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¿ES CORRECTO DECIR QUE DEBEMOS ASISTIR A MISA POR OBLIGACIÓN? Para el católico, la asistencia a misa, los domingos y fiestas de guardar, es obligatoria, salvo excepciones justificadas; así lo manda la Santa Madre Iglesia. Sin embargo, alguien podría objetar que a misa hay que ir libremente por amor, no por obligación, estableciendo aquí una falsa contrariedad entre los dos términos, amor y obligación, como si éstos se excluyeran recíprocamente. Otros podrían responder que debemos acudir a misa porque, ante todo y sobre todo, la necesitamos para nuestra salvación. Otros dirían que la celebración de la misa nos obliga moralmente, cierto, pero para reforzar la comunidad, reuniéndonos asamblearia y fraternalmente en torno a una misma mesa. Sin embargo, unos y otros, bajo mi punto de vista, tienen una deformada visión del sacramento de la eucaristía, porque lo contemplan desde una perspectiva marcadamente antropocéntrica, horizontal y descendente, incluyendo aquí a una parte de los más piadosos, los cuales parece que irían a misa, antes que nada, para salvarse. En primer lugar, la misa tiene una ordenación o dirección vertical con dos sentidos, a saber, el de la Iglesia creyente y orante hacia Dios (sentido ascendente) y, en un segundo momento, de Dios hacia la Iglesia creyente y orante (sentido descendente). Es importante mantener este orden de prelación, porque la celebración de la santa misa no es primeramente para nosotros, sino para Dios. Todo culto católico, de hecho, debe contemplarse siempre sub ratione Dei (bajo la razón de Dios), esto es, teocéntricamente. Es más, aunque el culto sacrificial eucarístico lo realiza el sacerdote, éste lo hace in persona Christi; es, en realidad, una obra sobrenatural de Dios. Al respecto, conviene tener en su debida cuenta los fines de la misa, puesto que la causa final, que es, como enseñaba Aristóteles, la causa de las causas, da la razón de causa a las otras causas. He aquí los cuatro fines esenciales de la misa; veámoslos brevemente: 1. Fin latréutico o de adoración: éste es el primer fin, el más fundamental, o sea, el fundamentum de los otros subsiguientes. Fijémonos que, en este fin, el sentido es puramente ascendente, con carácter absoluto, puesto que carece de sentido descendente. En efecto, la misa es un sacrificio latréutico, porque la Iglesia orante, tanto la que está in via como la que está in termino, le debe a Dios un culto supremo y absoluto de adoración. Por esta razón, podemos decir que, en cada misa, toda la Iglesia (triunfante, purgante y militante) se une ascendentemente para adorar a Dios. 2. Fin eucarístico: la misa es un sacrificio eucarístico o de acción de gracias. De nuevo nos encontramos con otro fin con un sentido ascendente, aunque de menor grado que el primero, puesto que aquí no hablamos de una adoración absoluta, cuyo objeto sea simplemente Dios, considerado en sí mismo, sino de una acción de gracias, determinada ésta por los beneficios espirituales o materiales que cada día recibimos de la mano generosa de Dios. 3. Fin expiatorio y propiciatorio: la misa es un sacrificio de carácter expiatorio y propiciatorio, porque Cristo, en cada misa, se ofrece al Padre, de modo incruento y en la eternidad, a causa de nuestros pecados. Como vemos, aquí, en este tercer fin, pese a que su primer sentido sea ascendente, es decir, reparar la ofensa a Dios (expiación) y aplacar su ira y el castigo que merecen nuestros pecados (propiciación), en un segundo momento vemos un sentido descendente, concretado en el efecto secundario y derivado del perdón de nuestros pecados, en virtud de la misericordia divina y de las antedichas expiación y propiciación. Fijémonos bien que no es dicho perdón el primer sentido de este fin, sino la reparación y satisfacción por las ofensas cometidas contra Dios, debido a los pecados propios y ajenos, de los vivos y de los difuntos. 4. Fin impetratorio o de petición: normalmente este fin se pone en tercer lugar, pero no estoy de acuerdo con ello. Bajo mi punto de vista, este fin debe ir en último lugar, puesto que deriva ontológicamente de los anteriores y porque es el fin que tiene el sentido descendente más pronunciado y la razón de débito más débil. Con este fin, la Iglesia orante pide a Dios (sentido ascendente) por los vivos y los difuntos, para que Él nos conceda los beneficios, bien sean espirituales o temporales, que más nos convengan (sentido descendente), para poder alcanzar, en último término, la salvación eterna (nuevamente, fin ascendente). Por consiguiente, teniendo en cuenta la metafísica y teología de estos cuatro fines esenciales, podemos deducir fácilmente que estamos obligados a ir a misa, pero no porque primeramente nos convenga a nosotros o a nuestra comunidad. Es obligatorio ir a misa dado que es un deber vertical y ascendente que tenemos todos los que conocemos a Dios y creemos en Él, o sea, los que gozamos del conocimiento completo de la fe católica. Dicha obligación sobrenatural, además, tiene una base en el derecho natural, expresada concretamente en el primer mandamiento de la ley de Dios. Por este motivo, también podríamos decir que todos los que no son católicos también están potencialmente obligados a ir a misa, porque también están en potencia de convertirse. Así pues, todo el mundo está llamado a profesar la fe católica y practicar el verdadero culto del Dios verdadero. En efecto, fuera de la Iglesia católica y de su verdadero culto no hay salvación. Ciertamente, en un segundo momento, como hemos visto, los miembros de la Iglesia creyente y orante se benefician de los frutos espirituales de la santa misa, pero éstos se producen en un acto segundo, no en el acto primero y fundamental. Alguien podría pensar que este cumplimiento del deber podría entenderse como un acto meramente voluntarista, pero éste no es el caso, habida cuenta de que dicha obligación está subordinada y orientada a un fin último, a saber, el hecho de rendirle un culto de adoración a Dios. Incluso, considerando secundariamente el sentido descendente, la finalidad también determina la antedicha obligación, ya que la eucaristía es pignus futurae gloriae, o sea, prenda de la gloria futura, bien sea a nivel individual, para la salvación de nuestra alma, o a nivel eclesial, puesto que la eucaristía edifica la Iglesia, cuyo fin último es la comunión definitiva y perpetua con Dios en la gloria del Cielo. En definitiva, podemos decir, sin complejos, que a misa vamos por obligación, cuyo cumplimiento es un acto de conocimiento y amor, y, secundariamente, también porque nos conviene. Dicho de otro modo, estamos radicalmente obligados a ello, puesto que la creatura se lo debe todo al Creador, empezando por su propio ser y existir. Si Dios nos retirara el aliento, expiraríamos y volveríamos al polvo de donde salimos (cf. Sal 104, 29). ¡Bendita y santa obligación de asistir a misa! ---------------- Misa de san Gregorio (Pedro Berruguete, 1495).
