En un pueblecito alavés se levanta la obra más compleja y más singular de Frank Gehry.
Un prodigio constructivo que vuela literalmente sobre mil barricas de vino QUE NO PUEDE NI ROZAR.
En #LaBrasaTorrijos, powered by @ferrovial_es, el hotel Marqués de Riscal.
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Se recomienda complementar el hilo de hoy con este episodio del podcast "Sonidos de Infraestructuras", que está fenomenal (y además salgo yo 😎)
open.spotify.com/episode/0FTnjk…
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Dicen que cuando a Gehry le encargaron proyectar un edificio en Elciego, un pueblo alavés de menos de mil habitantes, no accedió inmediatamente porque, bueno, su obra pertenecía a las grandes ciudades.

También se dice que, para convencerle, le dieron a probar algunos de los vinos de Marqués de Riscal. Y entonces, dijo que sí.
La historia es apócrifa, pero a mí me gusta creer que es cierta.
Primero porque esos vinos se convertirían en el eje generador del edificio
La historia es apócrifa, pero a mí me gusta creer que es cierta.
Primero porque esos vinos se convertirían en el eje generador del edificio

Y segundo, y más importante, porque esos vinos suponían un reto para él. Un reto simbólico y un reto constructivo.
Y, cuando eres un arquitecto consagrado de casi 75 años, casi lo único que te mueve son los retos.
Y, cuando eres un arquitecto consagrado de casi 75 años, casi lo único que te mueve son los retos.
El reto constructivo nacía de la pura existencia de los vinos.
Porque se trataba de construir un edificio de 20.000 toneladas encima de una de las bodegas más exclusivas del mundo.
Literalmente encima.
Porque se trataba de construir un edificio de 20.000 toneladas encima de una de las bodegas más exclusivas del mundo.
Literalmente encima.

Porque allí había, y hay, un botellero subterráneo que alberga gran parte de los vinos de Marqués de Riscal y, por supuesto, esas barricas no se podían mover.
Prácticamente no se podían ni tocar.
Prácticamente no se podían ni tocar.
De hecho, las condiciones de humedad y temperatura son tan estrictas que no se puede alterar en ni un milímetro de ese espacio porque se estropearía el vino.

Así que lo primero que hubo que hacer fue mantener esas condiciones de humedad y temperatura, para que todo ese vino no se enterase de lo que iba a pasar encima de él.
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Lo único con lo que se contaba era con tres grandes arranques de hormigón para un proyecto previo.
Así que tanto Gehry como la gente de @ferrovial_es, que fueron quienes ejecutaron la obra, tuvieron que aprovechar para levantar, sobre esos arranques, todo el nuevo edificio.
Así que tanto Gehry como la gente de @ferrovial_es, que fueron quienes ejecutaron la obra, tuvieron que aprovechar para levantar, sobre esos arranques, todo el nuevo edificio.

Por eso, por esa necesidad de aprovechar lo que ya había sin tocar la bodega subterránea, el nuevo complejo Marqués de Riscal es un edificio colosal que se sostiene casi exclusivamente sobre tres soportes.

Tres pilones ciclópeos que sirven como envoltura de los ascensores y las escaleras y sujetan esa geometría tan compleja y voluptuosa característica de Frank Gehry.

Pero había otro reto, el reto simbólico.

Hace 20 años escuche a Gehry en una entrevista decir que, cuando le contrataban, no querían un edificio, querían un Gehry.
Tenía toda la lógica, su arquitectura es reconocible de un plumazo y generaba (y genera) prestigio.
Tenía toda la lógica, su arquitectura es reconocible de un plumazo y generaba (y genera) prestigio.
Y, a principio de los 2000, era ese prestigio el que buscaban las bodegas Marqués de Riscal cuando le contrataron. Querían algo acorde a los 150 años de su historia.
Y sí, Gehry les entregó lo que le pedían.
Pero fue más allá.
Y sí, Gehry les entregó lo que le pedían.
Pero fue más allá.

Quizá fue por haber probado sus vinos o quizá por el desafío intelectual que suponía construir en un pueblo tan pequeño con una historia tan rica, pero el caso es que Gehry decide tintar las placas de titanio que envuelven el edificio de tres colores muy específicos...
Purpúreo, plata y dorado.

Purpúreo como referencia al vino tinto, plata como recuerdo a la corona plateada de las botellas y dorado como homenaje a la distintiva malla dorada que envolvía las botellas de Marqués de Riscal y que servía, entre otras cosas, para evitar cualquier falsificación del vino.


Pero claro, el titanio no se puede pintar con una brocha. Hay que someter al metal a complejos procesos de oxidación hasta que la chapa adquiera el color deseado.
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¿Qué significaba esto? Pues que el reto simbólico añadía una capa más al reto constructivo.
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