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Iván Fernández Amil
@ivanfamil
Durante siglos se pensó que era solo una leyenda: que bajo el altar mayor de la basílica de San Pedro descansaban los restos del apóstol sobre el que Jesús fundó su iglesia. Hasta que un día, empezaron a excavar.

Y esto fue lo que encontraron.

Tira del hilo 🧵👇👇👇
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Iván Fernández Amil
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Según la tradición cristiana, el apóstol Pedro fue crucificado en Roma, boca abajo, en tiempos de Nerón, y su cuerpo fue enterrado en una necrópolis situada en la colina del Vaticano, cerca del circo donde lo ejecutaron.
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En el siglo IV, el emperador Constantino, primer gobernante cristiano del Imperio romano, ordenó construir una gran basílica sobre aquel lugar sagrado, y para ello niveló el terreno, destruyó parte de la necrópolis y erigió un altar justo sobre la tumba.
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Pero después vinieron siglos de guerras, reformas, ampliaciones y reconstrucciones. La basílica constantiniana fue demolida en el Renacimiento y reemplazada por la actual, y con el tiempo, la tumba quedó sepultada bajo capas de mármol, tierra y olvido.
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Durante más de 1.500 años, nadie volvió a verla. Se hablaba de ella, se rezaba sobre ella, se veneraba el lugar, pero nadie la había excavado, ni estudiado, ni confirmado. Era una tumba sagrada, pero invisible e ignorada
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Iván Fernández Amil
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Su descubrimiento comenzó en secreto, en plena Segunda Guerra Mundial, cuando en 1939, aprovechando una restauración, el papa Pío XII autorizó a un equipo de arqueólogos a explorar bajo el altar mayor de la basílica vaticana para comprobar si la leyenda era cierta.
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Los primeros hallazgos fueron sorprendentes: apareció una gran necrópolis romana, con tumbas paganas y cristianas, frescos, mausoleos y restos humanos. Durante siglos, nadie había visto aquello, sepultado bajo capas de historia
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La emoción creció cuando, justo bajo el altar papal, encontraron una tumba diferente a las demás. Era muy simple, pero claramente venerada, protegida por un muro de ladrillos cubierto de grafitis antiguos con inscripciones como “Petros eni” ("Pedro está aquí").
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Durante años, el equipo trabajó en secreto, desenterrando con cautela y documentando cada fragmento. Se sentían más detectives que arqueólogos, buscando pistas en grafitis, trozos de yeso y restos óseos que aparecían lentamente bajo la tierra vaticana.
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La tumba parecía coincidir exactamente con el lugar donde, según las crónicas del siglo II, se había enterrado al apóstol Pedro tras su crucifixión boca abajo, víctima de la persecución ordenada por el emperador Nerón alrededor del año 64 después de Cristo.
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En los años 50, se reveló públicamente el descubrimiento, aunque con dudas sobre la identidad exacta de los restos. Algunos escépticos decían que la tumba podía ser de cualquier mártir, y la polémica creció aún más, ya que nadie podía asegurar nada.
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Pero todo cambió cuando la arqueóloga Margherita Guarducci estudió nuevamente la tumba en 1953 y encontró una caja con huesos humanos y restos de tela púrpura, señal de una persona muy venerada. Margherita hizo dataciones y análisis y anunció una conclusión increíble:
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Los restos eran de un hombre robusto, de unos 60 años, exactamente la edad que tendría Pedro. Además, faltaban los huesos de los pies, algo coherente con una crucifixión, ya que al bajarlo de la cruz los pies podrían haber sido cortados para facilitar su entierro.
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Iván Fernández Amil
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En 1968, el papa Pablo VI confirmó públicamente lo que parecía increíble: aquellos restos eran con gran probabilidad los del apóstol San Pedro. Aquel era el lugar exacto sobre el que Jesús había dicho que edificaría su iglesia. Lo habían encontrado.
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El Vaticano nunca habló de certeza absoluta, pero desde entonces millones de peregrinos visitan la tumba bajo la basílica, un lugar que pasó de ser leyenda a historia, de mito a realidad arqueológica, después de casi dos mil años de dudas.
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Iván Fernández Amil
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Hoy, cuando el nuevo Papa celebre misa sobre ese altar mayor, lo hará, literalmente, sobre la tumba del primer líder de la Iglesia. San Pedro, la roca original, descansa exactamente donde siempre se dijo que estaba. O eso es lo que algunos creen...
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Iván Fernández Amil
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