La Reserva Federal de Estados Unidos nació el 23 de diciembre de 1913, presentada como un mecanismo técnico destinado a “estabilizar” el sistema financiero tras sucesivas crisis bancarias. En la práctica, supuso un cambio estructural de poder: la creación de un banco central de naturaleza privada, con funciones públicas, capaz de emitir moneda y condicionar la política económica sin un control democrático directo.
Su aprobación se produjo en plenas fechas navideñas, con el Congreso prácticamente vacío, y fue firmada por el presidente Woodrow Wilson tras años de presión sostenida del gran capital financiero.
Desde entonces, la Fed no actúa en función del interés general, sino conforme a los intereses de un entramado de bancos privados que fija el precio del dinero, regula el crédito y determina, en última instancia, el ritmo de la economía real. Cada crisis posterior ha reforzado su posición: rescates financieros, expansión monetaria y endeudamiento estructural de los Estados.
La Reserva Federal no es un simple regulador; es el núcleo de un sistema en el que la soberanía monetaria quedó en manos de una élite financiera. Comprender su origen permite entender por qué hoy la deuda gobierna a las naciones y el coste recae, de forma sistemática, sobre el ciudadano.

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