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Mn. Jaime Mercant Simó
@JaimeMercant

EL LIBERALISMO Y EL PECADO ORIGINAL La ideología liberal es un engendro de la Revolución francesa y, como tal, es incompatible, en todas sus formas, con el cristianismo; no existe un liberalismo bueno y otro malo, igual que no se da un marxismo bueno y otro malo. El liberalismo supone, además, una filosofía paupérrima que no sólo tiene una idea deformada del orden natural, sino que neglige por completo el hecho del pecado original y la propensión de la naturaleza humana concupiscente hacia el pecado. Así, pues, al absolutizar y divinizar la libertad, poniéndola en el vértice de la pirámide de sus valores, el liberalismo está favoreciendo, de facto, el mal y el error, por encima del bien y la verdad. Dicho de otro modo, no sólo se está poniendo al mismo nivel la libertad individual para el bien y la verdad con la falsa libertad para el mal y el error, sino que, debido a la antedicha concupiscencia del hombre, la libertad para el mal y el error siempre prevalece en un mundo liberal, precisamente porque éste, al concebir la libertad como una mera ausencia de coacción externa, da, de este modo, rienda suelta a todas las bajas pasiones, pensando ilusoriamente que el libre mercado es capaz, por sí solo, de generar una ética responsable en la sociedad. Al respecto, tanto los liberales como los libertarios confunden la libertad externa (libertas a coactione) con la libertad psicológica, la cual no es más que un aspecto de la voluntad para elegir el bien moral; así hay que entender la célebre sentencia evangélica: «la verdad os hará libres» (Jn 8, 32). Fijémonos bien que no es la libertad la que engendra la verdad, sino que es la verdad la que nos libera, en este caso de la esclavitud del pecado. Asimismo, cabe decir que dicha libertad interior es compatible con una falta de libertad exterior; prueba de ello es el testimonio extremo de los mártires. En el sentido opuesto, una completa libertad externa no garantiza, per se, la rectitud moral del hombre, sino todo lo contrario. Por consiguiente, es necesario que la autoridad regule la vida de los ciudadanos mediante leyes justas, las cuales deben tener, para su efectividad, una fuerza coactiva (vis coactiva); el bien común, es decir, la paz y tranquilidad de la república, lo exige. El problema del liberalismo y también del libertarismo, su monstruoso engendro, es que confunden los términos y los planos hasta tal punto que es muy difícil no irritarse con sus postulados sofísticos. Por ende, para curarse de estas malsanas doctrinas, recomiendo leer a los verdaderos autores contrarrevolucionarios, como Monseñor de Ségur, el cual alerta del pretendido principio de igualdad entre el bien y el mal que profesan los liberales, lo cual —asevera— no sólo es contrario a la fe, sino también al sentido común: «¿No tenemos la experiencia de cada día para hacernos ver que, a causa de la corrupción y decadencia de nuestra pobre naturaleza, más nos inclinamos al mal que no al bien? ¿No es esto un hecho incontestable y aún de fe? Favorecer igualmente al uno que al otro, sería exponernos a una perdición casi segura. Poner la verdad en la misma línea que el error, al bien en la misma que el mal, y la justicia en frente de nuestras pasiones desordenadas, sería entregar la verdad al error, el bien al mal, la justicia a las pasiones. Esto es lo que hacía decir a San Agustin: Quae peior mors animae quam libertas erroris? "La peor muerte para el alma es la libertad del error"» (Louis Gaston Adrien de Ségur, La Revolución, Madrid: Imprenta de la Esperanza, 1863, pp. 81-82).

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