El Museo Nacional de Arte Romano de Mérida es un lugar fuera del tiempo. Un espacio radicalmente moderno y, a la vez, un prodigio de respeto y diálogo con el pasado y la memoria.
Porque es, sencillamente, el último edificio romano.
Os lo enseño en #LaBrasaTorrijos de hoy.
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(Se recomienda la lectura del episodio de hoy acompañada de la siguiente banda sonora)
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No creo que os esté descubriendo demasiado pero lo suyo es dejarlo claro desde el principio: caminar por Mérida es caminar por Augusta Emerita.
Es decir, caminar por Roma.
Es decir, caminar por Roma.

El Templo de Diana, el Acueducto de los Milagros, el teatro, el anfiteatro, el circo...Mérida cuenta con uno de los conjuntos de arquitectura romana más notable y mejor conservada/restaurada del mundo.



Por eso, cuando en 1980 se le encarga a Rafael Moneo el proyecto de un museo para mostrar las imponentes colecciones arqueológicas que la ciudad llevaba más de cien años atesorando, el joven arquitecto navarro se encontró con un reto colosal.
Por un lado, se trataba de construir un edificio nuevo en una ciudad con semejante historia y patrimonio, lo cual *debía* tratarse con gran cuidado y delicadeza.
Pero es que, además, no se trataba solo de un diálogo intelectual entre la modernidad y la antigüedad romana...
Pero es que, además, no se trataba solo de un diálogo intelectual entre la modernidad y la antigüedad romana...
...es que el solar donde se iba a levantar el nuevo museo estaba ocupado por restos de acueductos, peristilos de casas romanas, cimientos de patios renacentistas, cisternas, atarjeas e incluso restos de una iglesia paleocristiana.

Como diría el propio Moneo en la memoria del proyecto, había que construir sobre lo construido.
Construir sobre la memoria.
Y Moneo enseguida entendió que la ciudad y la historia le habían dejado una única opción: construir un edificio romano.
Construir sobre la memoria.
Y Moneo enseguida entendió que la ciudad y la historia le habían dejado una única opción: construir un edificio romano.

Pero no podía ser una arquitectura de arcos y frontones de mentira, un poco de cartón-piedra y bastante hortera, como la que estaba de moda en ese momento y hacían unos cuantos arquitectos americanos en USA...

Moneo iba a construir en una ciudad genuínamente romana. De hecho, iba a construir al lado de un teatro y un anfiteatro que tenían dos mil años de antigüedad.

Pero tampoco podía construir un edificio que *imitase* a los edificios romanos. Moneo era un arquitecto radicalmente moderno.
¿Qué hizo? Pues lo que hacen los genios: copiar.
Copió la proporción y la escala de uno de los monumentos más querido de la ciudad. El arco de Trajano.
¿Qué hizo? Pues lo que hacen los genios: copiar.
Copió la proporción y la escala de uno de los monumentos más querido de la ciudad. El arco de Trajano.


Así, lo primero que hizo en la cripta del edificio, fue "flotar" sobre las ruinas en una serie de soportes y arcos que sortean los restos arqueológicos sin tocarlos.


Y luego, en la planta principal, el edificio se compone de una serie de muros conformados por arcos de medio que toman como referencia precisa el Arco de Trajano.


Y, precisamente por tomar como referencia al Arco de Trajano, Moneo puede ser completamente moderno, porque el Arco es desnudo, no tiene volutas ni estrías ni frontones.
Y eso es lo que es el MNAR: espacio y escala romana pero con voluntad de estricta modernidad.
Y eso es lo que es el MNAR: espacio y escala romana pero con voluntad de estricta modernidad.



De hecho, Moneo solo se permite ciertas licencias miméticas en un exterior que, por lo demás, es extraordinariamente discreto. No alberga ninguna voluntad de competir.


En cambio, en el interior, una vez que cruzamos la pasarela que flota sobre las ruinas de la cripta y atravesamos el portón de acceso...


...llegamos a una espacio que es, en sí mismo, un monumento.
No hay volutas ni hojas de acanto ni frontones. No hay decoración ni imitación. Es desnudo, estrictamente moderno.
Y sin embargo, no sabemos por qué, está ahí, flota.
Augusta Emerita.
Roma.
No hay volutas ni hojas de acanto ni frontones. No hay decoración ni imitación. Es desnudo, estrictamente moderno.
Y sin embargo, no sabemos por qué, está ahí, flota.
Augusta Emerita.
Roma.

Un espacio que entiende perfectamente la escala del camino y la escala de la mirada.


Un espacio de pantallas recortadas contra el cielo, cuya luz abraza el interior deslizándose entre las juntas brevísimas del ladrillo que lo construye todo.


Y ahí está la otra decisión que convierte al Museo Nacional de Arte Romano de Mérida en un edificio tan cariñoso con la memoria.
La tenéis delante.
La tenéis delante.

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