¿AMOR A LA CRUZ?
Huyan ustedes de los supuestos catolicismos «publicitados» que nos presentan exclusivamente la gloria de la resurrección de Cristo, negligiendo el amor a la cruz. Esta «adaptación», hecha principalmente para captar jóvenes y no tan jóvenes, esclavos del hedonismo, ofreciéndoles frívolamente el gozo sensible de artificiosas «experiencias religiosas», buscando el estado interior de sentirse bien con uno mismo, mediante un cálido ambiente religioso, a la vez que musical y festivo, no deja de ser una grave «deformación» de nuestra fe y de la mística cristiana.
La cruz, en realidad, es algo esencial y no accidental en la vida del cristiano. Posiblemente estamos demasiado acostumbrados a mirar un crucifijo, pero si, en vez de mirar la cruz con los ojos corporales, la contemplamos con los ojos del alma, nos percataremos del «tremendum» que supuso el Calvario y de la gravedad de la «exigencia» del Señor dirigida a nosotros: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16, 24).
En efecto, aquí no se trata de una «cruz material», pero sí de una «cruz moral». Decían los latinos, «per crucem ad lucem», o sea, «hacia la luz a través de la cruz»; no hay otro camino; he aquí la «esencia del cristianismo». Como podemos leer en la «Imitación de Cristo», en la cruz está la salud y la vida, pero también la defensa contra los enemigos. En este sentido, pues, la cruz se presenta como una especie de «arma espiritual», sin la cual la derrota del «combate místico» está asegurada.
Al respecto, no hace falta que busquemos ninguna cruz ajena a nuestra vida; el Señor nos dice que tomemos «la nuestra». Existe, de hecho, una «providencia de cruces»; Dios nos envía una a cada uno según nuestra capacidad, dado que Él no nos ofrece ninguna prueba que no podamos superar con la ayuda de su gracia. Esto conviene tenerlo en su debida cuenta a fin de no caer en la desesperanza y poder, así, soportar con paciencia y constancia los sufrimientos anejos a la presente existencia terrenal.
Por otro lado, conviene tener muy claro que el hecho de tomar la cruz «preexige» la «negación» de uno mismo, puesto que, por tendencia natural, el hombre huye de la cruz, como de cualquier sufrimiento. Por lo tanto, el seguimiento de Cristo es un «seguimiento crucificado», lo cual conlleva una suerte de «violencia» contra uno mismo, esto es, la «negación» de nuestra voluntad, la cual debe conformarse a la voluntad divina. Dios no nos engaña ni puede engañarnos: Él no nos libra de la cruz, sino que nos la proporciona, aunque dándonos también los auxilios debidos para que podamos soportar su peso, pues ella es la «escalera» que nos permite alcanzar el Cielo.
En definitiva, no se trata solamente de «tomar» la cruz, sino también de «abrazarla» y «amarla», pues, por medio de ella, se ve acrecentado nuestro amor, en el cual, por cierto, como bien dice san Juan de la Cruz, seremos juzgados al atardecer de nuestras vidas. Ciertamente, tenía toda la razón Salvaneschi cuando sentenciaba que «solamente el peso de la cruz mide nuestra verdadera grandeza».
Dr. Mn. Jaime Mercant Simó
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Imagen ilustrativa: «Cristo abrazado a la cruz» (El Greco, 1590).

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