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Mn. Jaime Mercant Simó
@JaimeMercant
EL MUNDO NO ES ETERNO NI PUEDE SERLO

Pese al título de este post, la respuesta correcta a la encuesta planteada hace unos días es la siguiente:

Sí, en virtud de su omnipotencia, Dios podría haber creado un mundo que hubiera existido siempre, perpetuo, sin principio temporal.

Fíjense bien ustedes que, dejando claro de antemano que la Revelación nos enseña que el mundo fue creado con un principio temporal (Gn 1, 1), en ningún momento, pregunté si, hipotéticamente hablando, hubiera sido posible, por parte de Dios, la creación de un mundo eterno; esto lo han dado por supuesto algunos comentaristas, y, por este motivo, la mayoría respondieron que no era posible la creación de un mundo perpetuo ―confundiéndolo con uno eterno―, porque esto parecía que entraba en contradicción con la esencial eternidad de Dios. Explicaré mi postura, que se basa en la lectura que hago yo de santo Tomás de Aquino, señalando un matiz semántico que curiosamente muchos estudiosos pasan por alto.

En primer lugar, debemos determinar qué entendemos exactamente por eternidad. Este término es equívoco; comúnmente se entiende la eternidad como una suerte de duración infinita, sin principio ni fin, pero muchas veces olvidando que, en ella, tampoco debe haber sucesión; dicho olvido provoca graves errores argumentativos. Por ejemplo, si, en un mismo discurso, empleamos el término eternidad para referirnos a algo creado con una duración temporal infinita, pero, a la vez, también lo utilizamos para referirnos a uno de los atributos del ser de Dios, entonces erraremos en nuestras conclusiones, porque un mundo con existencia perpetua, sin principio ni fin, tiene, sin embargo, sucesión temporal y, por lo tanto, no puede decirse que sea, propiamente hablando, eterno. El Diccionario de la RAE es más preciso en su definición de eternidad: «Perpetuidad sin principio, sucesión ni fin».

Sin embargo, a nivel metafísico, esta definición del Diccionario es del todo insuficiente. Santo Tomás de Aquino es más convincente, porque, ante la presente cuestión, adopta una noción profundamente metafísica. Normalmente, suele caerse en la confusión conceptual respecto de la propia eternidad de Dios, la cual es equiparada a una duración infinita de carácter cuantitativo y dinámico, mas no metafísico y esencial. Por el contrario, para el santo Doctor, la eternidad no es una duratio, ya que ésta implica una distensión; la eternidad, más bien, es una possessio. Para Tomás, Dios no sólo es eterno, sino que es su propia eternidad; ésta es, metafísicamente hablando, su propio ser y su propia esencia. Santo Tomás asume de Boecio la definición metafísica de eternidad, como «la posesión total, simultanea y perfecta de una vida interminable» (interminabilis vitae tota simul et perfecta possessio). No se puede decir que esta definición sea del todo original de este autor romano, sino que Plotino ya entendió la eternidad como una vida total, simultánea, plena e inextensa. En este mismo sentido, para Tomás, la eternidad de Dios es una perfecta y total autoposesión de sí mismo, del propio ser de una vida también perfecta, o sea, puramente espiritual, sin potencialidad alguna y con una perfecta autosuficiencia o autodependencia metafísica.

Así pues, resulta imposible que, en este tipo de vida divina, se dé tiempo alguno, bien sea éste finito o infinito en duración y tiempo. Santo Tomás, al concebir la eternidad de este modo, está demostrando que, para él, dicha eternidad no solamente carece de principio y de fin, sino que también no hay en ella sucesión alguna; es una vida simultánea. La eternidad es una especie de ahora permanente (nunc stans), que difiere del ahora que fluye (nunc fluens) que encontramos en el mundo, entendiendo por mundo la totalidad de los entes creados. La eternidad implica, pues, una ausencia absoluta de sucesión temporal, lo cual está fundamentado en el propio ser de Dios, habida cuenta de que la eternidad de Dios deriva necesariamente de otro atributo divino, a saber, su inmutabilidad, que expresa, no sólo la ausencia de movimiento o cambio, sino, sobre todo, el hecho de que Él es acto puro, absolutamente simple e infinito, o sea, que comprende, en sí mismo, toda la plenitud y perfección de su propio ser.

Por esta razón, creo que santo Tomás de Aquino, especialmente en su opúsculo De aeternitate mundi, es semánticamente muy cuidadoso; reserva los términos aeternitas mundi, aeternus o coeternus para explicar las posiciones de sus adversarios, pero, para explicar su propia tesis, él siempre prefiere emplear expresiones del tipo «un mundo que siempre ha existido», o sempiterno, o perpetuo, o creado desde la eternidad (ab aeterno), pero sin concluir que, entitativamente hablando, sea eterno.

Así pues, precisando el vocabulario, no podemos decir que Tomás hable de la posibilidad de un mundo eterno ―reservando prioritariamente para Dios el término eternidad―, sino de la hipótesis de un posible mundo sin principio, perpetuo o siempre existente, lo cual, de ser así, no afectaría ni al ser de Dios ni a la naturaleza temporal y contingente de la realidad creada.

Para Tomás, la cuestión principal consiste en averiguar si existe una repugnancia de la inteligencia (repugnantia intellectuum) o de conceptos a la hora de considerar la ecuación creación-sempiternidad, o mejor dicho, la compatibilidad racional y lógica entre la creación según toda la substancia y la ausencia de principio temporal.

Todo ser creado tiene un carácter pasivo; simplemente significa que no tiene el ser por sí mismo (non a se ipso), sino por otro (esse ab alio), o sea, por Dios, y, por ende, esto no impediría que ningún ens ab alio pueda existir siempre, con una duración temporal infinita. Un hipotético mundo perpetuo no dejaría de tener una radical indigencia metafísica; no sólo necesitaría que Dios le diera el ser, sino que también lo conservara en el ser; la sempiternidad no le libraría, pues, de dicha indigencia ontológica, ni, mucho menos, lo equipararía substancialmente con Dios, porque, de hecho, dicha sempiternidad también dependería ontológicamente de Dios.

Dios, siendo eterno, se autoposee plena y totalmente en su propio ser subsistente. En cambio, un mundo creado, aunque tuviera una duración temporal infinita, no dejaría de necesitar el sostenimiento metafísico de Dios. Además, como he dicho, en un mundo perpetuo, es cierto que no habría principio ni fin temporales, pero seguiría habiendo sucesión temporal, debido a que la totalidad de los entes que constituirían dicho mundo seguirían estando realmente compuestos de potencia y acto. En el mundo, independientemente de que éste sea temporalmente finito o infinito, hay movimiento o cambio, porque continuamente hay devenir, dándose, en todos los entes, el paso de la potencia al acto, que es lo que define el propio movimiento. El tiempo, de hecho, no es otra cosa que la medida del paso de la potencia al acto, según un antes y un después.

Alguien podría objetar que, si el mundo fuese perpetuo, sería imposible su creación, puesto que Dios debería precederle temporalmente. Ciertamente, Dios es antes que todas las cosas, pero esta anterioridad no debemos entenderla temporalmente, porque Dios no sólo está fuera del tiempo ―recordemos que el tiempo también es una creatura―, sino que lo trasciende. En el caso hipotético de un mundo con duración temporal infinita, no podríamos hablar de ningún modo de un mundo coeterno con Dios. Es más, la relación que tiene Dios con el tiempo creado surge de su propia inmanencia eterna; Dios contempla, en sí mismo, todos los momentos temporales del pasado, presente y futuro, desde una mirada simultanea, total y eterna, como el eje fijo de una rueda que, mediante sus radios, está presente, a la vez, en cada uno de los puntos de la circunferencia.

También es muy común que haya gente que apele a la teoría del Big Bang para demostrar científicamente que el mundo fue creado y tuvo un comienzo. Sin embargo, considero que esta hipótesis científica, aunque hoy se considere válida, no aporta absolutamente nada a una cuestión puramente teológica, que sólo puede explicarse racionalmente desde la metafísica. Antes de la supuesta explosión del Big Bang, existiría el universo concentrado en toda su extraordinaria densidad. Por el contrario, el acto creador consiste en el paso del no ser al ser, y esto no nos lo enseñan ni nos lo pueden enseñar la física o la astrofísica, sobre todo si tenemos bien en cuenta que el primer principio de la termodinámica (de la conservación de la energía) rechaza totalmente la posibilidad de la creación: «la materia no se crea ni se destruye, simplemente se transforma». Asimismo, podría decirse que el tiempo, tal como lo conocemos, se formaría y desplegaría a partir de la antedicha explosión, cierto. Sin embargo, en este caso, la temporalidad estaría virtualmente contenida en el primigenio universo concentrado, puesto que el tiempo siempre está vinculado a la potencialidad.

Por otra parte, mediante la fe, sabemos que el mundo ha sido creado no sólo ex nihilo, sino también temporalmente post nihilum, pero esto no puede demostrarse racionalmente al margen del dato revelado, aunque, para la mayoría de creyentes, sea inconcebible una creación que no se haya producido en el tiempo, o mejor dicho, con el tiempo —san Agustín prefería esta expresión, ya que antes de la creación no existía—.

Dicho de otro modo, en general sólo se entiende que el esse creado se dé temporalmente después de la nada. Sin embargo, santo Tomás evita substancializar la nada y entiende el ex nihilo por medio de una metafísica más refinada. Al respecto, Tomás no descarta el post nihilum. O sea, según enseña, hay un orden entre el no ser y el ser; el primero precede al segundo, cierto. En este sentido, hay un post nihilum, pero primeramente debe entenderse en el orden de la naturaleza, no en el de la duración. Para santo Tomás, el ex nihilo quiere decir también non ex aliquo, o sea, una creación de la nada equivale a una creación no surgida de algo preexistente. Así pues, cuando decimos que el no ser precede al ser, especialmente debemos entenderlo no con una prioridad temporal o de duración, sino con prioridad de naturaleza. Es verdad que también podría comprenderse la creación ex nihilo correspondiente a un post nihilum temporal, pero esto, según el Angélico Doctor, no puede demostrarse únicamente a partir de la luz natural de la razón; sólo puede suponerse por la fe (per fidem supponitur).

Por consiguiente, en el caso hipotético de una creación de un mundo sempiterno, no se estaría negando el ex nihilo. Un mundo con duración infinita también estaría creado también ex nihilo, porque esta expresión significa fundamentalmente que la creatura tiene una naturaleza tal que, si dejase de estar conservada en el ser por Dios, su causa creadora, quedaría abandonada metafísicamente a sí misma (sibi relinqueretur), y, consiguientemente, quedaría reducida a la nada.

Dicho todo esto, debemos preguntarnos qué pretende santo Tomás con esta cuestión. Primeramente, quiere remarcar que la creación del mundo con un principio temporal es un artículo de fe que únicamente podemos conocer por la divina revelación. Por la sola luz natural de la razón, el hombre únicamente puede llegar a aceptar la posibilidad de un mundo creado con principio temporal, pero también la posibilidad de un mundo perpetuo, es decir, de un mundo que siempre haya existido, pues esto no entraría en contradicción con el concepto de eternidad ni repugnaría a la razón ni, por lo tanto, a la omnipotencia divina.

La omnipotencia está subyacente en toda esta cuestión, porque sólo a partir de ella puede comprenderse el acto creador. Dios es omnipotente en todas aquellas cosas que no implican contradicción y en aquellas cosas que son realmente posibles. Por ejemplo, Dios no puede hacer que un triángulo sea, a la vez, un cuadrilátero, puesto que ambos términos se niegan recíprocamente. Sin embargo, Dios sí que hubiera podido crear un mundo con una duración perpetua, porque ésta no entraría en contradicción con la eternidad divina que la trasciende, ni tampoco el mundo dejaría de tener, en este caso, el estatuto ontológico de ser creado ex nihilo, ni dejaría de depender metafísicamente del ser de Dios.

En todo caso, la incapacidad racional del hombre estriba no en admitir ambas posibilidades, sino en la demostrabilidad de las mismas. La demostración racional de un mundo que siempre ha existido es propia de los paganos que pretenden afirmar la independencia ontológica del mundo respecto de Dios, lo cual supone una aberración. Sin embargo, una demostración únicamente racional de un mundo creado con un principio temporal, además de imposible, sería contraproducente para la evangelización de los pueblos. Para ilustrar dicha limitación racional, el Aquinatense compara la verdad de la creación en el tiempo con el dogma de la Santísima Trinidad; su existencia tampoco puede demostrarse con la sola luz natural de la razón; sólo la fe nos enseña que existe, porque así Dios nos lo ha revelado. Al respecto, el criterio prudencial de Tomás, respecto de los no creyentes, es digno de tener en consideración:

«Es útil que se tenga esto presente a fin de que, presumiendo de poder demostrar las cosas que son de fe, alguien presente argumentos no necesarios y que provoquen risa en los no creyentes, pues podrían pensar que son razones por las que nosotros aceptamos las cosas que son de fe».

Dicho de otro modo, si pretendemos afirmar, desde la sola razón y apodícticamente, una verdad de fe que sólo puede conocerse por revelación, los no creyentes podrían no tomarnos en serio y hacer una enmienda a la totalidad a todo el cuerpo doctrinal cristiano.
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Imagen ilustrativa: Cosmología de Gautier de Metz (siglo XIII).
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Mn. Jaime Mercant Simó
@JaimeMercant
@NoSoyUnBot_Hijo Sí, Dios lo podría haber creado. Más difícil de entender es la Trinidad.
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