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HITLER Y MOLOTOV En el año 1941, se publicó en los Estados Unidos el libro “Mein Kampf by Adolf Hitler”, comentado por una serie de analistas políticos norteamericanos como el economista Alvin Johnson o el historiador William Langer. En el contenido de este libro y dentro del


capítulo referente al “Lebensraum”, los autores afirmaban que Hitler en la década de 1920 no pretendía un enfrentamiento directo con la Unión Soviética, sino que convencido del colapso inminente del Estado bolchevique, únicamente sugería la participación alemana en un movimiento

contrarrevolucionario ruso, para así, tras la restauración del orden político, obtener el “Espacio Vital” necesario para la supervivencia del pueblo germano. Sin embargo, durante la década de 1930, la Unión Soviética se había convertido en una potencia mundial y se encontraba

lejos de desmoronarse. Esta situación condujo a un cierto entendimiento diplomático germano-soviético con el Pacto de No Agresión en agosto de 1939, pero que al gobierno alemán le parecía insuficiente, por lo que en octubre de 1940, propuso formalmente al régimen bolchevique la

negociación de un acuerdo diplomático a largo plazo, es decir, una alianza formal entre las dos naciones. Con esta finalidad, el comisario de Asuntos Exteriores soviético, Viacheslav Molotov, se presentó en Berlín en noviembre de 1940, dispuesto a escuchar la propuesta germana.

Su homólogo alemán, Joachim von Ribbentrop, le entregó un borrador de acuerdo, donde los cuatro signatarios definían sus zonas territoriales de influencia (Espacio Vital) en el Nuevo Orden mundial y, en el cual, los arios alemanes se reservaban Africa central, los latinos

italianos el noreste de Africa, los yamatos japoneses el sureste de Asia y los eslavos rusos el centro-sur asiático (Afganistán, Irán, Irak, Pakistán, India, etc). No obstante, Molotov ambicionaba aún más y declaró que a la Unión Soviética todavía le preocupaban varios asuntos

europeos, como la situación política de Bulgaria y el control del Bósforo, pero también los destinos de Hungría, Rumania, Yugoslavia y Grecia. Además, los soviéticos también estaban interesados en la cuestión de la neutralidad sueca y en obtener un paso a través del estrecho de

Jutlandia, fuera del mar Báltico. Durante tres largas sesiones, Hitler y Molotov negociaron la posibilidad de un acuerdo definitivo, que excluía a los Estado Unidos de los asuntos europeos, africanos y asiáticos. En dichas sesiones, las negociaciones se enquistaron decisivamente

cuando el comisario soviético exigió solucionar la cuestión finlandesa, pero el Führer se opuso, ya que consideraba que el mantenimiento de la paz en Finlandia era necesaria para evitar una intervención británica, que pusiese en peligro el abastecimiento de madera y níquel a la

industria de guerra alemana. Molotov, también exigió a Alemania que permitiera la presencia militar soviética en Bulgaria, de la misma manera que el ejército germano se encontraba acantonado en Rumanía. Hitler se negó, puesto que el gobierno rumano había solicitado la presencia


del ejército alemán en su país como fuerza disuasoria ante la amenaza soviética, que ya le había arrebatado Bucovina infringiendo el tratado de No Agresión firmado con Alemania, mientras que su homólogo búlgaro no había requerido la presencia de las tropas soviéticas en su

territorio. Además, el dignatario ruso consideraba irrenunciable el establecimiento de bases militares soviéticas en la región otomana del Bósforo, cuestión a la que el líder germano también se opuso, para evitar que el gobierno turco, al considerar violada su neutralidad,

abriera sus fronteras a las tropas británicas de Oriente Medio. A Hitler, las pretensiones soviéticas le parecían exageradas e inaceptables y consideraba que el régimen bolchevique deseaba rodearle, tomándose las demandas comunistas como una amenaza. Hitler alentó a Molotov a

mirar hacia el golfo Pérsico y el océano Indico, pero a éste le parecían unos objetivos insuficientes como para satisfacer las ambiciones territoriales soviéticas y se mantuvo firme, tratando de obtener la anexión de Finlandia, Bulgaria y el Bósforo. Hitler irritado comentó a sus

principales jefes militares, que Stalin cada vez le exigía más y que era un chantajista de sangre fría. El fracaso de estas negociaciones provocó que el régimen nacionalsocialista considerase que un entendimiento diplomático con los bolcheviques era imposible y

decidiese, un mes después, la elaboración de un plan de invasión de la Unión Soviética, para realizar un ataque preventivo antes de que lo ejecutase Stalin. Bibliografía: “Historia de la Segunda Guerra Mundial” de Ediciones Salvat.
