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@Amrodalcarin: En esta época visito de manera...

@Amrodalcarin
15 views May 25, 2026
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En esta época visito de manera bastante asidua a mi familia. Con el paso de los años y a medida que voy formando mi vida esto se va diluyendo y paso a no visitarles tan a menudo.
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He de hacer hincapié en que nunca fue algo así exagerado, pero viéndolo con perspectiva, hay un punto de mi vida en el que veo y hablo muy poco a mi familia. Tengo mi vida, mi trabajo, mis amigos y a mi familia la veo en las típicas cenas de navidad y la visita anual de mi madre.
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Ya tengo veintiséis años. Tengo un trabajo medianamente estable. La cajita se encuentra en lo más profundo de mi ser, casi olvidada.

Es en este momento cuando conozco a la que es ahora mi compañera de vida, la persona que más amo en este mundo.
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Annie.

Ella llegó en un momento en el que mi apatía me había hecho perder la esperanza en el amor, llegó para inmediatamente convertirse en la mejor compañera de equipo que nadie podría tener.
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La relación avanza como si ella llevara en mi vida una eternidad y me mudo con ella a la casa en la que sigo viviendo hoy día.

“Como si fuera a quedarse pa siempre a cenar”
Dice la canción del Kanka. Literalmente lo que siento con ella. Amor del bueno, del puro.
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Durante esta etapa sucede algo que en aquel momento no fui capaz de comprender, algo que me desbarató ese “equilibrio” que había conseguido conmigo mismo.
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Volvía con un compañero del trabajo y le dije que se detuviera porque en la calle había un gatito que acababan de atropellar y bajé corriendo a ver si podía socorrerlo.
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No podía.

No había nada que pudiera hacer para ayudarle y con total impotencia presencié como perdió la vida ante mis ojos.
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Muerte. Pensamientos, sentimientos, por un momento la cajita emergió, se entreabrió. No entendía que ocurría, simplemente me sentía envuelto por una oscuridad que me paralizaba.
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La muerte, nunca ausente, estaba en frente de mi, esta vez mirándome a los ojos fijamente. Me susurraba.

“Prepárate”
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Los siguientes meses no paraba de tener pesadillas con ese momento. Revivía esa escena una y otra vez.
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Es a finales de ese mismo año que llega Shaylo, mi perro. Él se pensará que le salvamos adoptándolo, pero este perro llegó a mi vida para salvarme de la oscuridad, darme amor incondicional, aprendizaje, alegría y luz.
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Y yo, una vez más, cogí a la muerte junto con todos sus sentimientos y la metí de nuevo en la cajita.

No es el momento.

Hakuna matata, vive y sé feliz.
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Y así fue. Disfrutando del día a día con Annie y con Shaylo, nuestra familia de tres. Aprendiendo, viajando, riendo.

Llega un nuevo año. Unos doce años han pasado desde aquel chico de quince años.
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“Hijito, ven un momento y siéntate con nosotros”.

Cáncer.

El cáncer volvió. Esta vez con metástasis en los huesos.
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Muerte.

Sentimientos, recuerdos, mi abuela. En mi cabeza viene todo como un trueno. Inmediatamente retumban las palabras.
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“Mauri, no me quiero morir”
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No es el momento, ahora no, ahora hay que luchar. Mamá quiere seguir luchando.

Todo a la cajita.
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Vuelven los tratamientos, mi madre cambia de médicos dado que ahora necesita verlos más a menudo por lo que muda todo su caso a Gran Canaria. Yo me propongo empezar a ir más a menudo y sobre todo a compartir más con mi familia.
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Esta etapa se convierte en monotonía, las sesiones de quimio, los médicos, miles de medicamentos, el contador ya está ahí, mi madre efectivamente se va a morir, puede que antes, puede que después. Esto sólo va a frenarlo.
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“Prepárate” me susurra.

El cáncer no tiene cura.

A la cajita.
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Mi madre con el paso de los años se va debilitando más y más. Sin embargo, incluso en ese momento es una mujer increíblemente fuerte. Diría sin dudarlo que en su versión más débil era más fuerte que una persona promedio.
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Tengo un recuerdo de una de las visitas que hizo a mi casa durante esa época. Yo estaba teletrabajando y escuché unos golpes como de un pico. Me asomé por la ventana y estaba mi madre blandiendo un sacho en el jardín de mi casa.
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Recuerdo claramente echarle la bronca desde la ventana (ella obviamente no debería haber hecho nada de eso en su estado).

¡Una persona con cáncer terminal en los huesos trabajando la tierra como si nada!
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Ella me miró. Con un amplio movimiento apoyó el sacho en su hombro, se secó el sudor y me dijo:

“¿Qué pasa?”
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Esa era mi Madre, increíblemente fuerte, casi te hacía pensar en ocasiones que estaba bien, que no pasaba nada. Te hacía olvidar fácilmente que tenía un cáncer terminal.
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Sin embargo, en esa fase del cáncer mi madre usaba ya dos parches de morfina a diario sumados a incontables medicamentos. No creo que sea capaz de imaginar los niveles de dolor que soportaba.
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Durante estos años hablo mucho con ella. Conversamos a diario sobre el tiempo, nuestros estados anímicos y muchas cosas más. Ella aprovecha estos momentos para poder desahogar conmigo sus sentimientos, sus pensamientos y sus frustraciones porque yo soy fuerte.
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Nunca le llegué a decir que no lo soy. Era lo mínimo que podía hacer.
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Mientras pasan estos años son varios los momentos en los que Annie, mi familia y mis amigos, al ver mi fachada con respecto, sin ser conscientes de lo que se forjaba en mi interior y preocupados por mi debido a la situación, intentan en más de una ocasión prepararme para ello.
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Muerte.

“Prepárate”

NO.

No es el momento.

A la cajita.
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A mi madre le tienen que hacer una biopsia en el hígado para ver si el cáncer ha seguido avanzando en diferentes órganos.

Una biopsia suele ser un procedimiento prácticamente ambulatorio, pero en este caso salió mal.

Mi madre acaba en la UCI.
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Muerte. La estoy viendo, está aquí, me sigue mirando fijamente a los ojos.

Pensamientos, sentimientos.

“PREPÁRATE”
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No por favor. No es el momento. No es el momento. No es el momento. No es el momento. No es el momento.

A la cajita.
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Tomo el primer avión y nos pasamos mi padre, mi hermana y yo par de semanas en el hospital.
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Mi madre logra salir de esa situación, aunque queda muy débil. Lo sucedido con esa biopsia fue una negligencia médica. Recuerdo esas semanas rabiar y querer prenderle fuego a toda la sanidad pública por permitir que algo así ocurriera.
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Mi madre no quería. Ella decía que, si no creíamos en la sanidad, todo lo que había sobrevivido hasta ahora habría sido en vano. Así que decidí creer eso. Y hoy en día lo sigo creyendo.
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Creo que, a pesar de todo, si no hubiera sido por la sanidad pública mi madre con total certeza habría vivido mucho menos.
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Yo empiezo a viajar con mucha frecuencia a Gran Canaria.
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A pesar de ello, mi madre aun estando así de débil sigue haciendo muchísimas cosas. Restaura muebles, mantiene su huerta y yo en todas esas actividades la persigo cada vez que puedo para echarle la bronca porque no puede sobre esforzarse tanto.
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Recuerdo el día que estábamos en la huerta arreglando unos maceteros para repartir las lombrices dado que son muy buenas para la tierra de las plantas. No sé ni cuántas veces le dije que se sentara porque quería cargar maceteros y baldes de agua.
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Estaba muy contenta porque le había llegado un set de semillas de tomates de diferentes tipos que le regalé.
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Hicimos mil planes de cómo organizaríamos los tomates ya que varios de ellos son como enredaderas y teníamos que diseñar una estructura que yo iría construyendo en las próximas visitas.
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Esa sería la última vez que vería a mi madre.
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Trece de mayo de dos mil veintitrés. Quince años han pasado desde aquel chico de exactamente quince años.

Mi madre me había pedido que le pidiera más semillas. La noche anterior le había escrito que había sido un desastre y que ese día se las pediría.
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“Jajaja no te preocupes hijito, si cuando no me hablas me imagino eso”

Esa mismo día le escribí.

“Buuuuenos días mamá, cómo estás hoy?”
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No hubo respuesta.
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Ese día era la gala de Eurovisión. Teníamos visita en casa, planes para la cena y además mientras veíamos el evento, tenía la mesa montada con todo un despliegue para mientras tanto jugar a las cartas.
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Llega un mensaje de mi hermana

“Mauri la cosa no va bien”

Ahora no. No es el momento.

Un mensaje de mi padre

“Estamos con tu madre en el hospital hijo”

No, no, no. Por favor. No es el momento. Ahora no. No es el momento.

A la cajita.
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La muerte me está mirando, la tengo frente a mí, tengo miedo, siento que me va a devorar la oscuridad.

“PREPÁRATE”

No es el momento. No es el momento. No es el momento. No es el momento.

Me llaman por teléfono.

Doy largas.
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No es el momento. No es el momento. No es el momento. No es el momento.

Me está gritando al oído. Tengo miedo, no puedo más.

“PREPÁRATE”

Me pongo a buscar vuelos. No hay. El más próximo es a la mañana siguiente.
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No es el momento. No es el momento. No es el momento. No es el momento.

Se acerca Annie a quien mi familia también ha avisado dado que yo no contesto.
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Ella pensaba en ese momento que yo no había leído ninguno de los mensajes y que, sin saber la tormenta que tengo en ese momento en la cabeza, llama mi atención para contarme lo que está pasando.

Le grito.

AHORA NO, NO ES EL MOMENTO

“PREPÁRATE”
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Pero ya no caben más cosas en la cajita.

Mi madre muere.

La cajita, se rompe.

Quince años.
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Quince años preparándome para la muerte de mi madre.

Con toda certeza puedo afirmar que nunca se está preparado.
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Ahora mismo hay tantos sentimientos, tanta información desatada en mi mente que mi cabeza es como una tele que no está sintonizada. Ruido. Sólo hay ruido.

Nunca he llorado tanto en la vida.
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Viajamos a Gran Canaria.
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Mientras escribía esta historia, annie me hizo recordar un momento luego del velatorio en el que al salir nos perdimos y tuvimos que dar una vuelta que nos hizo tener que estar mucho más rato en coche.
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Decidimos poner la música que nos recordaba a ella. Recuerdo que se sintió como cuando viajaba de pequeño.
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Al día siguiente con las cenizas fuimos a despedirnos de ella en el mar.
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Ese día se me quedará clavado en la memoria, no era ni el clásico día triste lluvioso de las películas ni un día super soleado que hiciera un contraste con la situación, era un día parcialmente nublado y, en cuanto a lo que la meteorología respecta, un día bastante normal.
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Yo llevaba las cenizas en mis brazos, sentado en la orilla del mar. Y con esa brisa, pensando en ella con los ojos cerrados, me despedí.
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Aquí podría haber cerrado la historia. La muerte de mi madre es un final, sí. Pero como te dije al principio esta historia va de procesos, de transformación, de crecer. Despedirme de mi madre me ayudó en ese momento.
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Pero ese mecanismo que desarrolle, la cajita, ahora rota, había provocado que mi vida literalmente no tuviera sentido.
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Todos esos pensamientos y sentimientos guardados cuidadosamente con los años ahora bailaban libremente sin control. No sólo porque mi madre ya no estuviera. Mi madre fue el detonante. Es que simplemente a nada tenía sentido.
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Al paso de los meses me di cuenta de que esto no era algo que yo pudiera solucionar solo. Sentía que no tenía el control del tiempo. El miedo se disparaba continuamente. Estaba siempre en alerta.

Era tal cuál no sentir el control mi vida.

Busqué ayuda.
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Aprovecho para decirte que siempre siempre siempre, si lo necesitas, pide ayuda.
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Empecé a aprender de mí, de mis procesos, de todas las experiencias vividas. Fue un proceso de largos meses. Muchos de los problemas que traté ya existían antes de la muerte de mi madre. Muchos venían arraigados a la cajita. A la muerte.
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Pero con el tiempo pude comprender, poco a poco, los procesos. Aprendí a como trabajarlos, a cómo utilizar herramientas que me ayudaran a seguir, a avanzar.
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Me enfrenté a la muerte, hice las paces con ella. Existe y siempre existirá, es parte del proceso, pero ya no me atormenta.

Hice los pases conmigo mismo y, por último, deseché la cajita.
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Aún sigo aprendiendo de mí y de la vida. Por así decirlo he aprendido a aprender en lo que a mi interior respecta. Escribir esta historia es parte de ese proceso.
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A esto quiero dar las gracias a Yubi mi psicóloga, por enseñarme tanto para sanar y por supuesto a Annie, Marina, Edu, Shaylo y todos los amiwitos que han estado a tope como una red de apoyo para cada momento de esta etapa.
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Ya casi ha pasado un año. El tiempo pasa volando. El otro día intentando explicar cómo ha evolucionado el sentimiento de la pérdida de mi madre lo definí como:
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“Ese susto que te daba en el super cuando pensabas que te habías quedado solo, sólo que ese sentimiento ya nunca se va”
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Es duro, sí, pero son sentimientos con los que se vive. Son parte del proceso.
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Como dijo Sagaz una vez.

“Luego mejorará. Y luego empeorará otra vez. Y luego mejorará. Así es la vida, y no voy a mentirte diciendo que todos los días serán soleados. Pero volverá a haber luz del sol, que es otra cosa muy distinta. Esa es la verdad.”
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He de decir que no todo es malo. Creo que hoy en día me inundo de muchos más recuerdos y momentos positivos relacionados con mi madre que momentos o recuerdos tristes. Poco a poco. Un día a la vez.
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Y a ti mamá, sé que te lo he dicho ya mil veces, pero gracias por todo, por darme la vida, por darme todo lo que me hizo ser quien soy. Gracias por tu luz y gracias por iluminar a otros.

Te amo. Siempre.
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Esta historia va principalmente de esos procesos, de aprender, de aceptar, de crecer.

Aprender sobre los procesos es algo clave para la vida. Esta es la historia de como lo aprendí yo y de cómo sigo aprendiendo.

Los quiero mucho, gracias.
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