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Voy a escribir un hilillo que tal vez pueda servirle a algún compañero joven y que, a su vez, dará idea a los profanos de en qué punto nos encontramos en en el negociado este de la educación secundaria. Lo que contaré, además, ha supuesto para mí un punto de inflexión:

me he tenido que envainar algunos de los principios profesionales hasta ahora se me antojaban irrenunciables. Sin más preámbulos, la cosa es que suelo escoger siempre cursos de Bachillerato y uno de FP Básica. Me gusta bajar al barro, encuentro muy satisfactorio trabajar con

un perfil de alumno al que el sistema casi ha dado por perdido. El grupo de este año: problemas severos de adicción, racismo (alumnos hispanoamericanos en clase), situaciones familiares a las que el lector no daría crédito, violencia verbal y física, incapacidad para aceptar

ninguna norma, nula disposición hacia el aprendizaje, protocolo de suicidio, la hostilidad como manera de estar en el mundo, y la fiesta del fin de semana como motor y razón de todo. Un alumno que no tiene nada que perder te deja sin capacidad

para imponer la autoridad: suspender le da igual; que le pongas veinte partes, también. La dirección te dice que sobrevivas como puedas, que renuncies a enseñar, que no van expulsar a nadie y que verdes las han segado (no ahondaré ahora en esto porque se me llevan los demonios).

Una compañera hizo ayer una reflexión interesante: cuánto nos indignamos, con razón, con el nacional que empujó a la profesora jubilada y, paradójicamente, cómo naturalizamos las violencias cotidianas con el que es de tu mismo claustro.

Empecé a hacer esto: entraba en clase y les decía cuál era el objetivo de ese día. Intentaba explicar; era imposible. Por lo tanto, me sentaba y anotaba todo lo que ocurría. Les decía: «Si alguien quiere saber esto, que venga a mi mesa y se lo cuento». Y no venía nadie.

Un día se acerco una alumna, y le di una clase particular en mi mesa. Otro día vinieron dos, hasta cuatro de una vez. A los demás, los ignoraba. Ignoré insultos, amenazas, pero también «hola» o «en qué página está eso». «Quid pro quo». La civilización exige civilidad.

Y, con el paso de las semanas, algunos se dieron cuanta de que los pocos que venían a mi mesa encontraban conversación, atención y alguna risa. A cambio, me tenían que ofrecer un poco de esfuerzo. Por marzo, ya explicaba para casi todos y cada uno permanecía en su sitio.

Sin embargo, como la realidad dista mucho de ser _El club de los poetas muertos_, las conquistas fueron parciales. En un caso, hubo que firmar unas capitulaciones: «Mira, Carlos, yo no voy a hacer nada, así que tú me dejas en paz a mí y yo te dejaré a ti.

Yo voy a seguir sacando el móvil y marchándome cuando me dé la gana. Tú haz lo que tengas que hacer y yo haré lo mío». Pacto entre caballeros. Sea. Dos alumnas abandonaron. Otra, la más hostil, empezó a no estar cómoda con mi total indiferencia hacia ella.

La tutora me informó de que, a través de la madre, se había quejado de que «Carlos me ignora». Le respondí más o menos lo que he escrito arriba, que la civilización exige civilidad, y que el amor incondicional solo es para los míos. Algunos se marcharon a hacer prácticas.

Ella no. Y cambió. Perdió el refuerzo del grupo y se cansó de ser una sombra. Empezó a trabajar, a ser educada, y yo empecé a verla. No fue pelillos a la mar, ojo. Los actos tienen consecuencias. Ni yo la aprecio ni ella a mí. Da igual, y además no es necesario.

Tú me dejas trabajar y yo te ayudo si me lo pides. Y así ha acabado el curso. Por primera vez en 23 años, no he podido hacer valer de inicio una autoridad que no emana solo de mi trabajo, sino de mi carácter y de la dignidad que les intento dar a los alumnos y a las clases.

He tenido que perder durante muchas semanas para poder ganar (porque este pulso también lo he ganado con casi todos, pero ha sido jodidísimo). Una última reflexión. Estoy convencido de que enseñar tiene mucho más de arte que de técnica.

No hay pedagogía en el mundo que supere a una determinada disposición del carácter. Ensaya el arte de dar clase, joven profesor. Encuentra tu estilo, profundiza tanto como puedas en la rama del saber que enseñas y emborrona lienzos. Quien te ofrezca técnicas infalibles te miente.