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Para muchos, el Chrysler es el rascacielos más bonito del mundo. Pero ¿sabíais que está decorado como un coche? ¿Y que ganó una carrera? Y la ganó EN EL ÚLTIMO MOMENTO y gracias a una maniobra secreta. En #LaBrasaTorrijos de hoy, la carrera que cambió Manhattan. 🧵⤵️




(Se recomienda la lectura del episodio de hoy acompañada de la siguiente banda sonora) <a target="_blank" href="https://open.spotify.com/track/6s3FV8AtG11YvFx8O6aqOH?si=70901dde4f2f4383" color="blue">open.spotify.com/track/6s3FV8At…</a>

El 23 de octubre de 1929, el Chrysler Building coronó su estructura. Debía ser un momento de celebración pero allí no había ningún periodista para inmortalizarlo. La carrera por ser el edificio más alto del mundo llegaba a su fin y, aparentemente, el Chrysler había fracasado.


"The Race into the Sky", que es como la llamaba la prensa, había durado ocho meses pero, de facto, había comenzado mucho antes. Había comenzado en 1924, cuando Architectural Review publicó un artículo glosando las virtudes de un edificio en Broadway: el Albermale.

El artículo ponía por las nubes tanto al edificio como a su arquitecto, William Van Alen (iz.), obviando que Van Alen no era el único responsable del diseño, sino que lo había hecho en colaboración con su socio, H. Craig Severance (dr.)



La relación entre ambos ya llevaba un tiempo deteriorándose, pero lo de que le ningunearan abiertamente y por escrito cabreó bastante a Severance, lo cual provocó que el estudio se disolviese y los dos arquitectos se separasen con bastante mal rollo entre los dos.

Aunque era el menos creativo y el que tenía menos talento, Severance era el que buscaba los clientes, así que Van Alen estuvo bastante tiempo sobreviviendo como pudo. Hasta que, en 1927, recibió la llamada de un hombre que le cambiaría la vida: William H. Reynolds.


Aparte de exsenador por el estado de Nueva York, Reynolds era promotor inmobiliario y había comprado un solar en la esquina de la 42 con Lexington. Quería construir un gran edificio para estimular el Midtown y, para ello, contrató a Van Alen.

A petición de Reynolds, los primeros diseños de Van Alen contemplaban un edificio de 40 plantas, lo suficiente como para atraer las miradas desde el bajo Manhattan, donde estaban los edificios más altos de la ciudad, hacia el Midtown.

Sin embargo, según fue avanzando el proceso, el proyecto fue aumentando en altura. Para febrero de 1928, el futuro Reynolds Building había crecido hasta las 54 plantas.


Pero como justo al lado habían comenzado las obras del Chanin Building (iz.), que iba a tener 56 plantas, Reynolds le dijo a Van Alen que de eso nada, que había que subir el rascacielos mucho más. El diseño final, aprobado en junio del 28, medía 246 metros y tenía 67 plantas.



Y aunque era un diseño algo más conservador que el inicial, con esos 246 metros superaría al Woolworth, que con 241, ostentaba el récord de altura. Cuando comenzaron las obras en septiembre del 28, el Reynolds iba a convertirse en el edificio más alto del mundo.

Sin embargo, al poco de comenzar la construcción, Reynolds se dio cuenta de que no tenía suficiente dinero para financiar semejante obra, así que se lo vendió todo: solar, obras y arquitecto a Walter Percy Chrysler, el propietario de la tercera compañía automovilística del país.


A partir de ese momento, el edificio se llamaría Chrysler Building, y cambiaría la historia para siempre.



Y la cambiaría porque Chrysler no solo tenía dinero (tenía tanto que pagó el edificio literalmente DE SU BOLSILLO), sino que era un hombre que creía firmemente en el futuro, así que dio rienda suelta al espíritu creativo de Van Alen.

Y Van Alen respondió construyendo el rascacielos más bonito, y más avanzado, del mundo.



Con el apoyo de Chrysler, Van Alen elevó el edificio una planta más, hasta los 250 metros, y cambió la cubierta por esa corona telescópica de acero inoxidable que se convertiría en símbolo del edificio. Y de toda Nueva York.



Pero, además, honrando al origen automovilístico del promotor, Van Alen diseñó una serie de ornamentos DIRECTAMENTE relacionados con el mundo del motor. Como esos guardabarros y tapacubos de ladrillo y acero inoxidable de la planta 31 (en serio).


O las gárgolas de esa misma planta, que son virtualmente idénticas a la figura del capó de un Chrysler Plymouth de 1929.



Pero en 1929, cuando las obras iban ya avanzadas, apareció un nuevo jugador en el tablero: el banquero George Ohrstrom presentó el proyecto de un nuevo rascacielos en el 40 de Wall St. Y su arquitecto iba a ser H. Craig Severance, el antiguo socio y actual enemigo de Van Alen.