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Mn. Jaime Mercant Simó
@JaimeMercant
Karl Marx, pese a ser un demagogo desquiciado y un monstruo degenerado, tuvo más de un momento lúcido en el desarrollo de su análisis político. Al respecto, vale la pena tener en cuenta su visión del aparato del Estado, al cual considera una "excrecencia parasitaria" y un "aborto sobrenatural de la sociedad".

Para Marx, el Estado es un parásito gigantesco, siempre al servicio de la oligarquía. Dicho parásito estatal, mediante su burocracia, su policía o su magistratura, como si fuese una suerte de "boa constrictor", aprisiona despiadadamente al conjunto del cuerpo social.

Marx aquí, en este aspecto particular, no se equivoca, aunque sus principios y conclusiones sean erróneos e incluso perversos.

Efectivamente, yo creo que el Estado Leviatán es sólo una estructura de poder, pero que el imaginario colectivo identifica con la totalidad de la república (respublica) o comunidad política natural. En este sentido, el Estado contemporáneo no sólo va en contra del orden natural, sino que también atenta en contra del orden sobrenatural, puesto que pretende reemplazar la autoridad de Dios, anulando, a la vez, cualquier tipo de autoridad natural y moral, como la que pertenece a la familia. Fíjense que, en este punto, no estoy diciendo que el mal se encuentre únicamente en la partitocracia, sino en el Estado mismo, porque los partidos políticos, bien sean de izquierdas o de derechas, participan todos, en mayor o menor grado, de la estatal "estructura de pecado".

El día que los católicos veamos al Estado demagogo y tiránico, con su Constitución y su dinámica sofístico-democrática, como el problema y no como la solución, estaremos en mejores condiciones de arrojar luz a este mundo, repleto de masas aborregadas y cretinizadas.

La solución política no es la marxista ni la socialista, pero tampoco la liberal ni la libertaria, sino la católica, a saber, abogar por una constitución o conformación natural, orgánica y cristiana de las comunidades políticas o sociales.

Lo que aquí sostengo no es ninguna utopía; se ha dado ya en la historia. Ahora bien, será imposible realizarlo mediante el actual sistema democrático, instrumento del poder hipertrofiado del Estado, puesto que la democracia es intrínsecamente perversa. Un partido cristiano está condenado a dejar de ser cristiano, porque, al aceptar las "reglas democráticas" del Estado ateo e inmoral, está permitiendo su contaminación y la corrupción de sus principios, adoptando, casi sin percatarse, el "lenguaje degenerado" de las deformadas y nihilistas categorías políticas contemporáneas.

No seamos reduccionistas. La "acción política" no tiene por qué ser necesariamente partidista. Ejerzamos dicha actividad librando primera y fundamentalmente una batalla de las ideas y por la verdad. Si la sociedad fuera asumiendo gradualmente un pensamiento político católico y tradicional, el sistema del Leviatán terminaría colapsando.

Los cristianos de los primeros siglos, por ejemplo, consiguieron que todo el Imperio romano se convirtiese en cristiano por la predicación y el testimonio de los fieles, especialmente de los mártires. Paulatinamente, el Evangelio se introdujo en todas las capas de la sociedad. De un modo similar deberíamos actuar nosotros en nuestra época neopagana. Ahora bien, creo que, para conseguir dicho fin, sería del todo imprescindible que la Iglesia jerárquica dejara de apelar, por ejemplo, al diálogo, a los valores democráticos, a la sana laicidad, a los derechos humanos y a la ideologizada fraternidad universal, y empezase por recordar a la gente que, ante todo, existe una verdad única y absoluta, fuera de la cual no hay salvación.
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