Resulta más que patente el actual aborregamiento de las masas...

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Resulta más que patente el actual aborregamiento de las masas democratizadas o, lo que es lo mismo, cretinizadas. Con razón, solemos afirmar que la culpa de esta situación orwelliana recae en los politicastros abyectos y sofistas. Sin embargo, estimo que también convendría increpar a la masa de los borregos, o sea, no a los ciudadanos que, muy a su pesar, viven en la masa, sin ser de la masa; éstos son, en todo caso, las ovejas negras, porque todavía resisten mediante su pensamiento crítico, siendo víctimas, de hecho, tanto de los tiranos como de la chusma, ésta muchas veces más cruel y despiadada que aquéllos. Por ende, cuando hablo de borregos, me estoy refiriendo a la gran masa que deliberada y culpablemente acepta dicho aborregamiento; esto supone el sacrificio masivo de la inteligencia, su propio colapso, condición indispensable para que se produzca un repulsivo colaboracionismo con los grandes manipuladores que controlan los resortes del poder en todas sus dimensiones.

En la etiología del fenómeno, encontramos muchas causas y motivos, pero aquí simplemente voy a señalar uno de ellos: la falta de amor agapé sacrificial y oblativo, reemplazado éste por el amor eros sensual y egoísta. Es por el amor agapé y no por el eros que el hombre es capaz de arriesgar su bienestar y su vida personal por el bien común y por la verdad. Sin embargo, la sociedad actual, impregnada de hedonismo y con un pánico patológico al sufrimiento, prostituye lo más virtuoso, honorable y sagrado por lo políticamente correcto o el consenso democrático, como si la verdad estuviera sujeta al sufragio universal. De hecho, por la capitulación de su inteligencia, el hombre hodierno, adocenado y substancialmente mediocre, termina por hacer una opción fundamental por una vida vertebrada por la mentecatez; la prefiere a costa del honor de sí mismo y el amor a la Verdad. He aquí, pues, la disolución del hombre en la imbecilizada sociedad de masas.

Es preferible, pues, por dignidad personal, ser tildados de ovejas negras, pese a que este hecho comporte el desprecio del populacho borreguil. Como muy bien exclamaba Gustave Thibon, «¡antes el dolor que la estupidez!».
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@ProudandSweet Efectivamente.
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