LA ESENCIA DE LA REVOLUCIÓN El actual mundo occidental es hijo de...

El actual mundo occidental es hijo de la Revolución francesa, la cual debe ser considerada como la revolución por antonomasia, o sea, la que inspiraría y engendraría las revoluciones ulteriores. Esta «revolución paradigmática» supone una ruptura radical con el antiguo orden cristiano, reemplazado éste por un «nuevo orden» esencialmente anticristiano. La hostilidad y el repudio de nuestras sociedades hodiernas hacia el cristianismo brotan de la misma «naturaleza» de la Revolución francesa y de su irradiación en el período napoleónico.
En efecto, dicha revolución fue esencialmente anticristiana, como prueban la grotesca desacralización y profanación de 16 siglos de catolicismo francés, y también la furibunda, atroz y cruenta persecución religiosa. Así, pues, únicamente desde esta perspectiva formal podremos comprender la conformación de las naciones occidentales, tanto en sus constituciones como en sus dinámicas politicosociales, las cuales siempre propenden, en mayor o menor intensidad y en mayor o menor impudicia, a «remachar» el «nuevo espíritu» laicista o anticristiano. Digo «remachar» porque los presentes fautores del secularismo son bien conscientes de que aún perdura una cierta «inercia católica» y todavía se oyen los ecos de las voces de los mártires, cuya sangre los acusa y condena.
Por esta razón, suelen buscarse los fundamentos ideológicos en el deísmo, racionalismo y anticlericalismo propios de la Ilustración, cierto. Sin embargo, existe un precedente religioso que es comúnmente negligido y que, bajo mi punto de vista, constituye la médula del «delirium tremens» revolucionario, a saber, la herejía calvinista de los hugonotes (siglos XVI-XVII).
Al respecto, España tiene, en el siglo XVIII, un sagaz pensador, el padre jesuita Lorenzo Hervás y Panduro, que advierte de esta «raíz herética» del fenómeno revolucionario. Su tesis la expone, como sigue, en su obra «Las causas de la Revolución francesa» (escrita en 1795 y publicada en 1807):
«Lo civil en todos los hombres es como consecuencia de lo religioso, a cuyo influjo oculto o público se sujeta siempre; por lo que la Revolución francesa, en orden a lo civil, se debe considerar como consecuencia de la Revolución religiosa sucedida en Francia. […] debe su último complemento a las sectas más execrables e impías, que, en medio del catolicismo, con descuido culpable de los buenos ignorantes, se toleraban y se fomentaban y propagaban con refinada malicia por los sectarios aparentemente católicos para corromper toda clase de personas […] El abandono de toda religión es la parte fundamental de la Revolución francesa, y la causa primitiva y efectiva de todos los desastres que en ella han sucedido y ocurren. […] La actual persecución francesa de la religión cristiana es una de las más visibles precursoras, que hasta ahora ha habido, de la gran persecución que contra la misma religión hará el Anticristo. […] La historia del calvinismo en Francia, desde el 1560 (cuatro años antes de la muerte de Calvino), es historia de rebeliones sucesivamente continuas de los calvinistas, que, con sus perversos dogmas dieron principio a la pública escuela de la impía filosofía moderna, o de los deístas y ateístas. La doctrina de esta escuela se propagó dentro del catolicismo con los dogmas del jansenismo, que es un paliado calvinismo, y, a mitad del siglo presente [XVIII], los calvinistas franceses antes abatidos se empezaron a levantar con orgullo, y los filósofos y jansenistas por medios diferentes que esencialmente concurrían a un mismo fin, engañando al vulgo católico, y conquistando muchas personas que figuraban en ministerios, universidades, parlamentos y en el estado eclesiástico».
En fin, creo que convendría que la Iglesia volviera a la buena costumbre de condenar no sólo los postulados de la Revolución, sino también el propio «principio revolucionario», el cual podemos encontrar intrínsecamente, sin excepción, en los estados del antiguo Occidente cristiano, manifestándose hoy, al igual que ayer, como verdaderos «anticristos».
Dr. Mn. Jaime Mercant Simó
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Imagen ilustrativa: Martirio de 16 carmelitas en la guillotina el 17 de julio de 1794.
