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Cuando era pequeño, corté un trozo de globo rojo, se lo puse en la espalda a un muñeco azul y jugué a que era Superman. No he visto la nueva peli —y tardaré en verla— pero sé que quizá Superman no es el héroe que nos merecemos, pero sí es el que necesitamos. Más que nunca. 🧵⤵️


Muchos pensaréis que Superman es un aburrido buenista, que demasiado perfecto, que el traje es un horterada, que no hay quien se crea lo de las gafas... Yo también pensé así durante un tiempo. El que molaba era Batman. Oscuro. Complejo. Superman era coñazo unidimensional.

Hasta que leí Miracleman. Y me di cuenta de que Superman es, sencillamente, uno de los personajes más complejos y más completos de la literatura moderna.


Publicado en 1982, Miracleman es una de las primeras aproximaciones de Alan Moore al concepto del superhombre.

Aunque tiene muchas subtramas, la trama principal del cómic plantea la existencia de un ser todopoderoso —Kid Miracleman— que es esencialmente un tirano salvaje y malévolo.


Lo más interesante es que Kid Miracleman nació como humano, pero fueron décadas de comprensión de su poder casi omnímodo (similar al de Superman), el que lo convirtió en un ser despojado de cualquier atisbo de moralidad, de responsabilidad y, en definitiva, de humanidad.

Y sí, es tan amoral que provoca un holocausto en Londres. Uno MUY detallado, por cierto.


De alguna manera, lo que nos dice Moore en Miracleman es que el exceso de poder termina por desvincular al hombre de su humanidad. Y de la Humanidad.

Esto es algo que ya exploraron los propios creadores de Superman cuando, en 1933 (cinco años antes del debut del superhéroe) bautizaron a un personaje como Super-Man. Personaje que desde luego no era un héroe sino un villano telépata —y calvo, por cierto—.


Entonces, si como indica la narrativa clásica —e incluso la realidad—, el exceso de poder podría transformar a un simple humano en un ser desprovisto de moral, habría que profundizar en la condición que ata a Superman con el hombre.

Habría que profundizar en ese personaje al que Umberto Eco describe como “un tipo aparentemente medroso, tímido, de inteligencia mediocre, un poco tonto”. Habría que profundizar en Clark Kent.


Dice Eco que la existencia de Clark Kent tiene gran parte de la responsabilidad del éxito de Superman como fenómeno cultural, puesto que humaniza al mito y, de alguna manera, permite la empatía del lector —del simple ser humano— con el dios.

Según Eco: "Kent permite la identificación de cualquier contable de cualquier ciudad americana alimenta secretamente la esperanza de que un día, de los despojos de su actual personalidad, florecerá un superhombre capaz de recuperar años de mediocridad”.

Seguramente Eco tiene razón, pero hay algo más profundo en la existencia de Clark Kent. Algo que dice Tarantino en Kill Bill: "Superman no es un simple mortal que se disfraza para ser un superhombre. Superman es un superhombre que se disfraza para ser un hombre".


La segunda aproximación de Alan Moore al concepto de superhombre es la famosísima serie limitada Watchmen. Todo el conflicto de ese cómic orbita en torno al personaje de Jon Osterman. El Doctor Manhattan.


Al igual que sucedía con Kid Miracleman, Osterman nace como un hombre común al que los superpoderes le sobrevienen; y es el paso de los años y la comprensión de su condición lo que le acaba despojando de moralidad.

Sin embargo, el Doctor Manhattan parece haber sobrepasado la barrera de la malevolencia y termina contemplando a la humanidad como un ángel bíblico, sin moral pero también sin emoción de ningún tipo. Es un ser completa y perfectamente alienado.


Sin embargo, Superman no es un hombre común, nunca lo ha sido. Su verdadera naturaleza es la de superhombre y su poder no es consecuencia de ningún accidente. Él experimenta sus capacidades a través de una convivencia paulatina con ellas, desde la niñez hasta la edad adulta.


Con todo, la circunstancia decisiva en la comprensión no alienada de Superman reside en su condición de adoptado. Kal-El es tan solo un bebé cuando se estrella en Kansas desde Krypton.

Allí, es acogido por Jonathan y Martha Kent, quienes crían, educan y forman a Clark en el marco de unos valores morales firmes y sencillos: el amor, el respeto, la tolerancia. Esta moralidad —aparentemente en desuso—, es la ESENCIA de Superman. Su esencia universal.