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En 1930, la sede de Bell en Indianapolis fue girada 90 grados. Un edificio de 8 PLANTAS y 11.000 TONELADAS. Y se hizo sin cortar el agua ni la luz ni el teléfono, Y CON LOS EMPLEADOS TRABAJANDO DENTRO. Pero, ¿cómo lo hicieron? Veámoslo en #LaBrasaTorrijos de hoy (redux). 🧵⤵️

(Se recomienda la lectura del episodio de hoy acompañada de la siguiente banda sonora). <a target="_blank" href="https://open.spotify.com/track/4OkD0WYpUTu8eJcDDVJERl" color="blue">open.spotify.com/track/4OkD0WYp…</a>

Hay una frase que se atribuye a Ray Bradbury, aunque quizá sea de Kurt Vonnegut, que dice que “La creatividad consiste en estar saltando constantemente desde acantilados y desarrollar alas según caemos”. Es una frase preciosa que define el mismo sentido de la maravilla.

Si la frase es de Bradbury, parece acogerse con naturalidad al oleaje poético característico del autor de “Crónicas Marcianas”. En cambio, si fue Vonnegut, estoy casi seguro de que, para formularla, se basó en un monumental evento del que fue testigo cuando era niño.

En 1929, la Compañía Telefónica Bell de Indiana compró a la Central Union Telephone Company el edificio de su sede en la esquina de la calle West New York con Meridian, en el centro de Indianápolis. Este de aquí.


En vista de cada vez más gente tenía teléfono en la ciudad, la Bell se propuso construir allí un nuevo edificio mucho mayor al que acababa de comprar. Inicialmente pensaron en demoler el antiguo, pero había un problema grave: dejarían a toda esa gente sin teléfono durante meses.

Por ese edificio pasaban centralitas, nodos, cableados. Todo lo que una ciudad de más de 350.000 habitantes requería. No, lo de derribar el viejo edificio no era una opción.

En vista de que la cosa parecía irresoluble, la Bell consultó al arquitecto del nuevo edificio, un señor de ascendencia alemana llamado Kurt Vonnegut, que a su vez era hijo del arquitecto del antiguo edificio, otro señor de, ejem, la misma ascendencia llamado Bernard Vonnegut.



Kurt Vonnegut sugirió que, en lugar de derribar la obra de su señor padre, sencillamente, la movieran. Sí. Eso. Que la Bell moviese un edificio de acero y ladrillo de ocho plantas y 11.000 toneladas. Concretamente, que lo girasen para dejar sitio a su nuevo edificio.

Ante la flipada que suponía la propuesta, la gente de la Bell le dijo: ¿Pero es que se ha vuelto usted loco, señor Vonnegut? ¿Es que se ha tomado usted el Desayuno de los Campeones? ¿Acaso nos quiere llevar al Matadero 5? (guiño, guiño, guiño, soy tontísimo, colegas)

El caso es que Vonnegut le dijo que todo iba a salir bien. —Pero ¿qué pasa con la estructura? ¿Y con los cimientos?— le dijeron...

Pues en realidad, con la estructura no va a pasar nada. Un edificio de ladrillo y estructura de acero es perfectamente rígido per se. Si se hace con cuidado, moverlo no va a suponer ningún problema.


¿Y con los cimientos? ¡Que eso está clavado al suelo! Pues no, una cimentación no significa que un edificio esté clavado. Una cimentación solo es un medio para transmitir las cargas de un edificio al suelo. En edificios muy ligeros, entendemos perfectamente que no está clavado.


Y cuando el edificio es pesado, como el suelo normalmente tiene mucha menor resistencia que la estructura, pues la cimentación lo que hace es "repartir" la carga. De algún modo, una cimentación es una especie de suelo artificial sobre el que luego apoyar el edificio.


—De acuerdo, señor Vonnegut. Entonces, ¿qué vamos a hacer? —Pues vamos a levantar el edificio 3 metros encima de una superestructura y después lo vamos a mover 15 metros hacia el sur, para luego rotarlo en ángulo recto y finalmente volver a trasladarlo otros 30 metros al oeste.

Y lo hicieron.

La cosa no fue tan sencilla, claro. Lo primero que hicieron fue levantar la mole de 11.000 toneladas, empresa que se llevó a cabo sobre todo con con gatos manuales, si bien contaron con una máquina de vapor como apoyo.


Una vez la mole se colocó a unos 3 metros sobre su altura original, los trabajadores montaron bajo ella una alfombra de hormigón, sobre la que colocaron un emparrillado de troncos en el que apoyaría provisionalmente el edificio.


Cada tronco de abeto soportaba unas 75 toneladas y se empujaban con rodillos hidráulicos de acción manual, a razón de 38 centímetros al día. La presión era tan descomunal que se necesitaban 20 segundos para dar una vuelta a la manija y que la cosa avanzara unos milímetros.


El proceso duró 34 días en total y fue precisamente esa velocidad tan delicada la que permitió que todos los empleados de la Bell permanecieran en sus puestos de trabajo sin que apenas notasen una pequeña vibración.