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En 1955, el Estado expropió y vació el pueblo cacereño de Granadilla porque se lo iba a tragar un nuevo embalse. Pero el pueblo nunca se inundó. Y nunca lo hará. Hoy es un lugar precioso cuya historia merece la pena ser conocida. Os la cuento en #LaBrasaTorrijos. 🧵⤵️


(Se recomienda la lectura del hilo de hoy acompañada de la siguiente banda sonora). <a target="_blank" href="https://open.spotify.com/intl-es/track/2NGhKPZdZk2pPZinWphTzh" color="blue">open.spotify.com/intl-es/track/…</a>

"No tendremos más remedio que irnos". Esa era la frase que corría por los vecinos de Granadilla a principios de los 60, cuando las aguas del nuevo embalse de Gabriel y Galán comenzaron a subir por la ladera hacia el promontorio donde se levantaba el pueblo.


Efectivamente, los 500 habitantes del pueblo, menos de la mitad de los que había cinco años antes, ya no podían postergar más una decisión tan dolorosa como inevitable. Deberían dejar el pueblo atrás pues, en apenas unos años, quedaría sumergido bajo las aguas.


Pero claro, cuando dejas atrás tu pueblo, dejas atrás tu vida. Y la vida de ese pueblo tenía mil años.

(Mil años...)

Mil años de un pueblo que fue almohade del siglo IX al siglo XII. Un pueblo al que llamaron Granada en honor a la capital nazarí.


Ochocientos años de un pueblo que fue cristiano desde 1160 y que, pese a estar en un escarpado promontorio de pizarra, se amuralló por completo, completando así el primer baluarte musulmán.



Quinientos años desde que los Reyes Católicos tomasen Granada y rebautizasen el pueblo como Granadilla. Quinientos años desde que la casa de Alba construyese el castillo. Castillo que aún hoy sigue allí, sobre la traza de la antigua alcazaba árabe.


Cuarenta años desde que Fernando García de la Cruz, cuñado del poeta José María Gabriel y Galán, fuese elegido alcalde e hijo predilecto de la Villa de Granadilla. Sin saber, en ese 1927, que el nombre de su hermano político significaría la maldición de su pueblo.


Porque en 1955, el Estado expropió el término municipal de Granadilla para que allí descansaran las aguas del nuevo embalse bautizado en honor al poeta salmantino pero hijo de Extremadura a todos los efectos.

Mil años de murallas, de castillos, pero también de casas y balcones, como la Casa de las Conchas o la Casa de la Balconada.




Y también de calles y de bares y de calabozos y de Casas Consistoriales.





Y de casas normales y corrientes. Porque todos esos años, todos esos mil años, eran todas esas vidas.


Con el decreto de expropiación, a los vecinos no les quedó más remedio que marcharse del pueblo, marcharse de su vida. Porque el pueblo ya no era suyo, pero su vida sí lo era.

Algunos se fueron a 60 kilómetros, a Alagón del Río, uno de tantos pueblos de colonización que se construyeron durante el franquismo.


Otros emigraron a los extrarradios de las grandes ciudades. A buscar una nueva vida. Como hicieron muchos otros habitantes de los pueblos inundados por los pantanos. Como hizo mi familia.


Pero Granadilla nunca se inundó. Quizá ya estaba previsto y fue por un exceso de celo o quizá fue un error en las mediciones de las cotas, pero Granadilla nunca se inundó y nunca se inundará por el embalse, porque su altura está *por encima* de la presa.


En 1965, justo un año después de que el último vecino del pueblo lo abandonase, el gobierno de Franco disolvió el pueblo y lo repartió entre Mohedas y Zarza de Granadilla.

Pero Granadilla siguió allí. Abandonada y deteriorándose. Con las carreteras de acceso inundadas, pero siguió allí, como testigo de esos mil años de historia y del dolor de esa expulsión.


