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En 1949, en una tranquila comunidad de Maryland, un niño de 14 años pidió un extraño regalo para su cumpleaños: una ouija. Aquel regalo sería el origen de una obra maestra del terror y de la película más terrorífica de todos los tiempos: El Exorcista. Tira del hilo 🧵👇🏽👇🏽👇🏽

Ronald Edwin Hunkeler era hijo único y solía jugar con los adultos de su casa, principalmente con su tía Harriet, una espiritista que, desde muy pequeño, lo introdujo en el arte de lo oculto como si de un juego más se tratara.


Cuando Roland tenía 14 años, su tía falleció, así que pidió un regalo diferente para su cumpleaños, una ouija, con la que trataría de contactar con ella, pero algo salió mal.


Comenzaron a suceder fenómenos inexplicables: su cama se sacudía y elevaba cuando se acostaba, volaban los objetos, había marcas en el suelo y se escuchaban ruidos terroríficos inexplicables.

Además, su personalidad cambió drásticamente y se volvió agresivo e incontrolable, por lo que la familia buscó en médicos y psicólogos respuestas que no consiguieron encontrar.

Convencidos de que los intentos de Ronald de contactar con su tía habían sido el desencadenante de los fenómenos que estaba experimentando, acudieron a un joven pastor luterano, quien les recomendó acudir a la comunidad católica de Washington.

Finalmente, un sacerdote católico procedió a realizar un exorcismo, entre marzo y mayo de 1949, que concluyó con la liberación completa de Ronald y del que fueron testigos hasta catorce personas.

The Washington Post publicó un artículo en agosto de 1949 que llegó a manos de un estudiante de la Universidad de Georgetown, William Peter Blatty, y que le serviría de inspiración para escribir, en 1971, El Exorcista.


Dos años después, este terrorífico libro sería llevado al cine en una película que se convertiría en una obra maestra del terror y que yo, aún hoy, temo ver.


La identidad de Ronald fue mantenida en secreto, por motivos legales, hasta su muerte en 2020. Su esposa afirmaba que él nunca había creído estar poseído, que rechazaba la religión y que decía que todo había sido una invención: "Simplemente, era un mal chico".

Ronald llevó una vida normal, se convirtió en un notable ingeniero y patentó una tecnología de paneles resistentes a temperaturas extremas para las lanzaderas espaciales de las misiones Apolo de la NASA, donde trabajó durante 40 años, hasta su jubilación.


Pero hay un suceso que nadie ha podido explicar. Poco antes de que Ronald muriera por un derrame cerebral, un sacerdote católico se presentó en su casa para administrarle los últimos sacramentos. Nadie le había llamado…

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