«YO, CLAUDIO»
Creo que la mejor serie histórica de televisión, pese a su sencillez técnica, ha sido «Yo, Claudio», basada en la novela homónima de Robert Graves. Dicha producción nos ayuda a entender la historia de Roma, pese a algunas «licencias». Sin embargo, bajo mi punto de vista, lo más importante es que, en su estilo a veces shakesperiano, nos permite conocer mejor la psicologÃa del hombre en sus luces y sus sombras, con sus virtudes y sobre todo sus vicios.
Al respecto, mi personaje favorito es, sin duda alguna, Livia Drusila, esposa del emperador Augusto y abuela de Claudio. Con su despiadada maldad, incomparable astucia y falta de escrúpulos, ella se convierte en el «alma» de la tragedia. Sin embargo, en Claudio encuentro algunas sentencias muy estimulantes; especialmente quiero subrayar el criterio que nos ofrece para solucionar la «corrupción estructural». Según repite en varias ocasiones, mientras finge ser un necio para sobrevivir en ese nido de vÃboras del Palacio Imperial, es de vital importancia que toda la «ponzoña» que acecha en el «fango» salga a la superficie.
Tomemos buena nota de este criterio y meditémoslo bien. Los crÃmenes y «vicios ocultos» son los que corrompen, en sus más profundos fundamentos, las sociedades y sus estructuras, bien sean éstas civiles o eclesiásticas. Por lo tanto, es menester que dejen de ser «ocultos» para la conveniente purificación y reforma. De todas maneras, como enseña el Señor, «nada hay oculto que no deba ser manifestado, ni nada secreto que no deba ser conocido y sacado a la luz» (Lc 8,17).
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