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Lean esta cita de Louis de Bonald: «La Revolución ha comenzado por la Declaración de los Derechos del Hombre; no terminará más que por la declaración de los derechos de Dios». En efecto, los arrogantes y sanguinarios autores intelectuales de la Revolución francesa de 1789 quisieron reemplazar a Dios, poniendo al hombre como soberano, al mismo tiempo que aniquilaban diecisiete siglos de civilización cristiana. Sin embargo, no pensemos que dicha revolución ha quedado anclada en un pasado arqueológico; ella ha sido y es la revolución por antonomasia, estando subyacente no solamente en todas las revoluciones subsiguientes, sino también en la forma mentis del hombre contemporáneo, heredero ideológico —consciente de ello o no— de la arrogancia propia de los Principios de 1789, los cuales se ven resumidos anticipadamente en la célebre máxima de Protágoras: «el hombre es la medida de todas las cosas». Así, pues, toda reacción verdaderamente contrarrevolucionaria debe necesariamente tener, como fin último, la restauración social de los derechos de Dios en toda su integridad y en todas las dimensiones, incluyendo, por ejemplo, la vida política, la educación, los medios de comunicación o las dinámicas económicas. Al respecto, supone un contrasentido gritar fervorosamente «¡viva Cristo Rey» al mismo tiempo que se apoya toda suerte de ideología que pretenda, bien explícita y groseramente o implícita, disimulada y sutilmente, destronar a Cristo y superar el orden natural y cristiano. -------------------- Imagen: Le Serment du Jeu de paume (David, 1790).
