La solemnidad de Todos los Santos nos recuerda primeramente que la...

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La solemnidad de Todos los Santos nos recuerda primeramente que la muerte no tiene la última palabra de la existencia humana. Nuestra tumba también nos advierte que no podemos trabajar en este mundo con la única perspectiva de nuestra propia vida temporal.

Sin embargo, lo que más debemos subrayar de esta celebración es el fin último del hombre, a saber, el estado de felicidad consumada y eterna, consistente en la visión de Dios, que es también la posesión del Bien supremo. Como declara la madre María de Alacoque Muntadas (1863-1941), «aquí se afana, allí se descansa, aquí se imagina, allí se ve, aquí las sombras de las cosas nos atemorizan y asombran, allí la verdad asosiega y deleita. Esto es tinieblas, bullicio y alboroto; aquello es luz purísima en sosiego eterno».

En el Reino de los Cielos, además de recibir la luz de la gloria y contemplar dichosamente a Dios con una intensidad tan grande que ni siquiera podemos aquí imaginar, todos los santos tienen, entre ellos, una profunda y misteriosa familiaridad mística, mediante la cual se comunican perfectamente los bienes sobrenaturales de los cuales gozan.

Pues bien, como aquí, en la Tierra, también la Iglesia peregrina o militante participa, aunque imperfectamente, de dicha comunión de las cosas santas (communio sanctorum), especialmente hoy debemos pedir a toda esa familia del cielo, empezando por su Madre y Reina, que interceda por todos nosotros, pecadores, para que algún día podamos y merezcamos gozar de las delicias eternas del Cielo. Éste es nuestro destino, no nos desviemos, pues, del camino recto y seguro que conduce a él, a fin de poder gozar para Dios, de Dios y por Dios; éste es, de hecho, el goce verdadero, como enseña san Agustín. Dicho de otro modo, más importante que nuestra propia felicidad y la de todos los santos es la gloria de Dios. Únicamente desde esta perspectiva teocéntrica, podremos comprender el verdadero sentido del premio de la gloria futura.

En fin, roguemos al Señor que nos ayude para que nuestra vida terrenal sea una preparación para el beso celestial de la gloria, sin olvidar lo que nos dice san Juan de la Cruz: «al atardecer de la vida, seremos examinados en el amor».
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Imagen ilustrativa: Retablo de Todos los Santos o Adoración de la Trinidad (Alberto Durero, 1511).
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@elhigadodmarita Muchísimas gracias, Mar.
Nuestro destino es ser ciudadanos del cielo, en efecto. Ordenemos nuestra vida a tal fin sobrenatural.
Bendiciones +
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