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Mientras España se está suicidando, uno se pregunta por qué no surge una verdadera reacción; sólo vemos actos de disidencia controlada, como el actual circo de Vito Quiles. La clave hermenéutica nos la da Onésimo Redondo, el Caudillo de Castilla: ¡faltan hombres! Dicho de otro modo, faltan líderes de altura no sólo con el carácter y facultad para ordenar a la masa del pueblo, sino con ideas sólidas y firmes principios rectores. Mientras haya esta carencia, la masa aborregada seguirá a nuevos mesías, vendedores de humo, como ocurre en otros países; lo vemos con el desquiciado apóstata y sionista de Javier Milei o el oportunista demagogo de Donald Trump. Dichos personajes sofísticos, sin principios políticos profundos, se benefician, además de la desesperación de la gente, de los estúpidos criterios de los supuestos intelectuales cristianos, a saber, del malminorismo y del posibilismo políticos, por culpa de los cuales ellos mismos son incapaces de elevar la mirada y hacer una opción fundamental no por el mal menor, sino por el bien óptimo. Los malminoristas son como limacos, sujetos pusilánimes y emasculados; no sólo les falta hombría, sino que, al expresar su acomodaticia actitud y paralizante pánico respecto de todo lo que parezca viril y gallardo, contagian a la masa los vicios propios de su débil carácter, siempre claudicante y vergonzosamente conformista. El pueblo está aborregado por demagogos, cierto, pero es capaz todavía de ser regido por alguien que rechace totalmente la farsa partidista y democratista, aportando un gusto y preferencia por la excelencia y no por la mediocridad; un hombre superior capaz de irradiar una luz prudencial, gubernativa y combativa a partir de los principios fundamentales de la fe católica y del derecho natural. Sin embargo, de momento, ¡faltan hombres! «El cuerpo vivo de la Política es y será siempre no la fórmula, sino el hombre; no el régimen, sino la conducta de los que gobiernan. Por eso, el mal de España ha estado siempre en los hombres: la "falta de hombres" [...] Una nación que durante siglos sepulta en el ostracismo a sus directores idóneos no puede salvarse. Si éstos lo son de veras, ganen al pueblo, húndanse entre la opinión, créenla a su sabor, que de estos han de ser poderosos si verdaderamente son caudillos: la masa es esencialmente movible y, en todas las latitudes y en cada época, se mueve según es conducida: la responsabilidad de los caminos de un pueblo es siempre, siempre, de los conductores. No hay, pues, buenos caudillos, no hay conductores para el Pueblo o, más exactamente, no hay maestros» (Libertad, núm. 9, 10 de agosto de 1931).


@JFD1984 Yo, al menos, doy una batalla intelectual a cara descubierta, con mi nombre y apellidos, no como tú, JFD.

@JFD1984 Entonces, siga su camino y yo seguiré el mío.