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Lo que aquí se está diciendo, pero no se pone en palabras claras, es que porque el trabajo sexual es un producto de la reproducción social capitalista, la organización de las trabajadoras sexuales la reproduce. Pero, ¿por qué no se aplica la misma lógica al trabajo doméstico? <a target="_blank" href="https://twitter.com/NadiaPH_/status/2047722879492473040" color="blue">x.com/NadiaPH_/statu…</a>

En el trabajo doméstico se reproduce la raíz elemental de la opresión de género: la reproducción social capitalista que delega sobre un sujeto femenino la reproducción que es estructuralmente incapaz de cubrir el salario.

Esto genera todo un conjunto de actividades de reproducción “fuera del mercado” que, sin embargo, luego pueden expresarse como mercancía en el mercado. Por ejemplo, el trabajo doméstico pagado.

¿Qué quiere decir esto? Que lo indignante del trabajo doméstico solo expresa en el mercado lo que ya ocurre “fuera de él”. Prohibir hoy el trabajo doméstico, no resolvería la condición estructural, sólo perjudicaría a las trabajadoras domésticas.

En esto de la prohibición parece que estamos de acuerdo todas (Itaia no es prohibicionista) pero, ¿y la organización sindical? ¿Regularizar el trabajo doméstico no sería reproducirlo?

Parece que cuando se trata del trabajo doméstico lo tenemos claro. Organizar a las trabajadoras domésticas en situación irregular a través de demandas concretas cimenta instituciones propias.

Instituciones donde con trabajo se puede hacer hegemónica una línea socialista que agita sobre la “obsolescencia” del trabajo doméstico en un contexto de reproducción socializada.

Hasta tal punto se perciben como distintos el trabajo doméstico y el trabajo sexual que, de hecho, se incurre en lógicas del feminismo liberal como idealizar la división generizada del trabajo como “el valor de las mujeres”, pidiendo “poner los cuidados en el centro”.

¿Es distinto el trabajo sexual? Desde el punto de vista de la moral, mucho. Desde el punto de vista de la crítica de la economía política, no tanto.

La estructura propia de la reproducción capitalista que hemos descrito condiciona a los sujetos feminizados a aceptar a menudo prácticas sexuales para mantener un vínculo.

Cuando opera la pareja o la familia (unidad básicas de reproducción bajo el capitalismo) esto puede tomar formas muy explícitamente económicas: no me separo porque no podría sostenerme, así que acepto el sexo como pago.

Ello es inseparable del hecho de que la pareja o la familia son la unidad básica de reproducción bajo el capitalismo. Sostenida sobre un sujeto que asume la reproducción y otro que la delega en pro de la producción.

Esto solo es una expresión de toda una economía sexual basada en valorizar los cuerpos en base a unos criterios, prácticas, selección de las parejas para colocarse en la misma, etc.

Un contexto que se capitaliza insertando todo lo que ocurre “fuera del mercado” en el mercado a través de toda una serie de mercancías y servicios.

Representar el trabajo sexual como mera dominación porque nos disguste su existencia no esclarece lo que es, no necesitan los hombres el trabajo sexual para dominar a las mujeres, tampoco para violarlas.

Recordemos que la mayoría de violaciones se cometen en el entorno de la pareja, donde no es necesario el dinero sino un sinfín de técnicas que el romanticismo y la monogamia presenta como normalidad y mandato.

El trabajo sexual responde con el mercado a los circuitos de marginalidad, a los fetiches nacidos en secreto fruto de la hegemonía sexual, a las constricciones de la monogamia.

En nada, la conquista de derechos laborales para las trabajadoras sexuales reproduce las condiciones estructurales que han dado a luz a esto.

En nada, la conquista de derechos laborales para las trabajadoras sexuales reproduce las condiciones estructurales que han dado a luz a esto.

Sin embargo, como ocurre con el trabajo doméstico pagado, esta lucha y la organización sindical habilitan una brecha para desnaturalizar las relaciones idénticas que ocurren fuera del mercado.