LA REPRESIÓN EN LA EDUCACIÓN DEL NIÑO Uno de los defectos más...

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LA REPRESIÓN EN LA EDUCACIÓN DEL NIÑO

Uno de los defectos más monstruosos de la pedagogía hodierna es la incapacidad, por parte de los educadores, de reprimir al educando, en el buen sentido de la expresión. Dicho de otro modo, se constata que son legión los padres y maestros incapaces del "no", porque, entre otras razones, están imbuidos de la ideología tóxica del "igualitarismo"; tratan a los niños como si éstos no fueran inferiores en la dinámica educativa y gnoseológica. De hecho, los ilusos neoeducadores pretenden jugar torpemente el rol de amigos con los niños. Se olvidan, pues, que uno es el que sabe y enseña; y otro, el que no sabe y aprende. Sólo así puede ayudarse realmente al niño a madurar y perfeccionarse en su ser personal.

Puede servirnos de causa ejemplar la paideía griega; ésta contenía no sólo una instrucción intelectual, sino también una educación moral, basada en las virtudes. Por lo tanto, para una educación en virtudes, que no en valores, la represión es indispensable en el progreso educativo. O sea, el hecho de decir "no", la prohibición, la templanza, la corrección o el castigo no son acciones accidentales, sino esenciales en toda sana pedagogía, pese a ser políticamente incorrectas para los espíritus más pusilánimes.

Ahora bien, dicha represión no debe ser despótica, sino que debe tener un carácter razonable y razonado. El niño, que aún está en un estado imperfecto a nivel vital, cognoscitivo y moral, es propenso a querer aprehender solamente los objetos de deseo. El niño desea ese juguete, esa distracción, esa chuchería o ese espectáculo, por ejemplo. La labor prudencial del educador consiste, pues, en hacerle ver al niño que los objetos de deseo deben estar ordenados según la recta razón. Es entonces cuando dichos objetos se convierten en bienes morales.

Si el niño quiere un juguete nuevo, pero su actitud, en casa o en la escuela, es nefasta, entonces el padre tiene el deber de reprimir al hijo, diciéndole que no le comprará dicho juguete. Sin embargo, como he dicho anteriormente, esta represión debe ser razonable y razonada. Es ciertamente razonable, porque el niño no puede tener un premio por portarse mal; esto sería sencillamente una supina estupidez. Pero también debe ser razonada: el padre tiene el deber de explicar al niño la razón por la cual se le ha dicho "no" al juguete. O sea, mediante esta represión razonada, el niño aprende que el objeto de deseo, en este caso el juguete, no es un bien moral cuando se porta mal, pero se convierte en tal bien moral cuando actúa correctamente.

En fin, el educador que, por una razón justa y necesaria, es capaz de decir "no" al niño, aunque esto le haga sufrir, demuestra más amor que el mal educador que siempre intenta sobreproteger al educando y ponerlo entre algodones: «Así habla Yahvé, el Señor: ¡Ay de las que cosen almohadillas para todas las articulaciones de los brazos y hacen cabezales de todo tamaño para las cabezas, a fin de cazar almas!» (Ez 13, 18).
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