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En 1590, un espía de Felipe II de España engañó a la reina de Inglaterra para liberar a los prisioneros de la Grande y Felicísima Armada, la Armada Invencible. Era Pedro de Zubiaur, uno de los más grandes marinos de la historia que hasta hoy no conocías. Tira del hilo 🧵👇🏽👇🏽👇🏽


Pedro era descendiente de una familia vizcaína de navegantes y comerciantes de Puebla de Bolívar, en la provincia de Vizcaya. Fue el segundo hijo de un matrimonio que llevaba el mar en las venas, por lo que su futuro estaba bastante claro.


En la década de 1560 inició su carrera militar en la Armada Española, en pleno reinado de Felipe II, ofreciendo al rey sus servicios con dos pequeños barcos armados.


Los vizcaínos destacaban por su habilidad para la navegación costera y su defensa, por lo que el monarca aceptó encantado su ofrecimiento en una época en la que España dedicaba creciente atención al frente Atlántico.


Sus méritos quedaron patentes en poco tiempo, por lo que el rey decidió ordenarle su primera misión en 1568, con 28 años. Y no se trataba de una misión cualquiera, sino de llevar al duque de Alba las pagas de las tropas en Flandes.


Se trataba de un cargamento de 450.000 ducados repartidos en 155 cofres con un peso de más de 13 toneladas que se cargaron en Santander y Castro Urdiales a bordo de 2 buques que zarparon de Bilbao.


Durante la travesía por el canal de la Mancha se toparon con una flota enemiga compuesta por 40 barcos franceses, de los que logró escapar llegando con su cargamento a Southampton.


Pero en Inglaterra, Isabel I incautó los barcos de Pedro y todo su contenido, en represalia a un decreto anterior del duque de Alba con el que había embargado los bienes de los súbditos ingleses en Flandes.


La reina aprovechó aquella fortuna para armar a sus mejores corsarios para que atacasen Vigo, Cartagena de Indias o Santo Domingo, mientras Pedro fue hecho prisionero y enviado a un penal olvidado de la mano de dios, donde estuvo un año cautivo.


Tras regresar a España, fue comisionado a Inglaterra por Felipe II, en 1572, para negociar con la reina Isabel la devolución del dinero que Francis Drake, con licencia de corso concedida por la corona inglesa, se había apropiado en Panamá proveniente de Perú.


Durante dos años, Pedro intentó recuperar el dinero, pero no lo consiguió, entre otras razones, porque Drake ya había gastado aquel dinero pagando favores de los nobles más influyentes del reino, así como los de la misma reina.


Felipe II, consciente de las capacidades del vizcaíno, lo envió de nuevo a Inglaterra con la excusa de seguir negociando la devolución de Drake, pero realmente lo hizo como espía de la Corona, en el tiempo previo al envío de la Gran Armada (la mal llamada Armada Invencible).


España necesitaba conocer el estado de las flotas inglesas, de sus tropas y sus puertos, por lo que Pedro, conocedor del idioma y con una posición social relevante, disponía de la autonomía suficiente para tejer una red de espías que le notificaran de todos los planes ingleses.


Poco a poco también se fue introduciendo en las cuestiones políticas, por lo que fue encerrado por segunda vez, en esta ocasión en la Torre de Londres, acusado de conspirar para el asesinato de Guillermo de Orange, príncipe rebelde independentista de Flandes.


En febrero de 1590, tras el fallido intento de invadir Inglaterra con la Grande y Felicísima Armada, se le requirió como negociador diplomático en una de las operaciones más complicadas y desconocidas del siglo XVI: traer de vuelta a casa a los prisioneros de la Gran Armada.


Eran cientos de hombres de varios barcos de guerra y del galeón Nuestra Señora del Rosario, capturada por Francis Drake en el canal de la Mancha tras quedarse inmovilizada debido a una colisión accidental.


Pedro llegó al puerto de Dormuth con cuatro barcos para pagar el rescate y evacuarlos a España, pero a su llegada se dio cuenta de que había muchos más españoles allí realizando trabajos forzados y viviendo en pésimas condiciones, así que decidió que no se iría de allí sin ellos.


Siguiendo las pautas diplomáticas, logró la liberación de los prisioneros “oficiales”, que no incluían a los del galeón Nuestra Señora del Rosario, a los que escondió entre los demás para que no fueran descubiertos.


Además, también incluyó otro centenar de prisioneros españoles que tampoco estaban en la lista. Para ello sobornó, engañó, mató y mintió a todo el que fue necesario.


Vio que además los ingleses se habían quedado con los magníficos cañones de bronce del Nuestra Señora del Rosario y 600 kilos de su pólvora que sabía que usarían en el futuro contra los propios españoles, así que también los embarcó en sus navíos.
