Geopolítica y cáncer tienen muchas características comunes. Hagamos...

El cáncer es un "malentendido" bioquímico que podríamos llamar "perverso". Algo que lanza señales similares a las de un embrión o a las de una herida que hay que reparar, y que "convence" al organismo de que debe ponerse a su servicio.
El sistema inmunitario infiltrado en el microambiente del tumor lo protege con devoción, "convencido" de que está apoyando el desarrollo de una nueva vida, o que está reparando un tejido dañado.
Para ello se le envía cada vez más recursos metabólicos en una suerte de ofrenda demoníaca, en una espiral sin fin, sin darse cuenta de que en realidad alimenta a un monstruo parasitario.
Paradójicamente, las acciones del bienintencionado sistema inmunitario sólo conducen a la condena tanto del huésped como del parásito, engullidos ambos por un mismo Armageddon.
Una de las acciones terapéuticas más efectivas consiste en "convencer" al sistema inmunitario para que ataque al tumor en vez de defenderlo, desencadenando una especie de reacción autoinmune intratumoral. Una especie de "aborto" de ese embrión aberrante.
La mente es también imprescindible. Los enfermos que sanan suelen sufrir una suerte de catarsis que les conduce a la remisión.
Los paralelismos son evidentes: organismo parasitario que amenaza, compra y convence a muchos para ponerse a su servicio mientras avanza a sangre y fuego y metastatiza, drenando los recursos de otros países hasta la debacle final.
Israel es el cáncer del mundo y, de momento, sólo se han usado contra él "quimioterapias": medidas inefectivas y tóxicas para los demás.
Por eso habrá que provocar una reacción autoinmune global y un cambio mental que curen a un mundo con tanto potencial, pero sometido a poderosas creencias que son como traumas.
La catarsis espera. Ojalá podamos desencadenarla.
