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En 1582, las dos unidades militares más poderosas de todos los tiempos se enfrentaron en una legendaria y olvidada batalla en Filipinas. Así fue como los Tercios españoles vencieron a los samuráis japoneses en la batalla de Cagayán. Tira del hilo 🧵👇🏽👇🏽👇🏽


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Los piratas chinos, japoneses y coreanos llevaban desde el siglo XIII asolando las costas de lo que los españoles habían llamado Filipinas, en honor al entonces príncipe del imperio que había conquistado medio mundo.


España había trazado una ruta que conectaba Manila con Nueva España a través del Galeón de Manila, en la que se transportaban riquezas cruzando el océano Pacífico, convirtiendo a Filipinas en un apetecible lugar para piratas y corsarios.


Los ataques piratas eran constantes y los territorios de ultramar no disponían de suficientes hombres para defender sus extensas costas. Una gran flota de piratas corsarios chinos y japoneses había llegado a intentar tomar la capital, siendo rechazados por las escasas tropas.


El Japón feudal del siglo XVI vivía en una época de caos y guerras civiles conocida como "Sengoku". Ante la escasez de recursos, muchos japoneses se vieron obligados a ejercer de piratas para sobrevivir.


Además, la casta militar, los samuráis, vagaba sin señor, convirtiéndose en "ronin" y uniéndose a grupos de exiliados chinos y coreanos conocidos como "wakos", piratas que atacaban sin piedad cualquier barco o población cerca de Taiwán y Okinawa.


Estos piratas, que se desplazaban en barcos tradicionales llamados sampanes, establecieron una colonia en el noroeste de la isla de Luzón, en Filipinas, liderados por un caudillo japonés llamado Tay Fusa.


Los ataques eran tan sangrientos y continuos que el gobernador del archipiélago decidió informar al mismísimo rey Felipe II en 1582. Pero ni el rey ni el gobernador sabían que entre aquellos piratas se encontraban unidades militares tan poderosas como los samuráis.


Felipe II aceptó ayudar al gobernador y proporcionó siete barcos y cuarenta infantes de marina de los Tercios de la Armada Española para que se pusieran bajo el mando del veterano capitán Juan Pablo de Carrión, un tipo duro sin nada que perder.


La exigua flota estaba compuesta por el navío “San Yusepe”, cinco pequeños bajeles de apoyo y la galera “Capitana”.


Una Armada que, entre tripulación y Tercios, no superaban los 500 hombres, que inmediatamente partieron rumbo a Cagayán, al norte de la isla de Luzón, a 600 km de Manila, para buscar a Tay Fusa y expulsarlo de las aguas de Filipinas.


La flota española puso rumbo a la desembocadura del río Grande de Cagayán, donde se encontró con los 18 sampanes de la flota pirata de Tay Fusa fondeados en unas fortificaciones levantadas junto a la desembocadura del río, en las que contaba con más de 1.000 hombres.


Carrión se dirigió hacia ellos para atraerles a mar abierto lejos de sus defensa, donde los potentes cañones españoles fueron hundiendo durante horas a los barcos piratas uno a uno, provocando más de 200 bajas entre ellos, a costa de dejar casi inutilizada la Capitana.


Pero la victoria no estaba completa, ya que, para acabar con ellos definitivamente, tendrían que destruir su bastión en tierra. Carrión ordenó desembarcar en un recodo, establecer una posición fortificada e instalar los cañones de la Capitana, que comenzaron a disparar.


Los “wakos” decidieron que era el momento de negociar la rendición, pero los españoles se negaron a negociar. Tenían que abandonar Luzón sin condiciones antes del amanecer.


Pero con los primeros rayos de sol, un formidable ejército formado por más de 600 samuráis armados con katanas y armaduras de guerra apareció para asaltar la posición española.


Pero la vista que encontraron los japoneses no era menos fabulosa: una formación de 40 infantes de marina de los Tercios con sus picas untadas en sebo, para que no pudieran arrebatárselas, junto a varios arcabuceros preparados para disparar.


Carrión, conocedor de que se encontraba frente a los legendarios y temibles guerreros samurái, era consciente de que aquella lucha sería una de las más complicadas de toda su larga carrera.


El primer asalto de los piratas fue un fracaso, pero lo siguieron intentando hasta en tres ocasiones. Una decena de españoles habían caído mientras los japoneses contaban por cientos sus pérdidas.
