vacío a primera hora de la tarde. Así que Tony Duffy vio el momento perfecto para bajar de la grada e intentar colarse en el tartán.
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Allí puso en práctica la jeta de hormigón que llevaba de serie y, con un par de sonrisas y mientras agitaba la Nikkormat, consiguió que los vigilantes le dejasen pasar.
La cosa es que, en un mundo pre-Munich 72, la seguridad no era precisamente exhaustiva.
La cosa es que, en un mundo pre-Munich 72, la seguridad no era precisamente exhaustiva.
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Así que Duffy consiguió pasar bajo los arcos del graderío y se colocó justo en frente del foso del salto de longitud. Sentado en el césped, acomodó la cámara contra el hombro y miró al cielo.
Había nubes y el viento le refrescaba la cara.
Había nubes y el viento le refrescaba la cara.
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Bob Beamon era el cuarto participante de la final y miraba al cielo. Los días anteriores, la lluvia se había alternado con algunas treguas de sol, pero ahora se aproximaba algo. El aire tenue del DF cogía más humedad y el viento comenzaba a soplar cerca del límite de los 2 m/s.
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Las condiciones eran perfectas para un salto. Era una ventana única que Beamon no quería desaprovechar. Se quitó la chaqueta del chandal y se encaminó al principio de la pista.
En el otro extremo Duffy movió ajustó el zoom al máximo y esperó.
En el otro extremo Duffy movió ajustó el zoom al máximo y esperó.
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Si para Beamon era una oportunidad, para Duffy se trataba de un instante. Como la Nikkormat era de disparador manual, Duffy tenía que pulsar el botón y correr el carrete a cada fotografía. No podía desperdiciarla.
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Beamon se echó levemente hacia atrás antes de iniciar la carrera con una arrancada furiosa. En el silencio del estadio se pudieron escuchar con claridad las diecinueve zancadas mil veces talonadas, mil veces ejecutadas, mil veces entrenadas, con las que Beamon recorrió la pista.
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Diecinueve.
Y el salto se convirtió en una catedral.
Y el salto se convirtió en una catedral.
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El salto de Beamon fue larguísimo pero también voló a una altura imperial. El gran Jesse Owens, que seguía la competición desde la grada a través de unos prismáticos exclamó estupefacto: «¡Seis pies! ¡Ha subido a más de seis pies!».
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El resto es conocido. El salto se salió del medidor electrónico porque se quedó a apenas 20 cm. del final de la arena. Es decir, que casi saltó al otro lado del puto foso.
Hubo que sacar la cinta métrica y medir y remedir hasta que salió el resultado oficial, 20 minutos después.
Hubo que sacar la cinta métrica y medir y remedir hasta que salió el resultado oficial, 20 minutos después.
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Como curiosidad, Beamon no controlaba de sistema métrico, así que cuando salió el resultado oficial en el marcador electrónico, ni se enteró de su proeza. Tuvo que venir Ralph Boston a decirle la marca en medidas imperiales: 29 pies y dos pulgadas y media.
Beamon se derrumbó.
Beamon se derrumbó.
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En cuanto a la foto, Duffy no era consciente de lo que había hecho. Dos días después, reveló el carrete en una tienda para turistas junto a su hotel y la vio.
Se publicó por primera vez en diciembre del 68 en la revista Amateur Photographer. Le pagaron 25 libras por ella.
Se publicó por primera vez en diciembre del 68 en la revista Amateur Photographer. Le pagaron 25 libras por ella.
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Tony Duffy se retiró en 2003. Ahora vive en una casa en California donde tiene colgadas algunas de sus mejores fotos, entre ella, por supuesto, la de Bob Beamon.
La foto que le cambió la vida.
La foto que le cambió la vida.













