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Mn. Jaime Mercant Simó
@JaimeMercant

LA MALSANA JUVENILIZACIÓN DE LA SOCIEDAD No conozco a ningún cinéfilo de la Segunda Guerra Mundial que no le guste esta escena de la película “La batalla de las Ardenas” (1965), en la que se canta el célebre “Panzerlied”. Personalmente, esta escena me fascina porque nos da una lección moral. El coronel Hessler está decepcionado por las tropas que le han asignado para sus flamantes tanques Tigre; para él, estos muchachos son demasiado jóvenes. En efecto, la juventud, considerada en sí misma, es un estadio vital todavía imperfecto, pese a lo que se nos pregona hoy en día. Por lo tanto, el Coronel tiene buenas razones para desaprobar dichas tropas. Sin embargo, la juventud contiene una energía y una virtualidad intrínseca que, bien ordenadas, pueden superar casi cualquier obstáculo, incluso el natural temor a una muerte segura; ésta es la actitud de estos jóvenes soldados, que termina por convencer a Hessler. No obstante, los poderosos de hoy en día quieren que la sociedad se mantenga “siempre joven”, o sea, que permanezca en un estado inmaduro que facilite su engaño y manipulación. Esto se ve especialmente en el caso de los jóvenes varones, cada vez más anulados, humillados, acobardados e infantilizados, aunque también detecto “movimientos” juveniles de superación, para nada sentimentaloides, que son motivo de esperanza. La hodierna juventud masculina podrá escapar de la actual “trampa” —la del síndrome de Peter Pan— si, aprovechando la energía y fuerza de su edad, hace un acto de “autoafirmación” para la lucha y de “superación” de la propia juventud, es decir, sosteniendo el ánimo de constante maduración y la voluntad de perfección, lo cual implica un firme deseo de dejar de ser joven para llegar a ser un hombre con actitud siempre gallarda y viril. La patria, de hecho, necesita la energía de los jóvenes no para que la malgasten en vicios, drogas y botellones, sino para que se rebelen en contra de los déspotas existentes al servicio del globalismo y de sus intereses espurios, especialmente wokistas. Finalmente, el joven, si tiene vocación de ser un “hombre superior” —como diría Ernest Hello— y no un “hombre mediocre”, esclavo del sistema y de la abyecta ideología revolucionaria, deberá tener también una visión trascendental y sobrenatural; así, de este modo, sus energías, la madurez intelectual y la fortaleza de su carácter se beneficiarán de la gracia de Dios, que eleva al hombre cristiano hasta las cotas más altas de su perfección y de su acabamiento vital y existencial.

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